Literatura y Periodismo: la crítica literaria en prensa

31 10 2007

Los vínculos entre literatura y periodismo se extienden por encima de la práctica del oficio de escribir y de las decisiones que este oficio exige tomar: la manera de enfrentarse al texto, la conciencia de dirigirse a un lector potencial, la búsqueda de mayor o menor objetividad… Son dos maneras distintas, pero hermanadas, de plasmar realidad y verdad. Pero además, existe otra vía de comunicación entre las dos disciplinas. Los libros tienen una presencia exclusiva en la prensa, a través de un género único en su especie: la crítica literaria, letra sobre letra.

Para hablar de ella, se reunieron en el Aula de Debate prevista dentro del Congreso de la Fundación Caballero Bonald, el pasado 17 de Octubre, Antonio Jiménez Millán, Juan José Téllez e Ignacio Garmendia. Desde sus diversas vivencias como escritores o críticos, o ambas cosas, los tres amantes de las letras coincidieron en reivindicar la responsabilidad del crítico literario como vigía de la buena literatura, encargado de alertar de sus avistamientos a los lectores interesados.

Antonio Jiménez Millán, el primero en tomar la palabra, marcó las distancias que tradicionalmente han separado a la crítica periodística y académica, señalando que siempre se han declarado un “menosprecio mutuo”. Si desde las aulas, desde la elevada posición de la cátedra, se acusaba de banal y superficial a la crítica periodística; ésta última arremetía contra los académicos por ejercer un estilo excesivamente pedante y puntilloso, alejado de la sensibilidad del lector. Aunque en la actualidad, según afirmó el propio Millán, los límites entre los dos tipos de crítica “se han ido borrando”.

El escritor definió a la crítica literaria en prensa como “uno de los engranajes del mercado editorial”, donde se trabaja “por encargo”, para obtener un producto de consumo y de carácter efímero, que impide una reflexión pausada.

Pero, por encima de todo eso, alabó sus virtudes y su necesario protagonismo en la vida cultural, ya que “orienta al lector entre miles de títulos nuevos”. Para ello, estableció la necesidad de ejercer la crítica en base a dos requisitos, “conocimiento y humildad”, evitando además “la codificación académica” y enriqueciéndose con las cualidades expresivas del crítico, que ante todo “debe ser un buen escritor”.

Por su parte, Juan José Téllez, recogió las reflexiones de su predecesor para reconocer la labor orientativa de los críticos, aunque advirtió de las dificultades para mantener la independencia al afirmar que “es un mundo endogámico”, donde cada vez tienen más peso los grupos multimedia. Tampoco él quiso hacer distinciones entre las disciplinas que requieren del oficio de escribir, al declarar que “el buen periodismo es literatura”.

Por último, Ignacio Garmendia ofreció su punto de vista como editor y crítico literario en prensa y revistas especializadas. Así, calificó el trabajo de los críticos como “un oficio esforzado, ingrato, al que se dedica mucho tiempo y se tira con el periódico”, que tiene como objetivo incitar a leer. Estableció como principales requisitos de este oficio la lectura, la sensibilidad y el criterio, que se deben aplicar en positivo a los textos, asegurando que “es mejor celebrar lo que me gusta, que denigrar lo que no”.

En contra del resto de participantes, eliminó toda sombra de duda sobre la independencia de la crítica al declarar que “cada crítico es el único responsable de lo que firma”, aportando además como ejemplo su experiencia personal, ya que negó haber recibido presiones de los grupos mediáticos.

En el turno de preguntas del público se demostró que los asistentes tampoco coincidían con la opinión de Garmendia, cuando una profesional del medio, que había ejercido la crítica literaria en prensa, interrogó a los participantes sobre este aspecto y relató su experiencia. “¿Cómo se puede orientar al lector con independencia, cuando los responsables del medio me exigen que escriba críticas sobre libros previamente seleccionados por ellos? ¿Dónde está mi capacidad para elegir las obras que deberían aparecer reseñadas?” reflexionaba.

Quizá hay medios y medios, críticos y críticos. Revistas pequeñas a las que ningún editor presta la suficiente atención como para exigirle una crítica de su obra estrella del momento; críticos con tanto nombre y tanta fama que tienen libertad absoluta para defenestrar a un libro con sólo unas pocas palabras impresas en cualquier periódico. Pero, ¿en realidad ocurre así? ¿Son tan determinantes las críticas como para condicionar el éxito o fracaso de una obra literaria? ¿Hay tanto interés por parte de las editoriales de promocionar un libro en suplementos de prensa o revistas especializadas, con una “cuota de lectura”, si se me permite la expresión, irrelevante en comparación con los lectores potenciales de la obra?

Ignacio Garmendia lo tiene claro: “la incidencia de una crítica en las ventas de una obra es mínima”. Si es así, ¿a qué tanto revuelo?    





Literatura y Periodismo: Elvira Lindo y Clara Sánchez

29 10 2007

Pasadas las once y media de la mañana del miércoles 17 de Octubre de 2007, un poco más tarde de lo previsto, dio comienzo la esperada conferencia de Elvira Lindo. Algunas horas después, hacia las ocho, participaría en una mesa redonda junto a Clara Sánchez, para analizar el papel de los escritores en los periódicos.

Fue casualidad, no estaba previsto. En lugar de Clara Sánchez tendría que haber intervenido Francisco Gutiérrez Carbajo, pero su inesperada ausencia obligó a posponer su conferencia hasta el día siguiente. Así que las dos escritoras se encontraron por sorpresa en una mesa que parecía preparada en pos del feminismo, para destacar la presencia de las mujeres en el mundo literario y periodístico. Y sin embargo, no había sido más que una coincidencia. Ambas se felicitaban por ello.

Pero las coincidencias iban más allá: el enfoque de sus conferencias fue muy similar; y la mesa redonda, un diálogo fluido. Cada respuesta de una reafirmaba las posiciones de la otra.

Cuando Elvira Lindo comenzó a hablar, pensé que introducía su conferencia con un breve repaso a su experiencia personal en los medios de comunicación. Siguió hablando durante casi una hora y no cambió de tema. A la decepción por encontrar a una conferenciante incapaz de salir de sí misma, tras la espectacular lección vital de Emilio Lledó, se le fue sumando, poco a poco una sensación extraña. Al obligarme a escuchar su conferencia, me di cuenta de mi tendencia a menospreciar las experiencias ajenas. Escuchando a Elvira Lindo aprendí un poco más de mí misma. Y si durante los primeros minutos temí que me “fuera a contar su vida”, al final agradecí que lo hiciera. Abrir los oídos y el corazón al que habla, distinto a uno, ajeno a los sentimientos y el universo propios, es un ejercicio fundamental para alcanzar cierta altura espiritual o, volviendo a Lledó, para lograr la libertad que otorgan la educación y el lenguaje.

La escritora desgranó su trayectoria desde sus inicios en la radio hasta la creación del personaje que le hizo popular: Manolito Gafotas. Éste fue, sin embargo, sólo el primero de sus muchos momentos de éxito. Pero en todos ellos, Lindo hizo ver su carácter inquieto y mudable, dado que nunca quiso dejarse atrapar por la comodidad de repetir hasta el infinito su sello propio. Su intención fue en todo momento experimentar nuevos caminos, hablar cada vez con distintas voces y avanzar en la creación literaria. Crear universos paralelos en papel implica arriesgarse, aventurarse en lo diferente. Y en este sentido, su obra es un buen ejemplo.

De principio a fin, Elvira Lindo se mostró como una mujer sencilla que ejerce el oficio de la escritura por el puro placer de “contar historias” – tópico repetido hasta la saciedad en las facultades de periodismo – y por su curiosidad innata – otro tanto. Pero además, hizo una declaración de intenciones respecto a la situación de la prensa: si bien destacó la necesidad del escritor de ser honesto; subrayó la importancia de mantener en los periódicos una parcela donde no quepa la opinión.

Aunque no tan mediática como Elvira Lindo, Clara Sánchez también gozaba de cierta popularidad entre los asistentes al congreso. Al verla, y sobre todo al oírla hablar, recordé por qué me resultaba tan familiar. Era aquella que había tenido el honor de romper el cerco machista del programa de Garci: la primera mujer invitada a ¡Qué Grande es el Cine!, donde luego acudirían otras.

Ella también nos contó su vida, pero lo hizo trufando sus memorias de aseveraciones sobre las distancias entre literatura y periodismo. Analizó ambas disciplinas desde la verdad de su “yo”. Además de realizar la obvia contraposición entre el carácter efímero de la prensa y la intemporalidad de la novela; Clara Sánchez se definió a sí misma como una persona “más observadora, que tiende a la antropología social, al escribir artículos”; mientras que en la novela se inclina a “expresar su carácter, su manera de ver las cosas”. Matices en la distinción entre subjetividad y objetividad, tradicionalmente asociadas a literatura y periodismo.

Reincidiendo en los tópicos del congreso, Clara Sánchez manifestó su inquietud ante la masiva cantidad de información en la que se sumerge la sociedad actual, incapaz de asimilarla e interpretarla con cierta distancia. En este sentido, destacó el protagonismo que va adquiriendo en la actualidad lo “virtual” frente a lo “material”, en clara referencia a la información obtenida a través de Internet, pero sin criminalizar ni censurar este medio, sino más bien, mostrando cierto interés por experimentarlo a fondo y confesando que iba a empezar a escribir un blog en el Boomeran(g). Habrá que leerlo.

Al sentarse en torno a la misma mesa, Elvira Lindo y Clara Sánchez coincidieron al definir el estilo de los escritores con oficio periodístico, que tienden a una mayor naturalidad y “evitan la verbosidad”, en palabras de Lindo. Asimismo, alertaron de la dificultad de mantener un mismo tono en una serie de artículos que se extiende en el tiempo; o del peligro que supone para un escritor convertirse en un producto estrella, un reclamo comercial dentro de un periódico, dado que resulta fácil acomodarse y caer en lo predecible.

Al mismo tiempo, las escritoras supieron trazar con buen pulso el panorama de la prensa actual, donde existe el riesgo de caer en ideologías monolíticas; donde la letra impresa goza de tal autoridad que requiere una gran responsabilidad en el oficio de informar; y donde el lector tiene que realizar un ejercicio crítico, para no dejarse “obnubilar”.

En este sentido, se mencionó la costumbre de los lectores de adquirir un periódico u otro en función de su línea editorial, sabiendo lo que van a encontrar; disfrutando, por tanto, al leer, en esa sobrevalorada letra impresa investida de autoridad, lo que cada cual piensa íntimamente.

¿Por qué valoramos más ese monólogo interior que el diálogo con otras personas, con otras posturas, con otras ideologías? ¿No será que dudamos de nosotros mismos y tememos que nos puedan convencer de sus ideas? Eso se llama “inseguridad”, lo mismo que sentí cuando Elvira Lindo empezó a contarme su vida.





Literatura y Periodismo: Emilio Lledó

27 10 2007

Su aspecto era entrañable, pero no tanto como para aparentar la edad que tenía. Su imagen se adaptaba fácilmente al prototipo de sabio, reflejado como un espejo en los bustos de los filósofos griegos y resguardado en la memoria infantil, asociándose al maestro de escuela. Eso había sido él, eso quería ser, y eso seguirá siendo pase lo que pase. No lo puede evitar. A Emilio Lledó le sale la pedagogía como a otros el aire de los pulmones, o la sangre corriendo en impulsos regulares por las arterias.

Participaba en el Congreso organizado por la Fundación Caballero Bonald, que habían dado en llamar “Literatura… y Periodismo”. En las paredes de la sala de conferencias, llena hasta la bandera, se proyectaba aquel lema, impreso sobre lo que parecía ser un periódico doblado. El escritor gaditano que da nombre a la fundación fue el encargado de presentar al filósofo, dado que se le había encomendado la conferencia inaugural, prevista para las 10 y media de aquel miércoles 17 de Octubre. Sus palabras recordaron los años de juventud que pasó en Madrid junto a Lledó, a quien ya entonces, dijo, “se le consideraba un maestro”. Pero también sirvieron para referirse al propio congreso. Saliéndose del guión, con la habilidad de quienes no tienen por qué ceñirse a él, Caballero aludió a la incomodidad que le producían aquellos puntos suspensivos después de la palabra literatura: “no sé de quién habrá sido la idea”.

Emilio Lledó tuvo la genial idea de recoger el guante, para justificar su presencia en el congreso, dado que no se consideraba literato ni periodista: “yo soy los puntos suspensivos”, advirtió jovial. Toda su conferencia, que se dejaba llevar cálida, reposada, pero llena de vitalidad y exaltada emoción, como una tarde de primavera, estaba cuajada de citas, recogidas a ramilletes como flores silvestres. Propias o ajenas, daba igual. Sólo importaba el contenido.

“La lectura es el más asombroso principio de libertad y fraternidad”.

“Somos lenguaje y tiempo”.

“La vida es un mundo de palabras”.

“Literatura y periodismo son dos formas de lenguaje”.

“Somos efímeros, hijos del tiempo, a caballo de los días” – tradujo etimológicamente.

“Emitimos un aire significativo, un aire semántico”, en palabras de Aristóteles, quien también señaló que “todos los hombres tienden a mirar”.

¿A mirar? ¿A mirar qué? ¿A mirarse?

La conferencia de Lledó versaba, según el programa, sobre el lenguaje de la identidad. Así que, después de extenderse durante más de media hora, transmitiéndonos pequeñas dosis de sabiduría, advirtiéndonos que la vida sólo merece la pena ser vivida si la miramos con optimismo, que pasa y se desvanece en el tiempo y que sólo tenemos la certeza física de nuestra existencia; se decidió a entrar en materia. También a él se le agotaba el tiempo para hablar, encantado como estaba de encontrarse con su audiencia.

Lledó vinculaba el concepto de lenguaje al de libertad, entendiendo este último como la posibilidad de elegir, de poder pensar libremente, algo que sólo podía alcanzarse a partir de una estructura mental bien asentada sobre la base de la educación. En este sentido, lo que él llamó “la corrupción de la mente” es lo que provoca los fanatismos.

El lenguaje es fruto de esa libertad de pensamiento, y al mismo tiempo, ayuda a construirlo, convirtiendo el monólogo natural del ser humano en diálogo. Un diálogo enriquecedor que multiplica los puntos de vista y que ayuda a realizar esa elección que es el acto y consecuencia de la libertad.

El filósofo quiso hacernos notar la simpleza que significaba reducir la propia identidad a las identidades geopolíticas, ya que no somos responsables de nuestro lugar de nacimiento. Tampoco de nuestra lengua materna, que es más bien fruto del azar. Pero al concepto de lengua materna enfrentó el de “lengua matriz”, que definiría como “la lengua creadora, que refleja lo que cada uno lleva dentro”, y de la que sí somos responsables.

A continuación, desgranó los pilares de lo que para él debe ser la “identidad en la democracia”: la cultura, la solidaridad, la verdad, la belleza y la justicia. Todos ellos tienen un destacado protagonismo en el concepto de identidad aplicado al lenguaje, dado que en los textos literarios y periodísticos se debe percibir “la identidad de quién habla, tanto como la verdad de lo que habla”. Un auténtico canto a la libertad de pensamiento en estos días en que todos los que escribimos andamos vendidos, en mayor o menor medida, a los poderes de aquí o de allá.

De hecho, la posibilidad de elegir nuestras palabras es un don que debe ser conservado con mimo, algo que el propio Lledó nos hizo notar cuando afirmó que “somos nuestro lenguaje”. Es más, diría que somos nuestro lenguaje a través del tiempo, dado que son nuestros actos comunicativos, gestos y palabras, en el aire o en el papel, en el pasado, en la memoria y en el presente, los que nos construyen como personas, frente a nosotros mismos y frente a los demás.

Es lo que construye la “conciencia de sí”, en sus palabras, que “hoy está limitada, paralizada”. Lledó señaló los peligros que provocan esta situación en la actualidad: el exceso de información y los reflejos condicionados. Si el primero fue un leit motiv del congreso, repetido hasta la saciedad por todos los participantes, sólo Lledó se atrevió a mencionar aquel término que nos recordaba a los perros de Pavlov y que él definió como “la muerte de la educación”. Así es como se educa hoy a muchos niños y jóvenes, haciendo sonar la campana, para ver como empiezan a salivar; blandiendo el argumento del miedo; o bien, con mecanismos de gratificación y compensación que no les obligan a pensar por sí mismos.

¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo? ¿Hay alguna solución? Lledó nos da la respuesta: “hay que desamordazar el lenguaje, para que fluya”.





“Literatura y Periodismo”: comienza el IX Congreso de la Fundación Caballero Bonald

26 10 2007

Como cada año, desde hace ya nueve, Jerez de la Frontera acogió la semana pasada el Congreso organizado por la Fundación Caballero Bonald, que en esta ocasión estuvo dedicado a la literatura y el periodismo. A lo largo de tres días, los asistentes y participantes pudieron reflexionar y analizar los lazos que vinculan a ambas disciplinas, así como los abismos que los separan, desde la óptica de los académicos, pero también desde la perspectiva de los propios tránsfugas que han vertido sus letras en sus páginas, aquellas efímeras de la prensa diaria, y aquellas otras, eternas, de los libros.

Todo empezó el miércoles 17 de Octubre. El lugar de la cita era la sede de los Museos de la Atalaya. No demasiado lejos del centro de la ciudad, este conjunto arquitectónico alberga dos de las colecciones más significativas de Jerez de la Frontera: el Palacio del Tiempo y el Misterio de Jerez. Mientras el Palacio del Tiempo es uno de los pocos museos españoles dedicados en exclusiva a los relojes; el Misterio de Jerez recoge la tradición vitivinícola por la que es mundialmente conocida la ciudad gaditana.

La entrega de credenciales y documentación comenzaba a las nueve de la mañana y allí, tras la puerta en color albero que silueteaba el muro enjalbegado de cal de la fachada, el amplio patio porticado de ambiente rural acogía ya a un buen número de personas. Se mezclaban el reportero que iba a cazar la noticia o la frase de la personalidad literaria asistente, y el periodista que acudía por el propio placer de escuchar a compañeros de profesión, hablando de la profesión. Y sin embargo, se distinguían, y desde bien lejos, a los cámaras y reporteros gráficos, a la caza de la imagen.

Rápidamente se habían ido formando animados grupos, donde abundaban mujeres de mediana edad. Eran profesoras. El Centro del Profesorado de Jerez fue una de las entidades organizadoras del evento. E incluso desde la inicial hoja de inscripción destacaba el llamamiento que se hacía a los profesores para propiciar su concurrencia al congreso: no sólo tenían un formulario de inscripción independiente, sino que el propio centro les prometía un certificado de asistencia, que al parecer ya no se facilita al resto de presentes. De hecho, la organización llevaba dos listados para comprobar que los asistentes iban retirando sus credenciales. Y el dedicado al profesorado era mucho más voluminoso.

Junto a la característica plaquita identificativa, con el nombre del portador y el logo del congreso, se repartía una carpeta que contenía el programa, acompañado de un jugoso detalle: las actas del congreso organizado por la Fundación Caballero Bonald en 2005, que llevaba por título “Narrativas Hispánicas: Un recuento”.

Conforme pasaban los minutos, se percibía un aire de inquietud entre los diversos grupos. Algunos se arremolinaban en torno a las mesas del catering, que ofrecían café y pastas; muchos parloteaban mirando a todos lados, entrando y saliendo de la sala de conferencias; los fotógrafos buscaban instantáneas curiosas… Hasta que por la puerta del patio que daba al jardín, en una imagen que aunaba lo romántico de la reconstrucción ideal de un utópico pasado andaluz y la solemnidad de un desfile de autoridades, apareció el escritor que da nombre a la fundación, acompañado de las autoridades que representaban a las instituciones promotoras u organizadoras del congreso. 

El paseo hasta la puerta de la sala de conferencias se hizo interminable, interrumpido por gestos a unos y a otros, por declaraciones de todos a los medios. Pero al fin, poco después de las diez de la mañana, dio comienzo el IX Congreso de la Fundación Caballero Bonald con las palabras de la alcaldesa de Jerez, recordando la labor que año tras año ejerce la fundación al convertir a la ciudad en un referente cultural a nivel nacional. Asimismo, tampoco pudimos eludir las palabras de las diversas autoridades promotoras, felicitándose por la celebración del congreso. Preámbulos y más preámbulos para poder escuchar al fin el seseo impenitente de José Manuel Caballero Bonald, encargado de presentar al conferenciante encargado de abrir el ciclo: el filósofo, pero no por ello menos lúcido, Emilio Lledó.





Despertar

25 10 2007

Era una pesadilla. Una de esas noches en que uno se revuelve en la cama sin saber por qué, sin motivo aparente. No, no he cenado nada que me pueda sentar mal. Ni siquiera he comido mucho. Llevo una vida de lo más tranquila, casi aburrida. ¿Por qué vienen los fantasmas a atormentarme en el sueño?

Al principio no veía nada, sólo sentía el caos, la confusión y el dolor gritando dentro de mí. Luego creció ante mis ojos cerrados un monstruo de mil cabezas que se agitaba amenazante, que no me dejaba descubrir dónde estaba su verdad, que se retorcía y se arrastraba ruin y mezquino, para enroscarse a mis tobillos con sus garras frías y sudorosas y hacerme caer. Se me clavaron sus dos mil ojos, como una sola mirada punzante. Y una herida sangrante me atravesó la garganta.

No desperté. No he despertado. Pero empiezo a desvelar los misterios de mis noches inagotables, atrapadas en las arrugas profundas de las sábanas. Sé que me hacía falta llorar, una tras otra, todas las lágrimas que aún tengo guardadas. Y sé por qué mis temores me hirieron en la garganta.

De nuevo, como otras veces, he perdido la voz. La afonía esta vez es total. De vez en cuando me ocurre. Me gusta cantar a voz en grito y las melodías inexistentes fluyen por las yemas de mis dedos y se adormecen, sestean plácidas en las hamacas de mis pestañas. Pero es agotador. Si alguien me escucha cantar y le gusta, puede pedirme una canción tras otra hasta que ya no puedo más. Y como canto sin micrófono, me ahogo rápido. Quizá se han acabado para siempre las melodías. Eso pienso a menudo.

No puedo decir que no me gustara cantar, incluso aquellas canciones que no estaban hechas a mi medida. Aquellas que me pedían sin más, a gusto del consumidor. No puedo culpar a quien lanzaba monedas a mi platillo desde la acera, por impulsarme a tensar al máximo mis cuerdas vocales. Fui yo la que se empeñó demasiado, la que puso tanta pasión que se rompió. 

Y aquí estoy, intentando recomponerme. Llevo atravesado en el pecho el dolor por la muerte de la letra y ansío palabras de resurrección. Me pregunto si el manantial se habrá secado o si esto es sólo producto de un verano demasiado cálido. Quiero perder el miedo, para poder despegar mis labios de nuevo. Y aquí estoy.