06.19.08

Probando, probando…

Publicado en Blogs en 5:05 pm por alasclaras

1, 2, 3, 4… Nada, sólo quiero ver si funciona una cosilla. Aquí un link. ¿Servirá? Pues no. Viendo que no funciona, voy a probar con otro link. A ver qué tal…

06.07.08

Lady Halcón

Publicado en Mi gente en 12:58 pm por alasclaras

Yo trabajo de día; él, de noche. Así, apenas gozamos de breves encuentros, acariciados por el esplendor del alba o el rojo profundo del ocaso. Una mirada, una sonrisa, un beso… y no nos queda más que esperar a que el sol vuelva a navegar por el horizonte.

Yo no sé volar; él no sabe aullar. Pero con frecuencia nos sentimos atrapados en la misma maldición que separaba a Michelle Pfeiffer y Rutger Hauer.

05.17.08

Adiós a la palabra

Publicado en Mirada adentro en 5:49 pm por alasclaras

Cuando el mundo se apaga, agostado en llamas azules; cuando la prosa amenaza a la vida con sonoros mordiscos al viento; cuando el dolor cabe en la palma de la mano y la risa es infinita; cuando llorar es síntoma de vida… Sólo me apetece decir adiós a la palabra. Vuela. La palabra no es nada.

04.19.08

De mayor no quiero ser funcionaria

Publicado en Reflexiones en 4:26 pm por alasclaras

“Él no quería que yo fuera actriz; quería que fuera funcionaria de aduanas, para que tuviera la vida resuelta”. Así hablaba María Isbert de su padre hace pocos días, durante una entrevista con motivo de su nonagésimo primer cumpleaños. ¿Cómo es posible que aquel actor de aspecto entrañable, que todos hemos visto mil veces en El Verdugo o Bienvenido Mr. Marshall, quisiera negarle las satisfacciones de la profesión a su hija? Quizá porque sabía que esa plenitud profesional casi siempre lleva aparejada una gran dosis de sacrificio, decepción, sufrimiento y resignación. Quizá porque, desde su propia experiencia, Pepe Isbert anteponía la comodidad de una vida digna a la inseguridad de las tablas y la posibilidad de un fracaso doloroso.

Pero, ¿acaso no es más doloroso el fracaso tibio y continuo de una vida sin “chicha ni limoná”, que el traspiés súbito de haberlo intentado sin éxito? ¿No es más doloroso el “y si…”?

No hay nada más natural en el jefe de la manada que intentar proteger a la familia de los peligros que conoce bien. Pero tampoco hay nada más natural en los cachorros que el ímpetu de intentarlo por su cuenta. Implicará renunciar a muchas cosas, pero el primer paso es asumir que felicidad y comodidad casi nunca coinciden.

No fue sólo Pepe Isbert. Muchos padres quieren que sus hijos sean funcionarios; y muy pocos niños sueñan jamás con algo así. Y cuando lo hacen, es síntoma de que están envejeciendo demasiado deprisa.

03.20.08

Frase del Día I

Publicado en Frase del Día en 2:57 pm por alasclaras

Si la esencia de vida se pudiera recoger en frasquitos de perfume, la marca para comercializarla se llamaría “Amor”.

03.01.08

Cáncer

Publicado en General, Mi gente, Mirada adentro en 5:27 pm por alasclaras

No es un signo zodiacal. Tampoco me refiero al trópico. Hablo de mi mayor miedo. Ese es el nombre de mi mayor pesadilla; el que me hace estremecerme sólo con escucharlo. Tanto, que no me atrevo a mencionarlo, a llamarlo por su nombre, como si, sólo con eso, fuera a hacerse todavía más fuerte, más real.

Mis peores temores, los que nacen de mis entrañas hasta inundar de sudor cada poro de mi piel, se han hecho realidad. La pesadilla que me arrebató a las personas que más quería se ceba ahora conmigo.

Me lo diagnosticaron el 31 de enero, pero la historia empieza mucho más atrás. No quiero hablar ahora de miedos, angustias, ni ansiedades. No quiero recordar el dolor de haber perdido a mi madre; o de pensar que ese mismo dolor es el que puede acabar conmigo. No se trata de eso: esto es una denuncia.

A principios de septiembre de 2007, lo noté y supe inmediatamente lo que era. Fui a mi ginecólogo, quien me aseguró que era un fibroma. “No te preocupes, que de esto no te vas a morir”, fueron sus palabras.

Me tranquilizó mucho y me lo creí. Es frecuente creer con todas tus fuerzas, con toda tu fe, algo que, aunque sabes que tiene pocas probabilidades de ser real, resulta consolador. De eso se alimentan las religiones.

Pero el bulto seguía creciendo y comencé a preocuparme de nuevo. Cuando la preocupación se tornó temor, fui a mi médico de cabecera. Era 9 de octubre y la sala de espera estaba tan llena como de costumbre. La mayoría de aquellos pacientes, con los 60 años ya cumplidos, se quejaba de sus achaques que arrastran y arrastrarán hasta la tumba, sabiendo que su único consuelo es contarle las penas al médico, para conseguir sus medicamentos. Puede sonar cruel, pero pensé: “Es posible que la única realmente enferma aquí sea yo”.

Eso no significó una atención más cuidadosa y entregada por parte de mi médico. Más bien al contrario, frente al terrible relato de mis antecedentes familiares con la enfermedad que pensaba podía padecer; frente a mis temblores de pánico y preocupación; el único sentimiento que parecía mostrar era aburrimiento y pasividad. “Está bien”, me dijo, “dame tus datos y te pediré cita para que te hagan unas pruebas. En una semana o diez días te llamarán”.

Pasó la semana. Pasaron los diez días. Y nadie llamaba. Pasó un mes y entonces llamé yo a mi centro de salud. Me informaron de que el tiempo de espera para conseguir ese tipo de cita variaba entre el mes y mes y medio . Así que seguí esperando. Pero nunca me llamaron.

La semana pasada recibí una carta. Tengo cita para una ecografía mamaria en el Hospital Virgen del Rocío el próximo lunes, 3 de Marzo. La verdad, no sé si pasarme por allí, o irme directamente al Macarena, donde tengo prevista una analítica antes de la segunda sesión de quimioterapia.

Debo aclarar que obtuve el diagnóstico en un centro privado previo pago de una cantidad considerable; y que con todas las pruebas pertinentes realizadas allí, pude ir de urgencia al Hospital Virgen Macarena, donde me han estado atendiendo de maravilla.

02.02.08

Ficción y Realidad

Publicado en Guión, Literatura, Mirada adentro en 5:52 pm por alasclaras

Dicen que en ocasiones la realidad supera a la ficción. Y cuando sucede así, se comenta con tanto pasmo seguramente porque la ficción está pensada para superar a la realidad.

Eso es lo grandioso de escribir; el defecto del cobardica que se esconde detrás del papel. El que escribe sabe que en negro sobre blanco puede superar todas las barreras, sociales o morales; las barreras que impone el contexto histórico, cultural, geográfico y físico. Todo puede quedar disuelto en un ejercicio que cabalga a lomos de la imaginación. Se puede llegar a cualquier extremo y más allá. Puede uno hasta inventarse lo inimaginable, a la espera de que algún día, algún grupo de científicos dé con la tecla para hacer esos sueños realidad, como le pasó al amigo Verne. Puede uno pintar un mundo donde la gente se muestre tan mezquina, zafia y vulgar como realmente es, sin que le tachen de sociópata. O puede retratar un anhelo de buenos sentimientos, de ojos abiertos a las verdades más insospechadas, sin que le tachen a uno de ingenuo o pueril. Porque es ficción.

Pero lo más divertido de escribir ficción es jugar a ser Dios, a manejar los hilos del destino. Mover la vida de un personaje, llevarlo dando tumbos de un lado a otro, sin un sentido aparente y sorprenderse escribiendo para él una frase, una reacción, que ni siquiera el autor esperaba. ¿Se nos escapan de las manos los personajes? ¿Viven en una coherencia interna que les damos inconscientemente? ¿Es quizá nuestra propia coherencia reflejada en el espejo? ¿Es lo que nosotros desearíamos poder hacer o vivir?

Escribir ficción le permite a uno correr riesgos que no correría en la realidad, ponerse en la piel de los personajes que escribe, en el sueño de la letra. Podemos escalar una montaña y atravesar un desierto. Podemos abandonar la comodidad del hogar y huir en busca de una vida más real que la nuestra, a través de la ficción. Imaginando vidas ajenas, o vidas propias que duermen guardadas en el entresuelo de la esperanza.

Pero, ¿qué pasa cuando se confunden los términos? A veces nos sentimos atrapados en un sueño, o pesadilla, que alguien parece escribir para un personaje que lleva nuestro nombre y apellidos, que se parece a nosotros y actúa como nosotros lo haríamos. A veces, tenemos la temible sospecha de que algo, o alguien, determina los acontecimientos de nuestra vida y nos lleva al límite, para gozar descubriendo nuestra inesperada reacción. ¿Hay un guionista burlón que nos sobrevuela? ¿Es eso que llamamos destino?

Prefiero pensar que no. Pero es que hay días en que creo estar sumergida en una película, donde han escrito para mí un papel a medida: el de la eterna sufridora a la que todo le sale mal. Y cuando parece que empieza a remontar, un golpe de efecto, un giro inesperado, un punto de inflexión. La historia se pone emocionante. Un hermoso relato, para leer desde fuera; para ver tranquilamente sentados en la butaca del cine. Aquí, dentro del relato, se pasa fatal.

01.15.08

Miedo

Publicado en Mirada adentro en 11:51 am por alasclaras

“Ssshhh… Tranquilo, no tengas miedo”, le dijo mientras acariciaba su frente, apartando suave el flequillo desordenado y sudoroso, con sus dedos lánguidos. Más que un calmante para ese sentir aterrador, la orden de evitar el miedo, acompañada de una caricia, es una anestesia engañosa para los sentidos.

¿Quién dijo que es malo tener miedo? El miedo le hace a uno ponerse en guardia, extremar las precaucioness, agudizar la capacidad sensorial y la percepción, prever y preparar con detalle cada paso antes de darlo.

Prefiero el miedo a la inconsciencia que alegremente olvida los peligros. Prefiero el miedo al letargo de esa mano amiga que te mece suavemente y no te obliga a correr riesgos. Aunque también hay que saber medir una sensación tan irracional como el miedo: más vale no caer en el extremo del pánico, que sí es capaz de paralizarnos por completo.

¿Quién dijo que es malo tener miedo? Un poco de miedo siempre es saludable.

01.06.08

Buscando una epifanía (o revelación)

Publicado en Mi gente, Mirada adentro en 10:02 pm por alasclaras

En principio, nadie dijo que fueran tres. Tampoco que fueran magos. El evangelista Mateo los menciona en su capítulo 2. ¿Traducción o transcripción? El término griego “magoi” no tiene mucho que ver con personajes del estilo de Harry Potter, o cualquier otro tipo de brujo, ser con poder sobrenatural o varita: se utilizaba para designar a los sacerdotes persas, aunque también se aplicaba a astrónomos, matemáticos o sabios. Quizá se refería al estamento religioso. Pero venían de oriente, donde prevalecían otras religiones, mucho más allá de las fronteras físicas y humanas del pueblo judío, el elegido por Dios. ¿Se trataba de un mensaje de la “universalidad” de la nueva alianza que establecería ese niño al que iban a adorar? ¿O de una vinculación con la tradición de las religiones mistéricas orientales?

Poco importa. Los magos, o sabios, venían de Oriente, de donde nace el sol. Y el nacimiento del sol -más bien su ”renacimiento” tras la noche eterna del 24 de diciembre- es lo que celebramos en Navidad. El solsticio de invierno. Los creyentes aprovechan para vincular las connotaciones simbólicas del sol victorioso, el Sol Invictus de los romanos, con la majestad y el poder de su Dios, que comienza su ciclo, como el ciclo de la vida y las estaciones.

Hoy celebramos la conmemoración de una revelación, la Epifanía, ya que según la narración -bíblica o apócrifa- la divinidad de ese niño se mostró abiertamente a los ojos, a los sentidos, al conocimiento de los magos.

Así que hoy, cada cual la celebra su propia revelación y cada cual a su manera. Y todos queremos aprender, queremos que se nos muestre la verdad, sin perder la inocencia. Fingiendo que no sabemos que los reyes “son los padres”, o cualquier persona que nos quiera bien, queremos abrir nuestros regalos, descubrir lo que nos depara este año, este nuevo ciclo, con la esperanza de que se cumplan nuestros deseos.

Por primera vez, te han traído carbón. Lo esperabas, pero sin terminar de creértelo. Porque el carbón es ante todo la confirmación de que este año, como los anteriores y los que vendrán, has cometido errores. Pero también es una oportunidad para aprender de ellos, es una manera de recordarte que tus errores están ahí y que el perdón de los demás, o tu propia indulgencia, no los borran: hay que trabajar para destruirlos.

Y a mi, como de costumbre, no me han traído lo que les había pedido. Quizá es el mejor regalo que me han podido hacer: demostrar que no todos los deseos se deben hacer realidad, y que a veces es mucho más satisfactorio conseguir las cosas por uno mismo.

12.29.07

Lo que vimos y lo que somos

Publicado en Memorias, Televisión en 2:42 pm por alasclaras

Un reciente estudio sociológico, sin ninguna validez teórica y realizado por mí, que no tengo idea de sociología, revela que la influencia del consumo de televisión en una franja de edad comprendida entre los cero y los diez años tiene consecuencias en el desarrollo de la personalidad a largo plazo.

Para realizar este estudio he tomado como referencia una reducidísima muestra de población, consistente en las personas de mi generación con las que he tenido la suficiente confianza como para preguntarles qué tipo de series de ficción, animación o programas infantiles veían cuando eran niños.

A partir de sus testimonios, que pueden ser considerados como sinceros o no, y el análisis de su comportamiento en la actualidad, he llegado a asombrosas conclusiones que a continuación detallo:

Los niños que lloraron y se desesperaron con el periplo de Marco en busca de su mamá, que tenía la mala fortuna de llegar siempre con retraso al lugar de donde acababa de irse, tienen en la actualidad los recursos necesarios para comprender el drama de la inmigración y las consecuencias del desarraigo familiar.

Quienes se engancharon al culebrón que era Heidi, se han convertido en defensores de la familia y la amistad, sabiendo ver más allá de las dificultades o defectos de cada cual, para descubrir su auténtica valía. En definitiva, se han enterado de que bajo el aspecto de cascarrabias gruñón del abuelo, se escondía un corazón enorme .

Los que sudaban la camiseta día tras día con Fama, hoy reconocen el valor de la dedicación, el esfuerzo y el sacrificio en el desempeño de su trabajo o tareas cotidianas. Sin embargo, se han detectado casos en que los espectadores de entonces consideran hoy como fin en sí mismo el éxito rápido y fácil, aunque no está clara la relación causa-efecto respecto al visionado de la serie.

Los niños que disfrutaron con las peripecias y enseñanzas de David el Gnomo son ahora adultos que luchan por la defensa de la naturaleza, ecologistas convencidos que intentan frenar el cambio climático con gestos que van desde el reciclaje nuestro de cada día, hasta las acciones de protesta de Greenpeace.

El grupo más heterogéneo quizá sea el de los espectadores de Barrio Sésamo, seguramente por la multitud de personajes y secciones, que podía llegar a confundir a quienes disfrutaban del programa cada tarde. Así, encontramos a aquellos que hoy por hoy todavía se preguntan dónde tienen la punta de la nariz, posibles seguidores de Don Pimpón; y otros que han conseguido diferenciar entre izquierda y derecha, arriba y abajo, delante y detrás.

Y por último, los niños que iban a jugar con los Fraguel (o Fraggle Rock), dejando a un lado sus problemas, hoy han aprendido a ver el lado positivo de la vida, en una sociedad donde es cada vez más evidente que el pez grande se come al chico, o el Fraggle se come la construcción curri, lo mismo da. Entre este tipo de espectador se observa además un espíritu viajero, una actitud de curiosidad e interés por conocer otros países y culturas; así como un consumo de cannabis mayor que en otros grupos.

Todo ello viene a demostrar que los mensajes positivos que transmite la televisión calan en el tamiz de los niños, infundiéndoles valores que desarrollarán a lo largo de sus vidas. En muy pocas ocasiones, sin embargo, se ha podido confirmar que de los espectadores de series como Bola de Dragón o Los Caballeros del Zodíaco hayan salido asesinos en serie - más bien, estetas obsesionados por el manga. Aunque, por otro lado, sí se ha identificado una tendencia a repetir el tipo de contenidos que se consumía en la infancia: de este modo, las niñas que veían Candy Candy hoy están enganchadas en mayor o menor medida al formato culebrón o a los libros de la colección Harlequín.

En fin, que la tele no es tan mala y que nos ha ofrecido ratos estupendos. Sólo hay que saber elegir, cambiar de canal o apagar cuando corresponda.

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