Los vínculos entre literatura y periodismo se extienden por encima de la práctica del oficio de escribir y de las decisiones que este oficio exige tomar: la manera de enfrentarse al texto, la conciencia de dirigirse a un lector potencial, la búsqueda de mayor o menor objetividad… Son dos maneras distintas, pero hermanadas, de plasmar realidad y verdad. Pero además, existe otra vía de comunicación entre las dos disciplinas. Los libros tienen una presencia exclusiva en la prensa, a través de un género único en su especie: la crítica literaria, letra sobre letra.
Para hablar de ella, se reunieron en el Aula de Debate prevista dentro del Congreso de la Fundación Caballero Bonald, el pasado 17 de Octubre, Antonio Jiménez Millán, Juan José Téllez e Ignacio Garmendia. Desde sus diversas vivencias como escritores o críticos, o ambas cosas, los tres amantes de las letras coincidieron en reivindicar la responsabilidad del crítico literario como vigía de la buena literatura, encargado de alertar de sus avistamientos a los lectores interesados.
Antonio Jiménez Millán, el primero en tomar la palabra, marcó las distancias que tradicionalmente han separado a la crítica periodística y académica, señalando que siempre se han declarado un “menosprecio mutuo”. Si desde las aulas, desde la elevada posición de la cátedra, se acusaba de banal y superficial a la crítica periodística; ésta última arremetía contra los académicos por ejercer un estilo excesivamente pedante y puntilloso, alejado de la sensibilidad del lector. Aunque en la actualidad, según afirmó el propio Millán, los límites entre los dos tipos de crítica “se han ido borrando”.
El escritor definió a la crítica literaria en prensa como “uno de los engranajes del mercado editorial”, donde se trabaja “por encargo”, para obtener un producto de consumo y de carácter efímero, que impide una reflexión pausada.
Pero, por encima de todo eso, alabó sus virtudes y su necesario protagonismo en la vida cultural, ya que “orienta al lector entre miles de títulos nuevos”. Para ello, estableció la necesidad de ejercer la crítica en base a dos requisitos, “conocimiento y humildad”, evitando además “la codificación académica” y enriqueciéndose con las cualidades expresivas del crítico, que ante todo “debe ser un buen escritor”.
Por su parte, Juan José Téllez, recogió las reflexiones de su predecesor para reconocer la labor orientativa de los críticos, aunque advirtió de las dificultades para mantener la independencia al afirmar que “es un mundo endogámico”, donde cada vez tienen más peso los grupos multimedia. Tampoco él quiso hacer distinciones entre las disciplinas que requieren del oficio de escribir, al declarar que “el buen periodismo es literatura”.
Por último, Ignacio Garmendia ofreció su punto de vista como editor y crítico literario en prensa y revistas especializadas. Así, calificó el trabajo de los críticos como “un oficio esforzado, ingrato, al que se dedica mucho tiempo y se tira con el periódico”, que tiene como objetivo incitar a leer. Estableció como principales requisitos de este oficio la lectura, la sensibilidad y el criterio, que se deben aplicar en positivo a los textos, asegurando que “es mejor celebrar lo que me gusta, que denigrar lo que no”.
En contra del resto de participantes, eliminó toda sombra de duda sobre la independencia de la crítica al declarar que “cada crítico es el único responsable de lo que firma”, aportando además como ejemplo su experiencia personal, ya que negó haber recibido presiones de los grupos mediáticos.
En el turno de preguntas del público se demostró que los asistentes tampoco coincidían con la opinión de Garmendia, cuando una profesional del medio, que había ejercido la crítica literaria en prensa, interrogó a los participantes sobre este aspecto y relató su experiencia. “¿Cómo se puede orientar al lector con independencia, cuando los responsables del medio me exigen que escriba críticas sobre libros previamente seleccionados por ellos? ¿Dónde está mi capacidad para elegir las obras que deberían aparecer reseñadas?” reflexionaba.
Quizá hay medios y medios, críticos y críticos. Revistas pequeñas a las que ningún editor presta la suficiente atención como para exigirle una crítica de su obra estrella del momento; críticos con tanto nombre y tanta fama que tienen libertad absoluta para defenestrar a un libro con sólo unas pocas palabras impresas en cualquier periódico. Pero, ¿en realidad ocurre así? ¿Son tan determinantes las críticas como para condicionar el éxito o fracaso de una obra literaria? ¿Hay tanto interés por parte de las editoriales de promocionar un libro en suplementos de prensa o revistas especializadas, con una “cuota de lectura”, si se me permite la expresión, irrelevante en comparación con los lectores potenciales de la obra?
Ignacio Garmendia lo tiene claro: “la incidencia de una crítica en las ventas de una obra es mínima”. Si es así, ¿a qué tanto revuelo?