Después de lo que hizo anoche el Barça, culminando con éxito toda una temporada de buen fútbol (o así lo cuentan los expertos), no me queda más remedio que preguntarme:
¿Jugar extraordinariamente bien hasta rozar una victoria que, extrañamente, termina por escaparse? ¿O ganar jugando regular, ayudado por factores externos como la suerte y no siendo mejor que el rival?
Lo primero. Si hay que elegir, siempre lo primero. Las victorias sólo se saborean si son merecidas. Y si a pesar de merecerlo, no se alcanza el triunfo, al menos quedará la satisfacción de haberlo hecho lo mejor posible.
Una vez me preguntaron cuál era mi prioridad en la vida. Respondí que buscar la belleza. Podrá sonar superficial, máxime estando, como estoy, recién llegada de una operación de cirugía plástica – a la que nunca me habría sometido de no haber sido empujada por la enfermedad. Pero eso depende del concepto que cada cual tenga de lo que es la belleza.
Esa intangible presencia, que despierta en nuestros sentidos para abrirse paso en la conciencia y aletearnos en el corazón, es mucho más que un canon proporcional aplicado a una imagen. Y está en casi todas partes.
Por eso, quizá lo más satisfactorio, es barrer la hojarasca y el polvo que cubre la entrada al paraíso, para descubrirlo frente a los ojos extasiados. Quizá, recorrer los caminos agostados por el desconsuelo para recuperar piezas recónditas que sólo encajan entre ellas. Quizá, extraer lo bueno de lo malo. Unos pasos que van mucho más allá de la superficie, hasta sentir el aliento de la verdad que inflama todo lo que es bello.
Por eso, sabiendo que todo eso está ahí, no me queda más remedio que buscar. Y cuando, por una fracción de segundo, el infinito pestañea ante mí, quedo cegada para siempre. Sin más remedio que buscar, y seguir buscando, allá donde me lleven los pies.
Cada año, por estas fechas, se entregan los Oscar. Y cada año, sobre todo estos últimos que algún actor español se ve beneficiado, pienso en quienes no pertenecen (pertenecemos, más bien), a este Olimpo de los Dioses moderno.
Que sí, que las pelis están muy bien: nos entretienen (las que lo consiguen); nos hacen llorar (esto tendrían que hacerlo los melodramas, y sin embargo, algunas comedias también son capaces); nos hacen reír (con honestidad o con sarcasmo, según el caso); nos emocionan (siempre y cuando no nos aburran). En fin, que tenemos que estarles agradecidos a todas esas estrellas que hacen que nuestras vidas sean más agradables: esas estrellas que viven de lujo, trabajan en lo que les gusta y encima, reciben premios por ello, haciendo el papel de reyes por un día.
Que sí, que sí, que todo muy bien. Pero, ¿es que los demás no tienen derecho a premio? ¿Esa gente que, además de tener un trabajo que detestan, ponen todo su interés en hacerlo lo mejor posible? ¿No es eso mucho más digno de ser premiado?
Yo propongo unos premios anuales a los quiosqueros, o a los panaderos; a los electricistas y las limpiadoras; a los contables y los informáticos; a los camioneros y a las cajeras de supermercado; a los vigilantes y a los jardineros; a los fontaneros y a los teleoperadores; a los tenderos y a los pintores; a las secretarias y a los médicos; a los cocineros y a los recepcionistas. Que éstos, sí, nos hacen la vida más llevadera.
Imagínense…
En el escenario, la personalidad de turno anuncia: “Y el premio bombona de oro a la entrega más sacrificada, por subir siete tramos de escalera sin ascensor es para…”
Emoción en el patio de butacas. Y al anunciar el nombre de ganador, este salta de alegría, abrazándose a su familia y amigos; mientras los perdedores, aplauden fingiendo una sonrisa sincera de alegría y respeto al vencedor, que en realidad está desencajada.
No es que no me alegre por Pe. Que sí, que está muy bien. Pero anda que no hay gente en el mundo que trabaja, mucho y bien.
La música popular española ha tenido una evolución algo esquizofrénica durante el siglo XX. Este país ha venido arrastrando esa versión descafeinada de la copla flamenca, esterotipándola hasta extremos nunca imaginados por los viajeros del siglo XVIII, que descubrieron en los gitanos y el pueblo más humilde un arte espontáneo inigualado por las clases altas.
Este género, auténtico y genuino, derivó poco después en dos vertientes: el flamenco culto, con toda su variedad de palos y de “sentires” diversos, al alcance de unos pocos privilegiados; y las coplillas populares, que se quedaban con la piel de ese flamenco de volante y caracolillo, con el deje andaluz y los quiebros de un “chorro de voz”, con la guitarra española como base del acompañamiento y con el drama como hilo conductor.
Cuando pensamos en la canción española, con facilidad nos puede venir a la mente esa copla, arraigada en una métrica muy acorde con el habla natural de la lengua castellana, para hacerse más fácil al oído y a la memoria. Esa misma copla rancia y obsoleta donde todo suena más o menos igual (¿el principio de Francisco Alegre no es idéntico al de Soy un pobre presidiario que cantaba Antonio Molina?); esa misma copla cuya letra serviría por sí sola para hacer una tesis sobre machismo y misoginia en la sociedad española del siglo XX.
Esa misma copla, de aires sureños, soniquetes repetitivos y letras denigrantes ha devenido en algo mucho peor en los últimos años. Si antaño la copla podía presumir al menos de su capacidad para contar historias, ahora tenemos ejemplos que ni siquiera alcanzan este nivel. Ejemplos que más vale no mencionar, para no herir susceptibilidades.
Con esa copla y sus derivados más recientes, como el pachangueo, en las últimas décadas han convivido otros géneros en la música popular española: la cansina canción protesta, los aburridísimos cantautores, los rockeros que hagan lo que hagan suenan igual y el pop que, si bien alcanzó una cierta cumbre creativa durante los ochenta (Alaska, Radio Futura, El Último de la Fila, Nacha Pop), se ha quedado ahora en fórmulas fáciles también repetidas hasta la saciedad por grupos que no aportan nada.
Con todo ello, con la sombra de Concha Piquer y David Bisbal cogidos de la mano y sobrevolando el panorama musical de este país; para la gente como yo, que crecimos arrullados por las nanas del pop inglés, desde los Beatles a Radiohead, sólo había una frase que repetíamos una y otra vez, como un mantra: ¡Odio la música en español!
Algo fallaba. ¿Era una cuestión de tradición? ¿De la sonoridad de nuestra lengua, de la métrica de nuestros versos? ¿Una incapacidad de nuestros artistas para componer melodías originales?
Y de repente, en este desierto cultural sin escapatoria, nos empiezan a llover artistas y bandas que hacen pop en español (lo que podría llamarse canción española), sin tener que bajarse los pantalones ante los tópicos más arraigados: sin caer en la rima fácil, en la estrofa repetida, en la melodía machacona y estereotipada, en los ritmos latinos; cuidando la forma y el contenido; otorgando al público pequeñas obras de arte que sirven para disfrutar, sin por ello renunciar a la calidad o a la intención de transmitir un mensaje, que puede ser interesante y profundo sin resultar aburrido.
UNO QUE CONOCÍ UNA VEZ: Esto es de cuando vivía en Roma.
YO: Ah, ¿pero has vivido en Roma?
UNO: Sí…
YO: Mmmm… Salvo por el tráfico, tiene que ser un sitio bonito para vivir. ¿Cuánto tiempo estuviste allí?
UNO: El tiempo suficiente para escribir una novela.
YO: Ehm… Vale.
Ahora resulta que el tiempo se mide en novelas. Si es así, en vez de 29 años, podría decir que tengo 7 novelas, 3 guiones de cine, 27 de programas de televisión, 15 relatos y 2 poemarios.
Seguro que este es uno de aquellos que muere por ser cool y que necesitaba desesperadamente decirme que había escrito una novela para que yo supiera (necesidad de aprobación externa) lo creativo e interesante que era.
Me apropio de las palabras de Rafa, para traer a estas páginas su lucidez en cuanto a la literatura barata:
A ver, por un lado, Robert Langdon, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Harvard, especializado en iconología y simbología. Y por otro yo, recepcionista de mercancías en un almacén.
El tío tiene que buscar en Roma una escultura de Bernini relacionada con la imagen del fuego en la iglesiacatólica, con la simbología del fuego… “Mmmmm… Tiene que ser Santa Teresa en Éxtasis, está claro”, me digo, “con el angelito en plan Cupido, tirándole el dardo de amor divino y demás”. Y el colega se pasa medio libro buscando en los archivos del Vaticano para darse cuenta.
Así que me digo, “¿cuál es el nivel de los profesores de Harvard (al menos en la narrativa de ficción)? ¿Por qué todavía no me han ofrecido una cátedra?”
En estos tiempos de crisis, donde parece que las únicas ideas que nos vienen a la mente sirven para lamentarnos del poco trabajo y nula disponibilidad de recursos económicos, cada uno tiende a hacerse el mártir.
Pero es verdad lo que cantan Hidrogenesse, No me digas que no hay nada más triste que lo tuyo; porque siempre lo hay. Y ayer mismo, tras una llamada telefónica, me di cuenta de cuál debía ser la profesión más ingrata de los últimos tiempos: la de los teleoperadores.
Mientras exista el vacío legal, seguirán existiendo estas llamadas. Y cada vez más, con mayor frecuencia e intensidad, porque saben que se les agota el tiempo.
Y los perjudicados con todo ello, no son sólo los tranquilos ciudadanos que son molestados sistemáticamente a la hora de comer o a la hora de la siesta. También están aquellos otros que tienen que hacer ese ingrato trabajo, obligados seguramente por esa misma crisis que nos asfixia a todos.
Cuando, tras el sonoro estallido de la burbuja inmobililaria, infinidad de arquitectos, ingenieros y abogados se quedaron sin saber a dónde mirar ni a quién pedirle que les devolviera su seguro puesto de trabajo en el, hasta entonces, cómodo y siempre creciente sector de la construcción; seguro que muchos tuvieron que seguir el camino más difícil, arremangarse y cobrar una miseria por estar doce horas pegados al teléfono. Cuando miles de inmigrantes hispanoamericanos, que habían visto en la madre patria un futuro de estabilidad económica, entendieron que no todo era tan fácil o descubrieron que no podían homologar sus títulos; se rindieron ante las tareas domésticas, el buzoneo, el reparto a domicilio y las grandes operadoras de telefonía. Y cuando esas grandes operadoras abrieron los ojos al chollo de exportar el trabajo de la venta por teléfono a otros países de habla hispana donde los empleados cobran la mitad y encima tienen un acento bonito y buena parla, no lo dudaron.
Y aquí estamos. A las cuatro de la tarde, recibiendo llamadas inesperadas, con menos paciencia cada día.
Al principio, les dejaba hablar, para finalmente decirles aquello de “lo siento, pero no me interesa, muchas gracias”. Cuando las llamadas se hicieron más frecuentes, sólo les dejaba identificarse para contestarles que “si es para ofrecerme cambiar de compañía, no me interesa, muchas gracias”. La última llamada donde el teleoperador de turno tuvo el privilegio de oír mi voz, fue para recibir un mensaje con cierta contundencia: “les he dicho más de cien veces que no me interesa, ¡por favor, dejen de llamarme!”. A la chica que estaba al otro lado de la línea, le tembló la voz y me dijo con tono desesperado, y no sin cierta indignación: “disculpe, pero yo sólo hago mi trabajo. No sé si la han llamado antes o no. Simplemente, me han dado una lista de personas a las que llamar, y usted estaba entre ellas.”
Desde entonces, sencillamente, no les dejo hablar ni les contesto. Me pueden considerar maleducada, porque lo soy, porque un pitido al otro lado de la línea como resultado de cada llamada debe ser frustrante y descorazonador. Pero es que pensar en los teleoperadores como resignados trabajadores, después de oír a esta chica desesperanzada, es ponerme inmediatamente de su lado. Y algo tiene que poder hacerse para que esas compañías que les contratan sepan que están abusando de nuestra paciencia y nuestra confianza. Colgar es simple, es limpio, es un contrato menos que han conseguido. Pero hasta que no dejen de llamarme, no tendré la conciencia tranquila.
Ví esta película hace un par de días, porque la pillé en la tele recién empezada, no tenía nada mejor que hacer y me picó la curiosidad. Puede que mi estado anímico en este sentido, es decir, mi escasa predisposición a pasar un buen rato, hayan condicionado mi percepción final. O bien, puede que se trate de esas cosas que defienden los puristas – versión doblada, pequeña pantalla, etc. – lo que me haya impedido apreciarla en toda su magnitud, aunque me voy a permitir el lujo de dudarlo.
La intención temática queda clara: sacar a la luz los resquicios donde la lógica se rompe para dejar paso al azar; contraponer el corazón y la razón; y expresar que, en ocasiones, el corazón sirve a la pasión por la razón – aunque parezca un sinsentido – y es entonces cuando se equivoca.
Sin embargo, la trama un tanto naíf que se intuye desde la primera secuencia y un reparto más que desafortunado arruinan el proyecto. Frodo estaba más cariñoso con Sam que con la cantante de Marlango. Y el profesor, John Hurt, sólo está sublime cuando la fotografía le muestra en toda su decrepitud.
La mano del director, Álex de la Iglesia, se nota principalmente en el empleo, a veces gratuito, de elementos que yo calificaría como incómodos para cierto tipo de espectadores, susceptibles y amantes de lo sutil en lugar de lo obvio: el acoso de la chelista, los espaguetis al desnudo, los mutilados, los moribundos, los locos y el sacrificio de los chicos con síndrome de down.
El resto de elementos, técnicos y a mi juicio secundarios frente a cuestiones prioritarias como el guión, se salvan de la quema y sirven para componer un cuadro correcto, dentro de un estilo hollywoodiense comercial que no tiene nada de malo. Más bien al contrario, puede entenderse como la apuesta por ese estilo para contar historias con cierta enjundia, aunque aquí sólo se vislumbre la intención y no el resultado brillante que se podía esperar. En definitiva, una peli para pasar el rato, sin más pretensiones, y que es fácil olvidar pasada media hora.
Saturday Night Live es un programa del canal estadounidense NBC que lleva más de treinta años emitiéndose con éxito al otro lado del Atlántico. Hasta hace unos meses, apenas sabía de él más que el nombre. Pero Canal +, en su hábil estrategia para reclutar fieles de su emisora en abierto, Cuatro, se ha llevado un tiempecito programándolo a destajo aquí y allá, en versión subtitulada, con el objetivo, entiendo, de preparar el terreno para su versión hispánica.
Hasta hace dos horas no tenía noticia de que se había preparado dicha versión hispánica. Pero al saberlo, y alentada por la calidad de la versión original, me dispuse a pasar un buen rato de humor inteligente, sketches absurdos y famosos capaces de reírse de sí mismos, todo ello, aderezado con buena música en directo.
Aquello habría sido una buena copia, de las que valen un dinero, y no una falsificación de tres al cuarto, como ha resultado.
Definitivamente, no. Resines haciéndose el histriónico no resulta gracioso. Resines intentando explicar por qué un programa que se llama Saturday Night Live se emite los jueves no resulta gracioso. No, Resines atragantándose con el nombre del programa e improvisando una salida propia de “Hacemos el Humor” o “Humor se escribe con Hache” no resulta gracioso. Y no, Eva Hache, con todos mis respetos, no es Tina Fey.
No. Por más que queramos, esto es España, y aquí se hacen las cosas asín, uséase, sin gracia. Vamos, que ni para terminar de ver el programa me ha dado la paciencia. Como no despunte, como no recluten a una buena horda de guionistas hambrientos de novedades y sin miedo a arriesgar, les auguro el batacazo de siempre. Mala suerte. Y a seguir copiando.
Después de pasadas experiencias en la blogosfera, he descubierto que lo más importante es ir "a las claras". Así que con este blog no pretendo más que tener un espacio de expresión propio, sincero, honesto y abierto a la participación de todos los navegantes de las aguas procelosas de la red.