Guionistas y Guionistas

29 11 2007

Hay que ver la que se está armando con el asunto de los guionistas. Y no, no me refiero a los estadounidenses, que parece que saben muy bien lo que hacen, lo que quieren, cómo lo quieren, y cómo lograrlo. No ofende quien quiere, sino quien puede, dirían algunos. Y con respecto a los guionistas, se puede matizar: no presiona quien quiere, sino quien puede. ¿Están los guionistas españoles en posición de presionar a productoras y canales, cuando no se encuentran ni a años luz de la situación de los estadounidenses? ¿A cuento de qué viene esta comparación?

Pues el caso es que a Alma, o lo que es lo mismo, la asociación de guionistas de aquí, – que no es más que eso, una asociación, y no un sindicato, como piensan algunos – se le ha ocurrido aprovechar la coyuntura que se vive al otro lado del charco para sacar a la luz las paupérrimas condiciones de los guionistas patrios a través de una asamblea programada para el próximo sábado. Una asamblea a la que han invitado, prácticamente, a todo el que quiera asistir.

Dos guionistas blogueros, a los que enlazo y leo con frecuencia, ya se han hecho eco de la noticia, aportando su visión del asunto: dos puntos de vista que sin ser contradictorios, sí tienen alguna diferencia insalvable. Ir o no ir, he aquí la cuestión.

Personalmente, lo que más me ha llamado la atención de todo esto es la convocatoria, en la que han metido en el mismo saco a guionistas de ficción y de no ficción. Creo que es la primera vez que se les mete en el mismo saco para algo. Para abultar, parece, porque por lo demás, conformando un grupo tan heterogéneo, donde lo mismo cabe un freelance, que trabaja desde casa con un presupuesto aprobado previamente por guión terminado; y un guionista de un programa cualquiera de televisión que se hace 80 kilómetros al día, para ir y volver al polígono del fin del mundo, a echar las horas que haga falta, e incluso atendiendo al teléfono cuando sea necesario, cobrando a final de mes un sueldo que no llega ni a la mitad de lo que cobra el otro… ¿Cómo van a ser ni parecidas las reivindicaciones?

Ojo, no digo que todos los guionistas de ficción trabajen en esas condiciones paradisíacas. Pero bien es verdad que a ellos, al menos, se les reconoce que están haciendo un trabajo creativo, reconocimiento que los demás ni huelen. Si Miss Julie habla de “mercenarios del guión”, yo considero que un término más ajustado para los guionistas de no ficción sería “meretrices del guión”.

Cuando uno se gana la vida escribiendo, es difícil que escriba lo que quiera y como quiera. Salvo las estrellas, que de esas no hablo. Me refiero a la gran masa, a la mayoría. Así que, cada cual tiene que conformarse con escribir lo que pueda, y si eso le da para comer, mejor que mejor.

Por eso me sorprende que el ya mencionado Pianista se eche las manos a la cabeza y califique a sus compañeros de cobardes cuando estos aceptan una nómina de 3.000 euros. Pues mire, por la mitad, también. Y por menos, he estado trabajando. Y por menos, mucha gente lo haría. Porque una cosa es trabajar para vivir, y otra muy distinta, trabajar para hacerse rico, o para pegarse una vida de lujo.

Quien ame escribir, y lo haga con pasión, dejándose el alma en cada frase, seguramente debería sentirse ya bien pagado si le ofrecen lo bastante para sobrevivir. Porque dedicar la vida profesional a esto, como dicen en el anuncio, no tiene precio. Y porque por menos, mucho menos, hay montones de personas haciendo trabajos mucho más ingratos. Y porque, como diría Schopenhauer, la pasta, o el afán de llenarse los bolsillos, es la condena a muerte del arte. Y la cita, la dejo aquí, extraída de su obra Parerga y Paralipomena.

Los honorarios y la prohibición de la reproducción de obras impresas son en el fondo lo que echa a perder la literatura. Sólo quien escribe única y exclusivamente por amor al arte escribe cosas dignas de ser escritas. ¡Qué inestimables beneficios reportaría que en todos los campos de cada literatura sólo hubiese pocos libros, pero que los que hubiese fuesen excelentes! Ahora bien, eso nunca se conseguirá mientras se puedan ganar honorarios. Pues es como si sobre el dinero pesase una maldición: Todo escritor se estropea tan pronto escribe con ánimo de lucro.

Por supuesto que esto no quiere decir que esté en absoluto en desacuerdo con la necesidad de luchar por unas condiciones dignas en el trabajo: que se reconozca el auténtico valor del guión en las obras audiovisuales – y no estoy hablando sólo de valor monetario, o sólo de películas y series -; que el guionista tenga algún derecho sobre su obra – y no estoy hablando sólo de los beneficios que generen los derechos de autor -; que se trate a los guionistas con respeto y a sus guiones, con criterio; que se exija profesionalidad, tanto en los guionistas como en sus superiores; que se reclamen contratos justos para que los empleados no puedan caer en limbos legales enlazando contratos temporales y pudiendo quedar en situaciones de desamparo cuando, repentinamente, se cancela la serie o programa en que trabajan – y esto casi se podría hacer extensible a cualquier trabajo.

Reclamar dignidad en el ámbito laboral no sólo es lícito, sino necesario para que todo funcione mejor. No sé si la convocatoria de Alma es adecuada para ello, aunque reconozco que me parece cuanto menos emocionante – porque todos los principios lo son – que alguien se haya planteado siquiera iniciar acciones al respecto. Pero las disputas entre los propios compañeros, que se pueden leer en algunos comentarios, son sin duda un punto en contra de aquellos guionistas que aún conservan algo de esperanza en un futuro mejor.





Literatura y Periodismo: los suplementos literarios

28 11 2007

La última mesa redonda programada en el Congreso de la Fundación Caballero Bonald lanzó al aire los últimos ecos de una cantinela que se vino prolongando durante aquellos tres días: la del estado de esas aguas revueltas, pero poco profundas, que están en tierra de nadie, entre la industria editorial, los libros, los escritores, los periodistas y la prensa escrita.

Los participantes en aquella mesa, Fernando Rodríguez Lafuente y Guillermo Busutil, nos habían ofrecido ya sus puntos de vista en las jornadas previas. Y aquella mesa no hizo más que repetir, y reafirmar, las mismas ideas sobre el estado de la industria editorial y las publicaciones – periódicas o no, especializadas o no – dedicadas a la crítica literaria.

Se habló del poder de la industria editorial española, a nivel económico y cultural, siendo la tercera en la Unión Europea, en parte gracias a la distribución en América Latina.

Se habló de la manera de ejercer ese poder por parte de editoriales y escritores, a través de las consabidas presiones a los críticos. En este sentido, Busutil, como ya hiciera Ignacio Garmendia, puntualizó que él no había recibido este tipo de presiones.

Y enlazando con esto, se habló de la libertad de expresión, cada vez más puesta en duda en los medios tradicionales, que sirven a éste o aquel poder; que no sufren una censura al uso, pero tienden a autocensurarse; que ofrecen una imagen excluyente del mundo, donde no caben todas las verdades, opciones u opiniones.

Se habló, de nuevo, de las fronteras entre los diversos tipos de publicaciones dedicadas a la crítica literaria: suplementos, revistas, reseñas en prensa diaria… Y se aludió a los conceptos que tradicionalmente se les asocian: reflexión vs. inmediatez; público especializado vs. público general. Y se echaron abajo las convenciones, dado que tanto Lafuente como Busutil estuvieron de acuerdo en señalar que esas fronteras están cada vez más difuminadas, aunque se mantienen los rasgos básicos de cada formato. Se habló de la variada oferta que constituyen, y su carácter complementario.

Se habló de la necesidad del apoyo institucional y empresarial para sacar adelante las revistas culturales: desde el propio Ministerio de Cultura, hasta importantes grupos mediáticos.

Se habló de algo a lo que no se había hecho referencia en todo el Congreso: la base de suscriptores que adquieren estas revistas, normalmente localizados en Madrid y Barcelona, con un grupo muy importante constituido por profesores de enseñanza media. Y se habló de cómo la presencia de estas revistas en Internet, a través de ediciones digitales, ha ido modificando el “target”.

Y por último, Busutil y Lafuente se preguntaron de qué sirve todo esto. ¿Es que los suplementos y las revistas culturales tienen una verdadera influencia en la sociedad, en el público en general, en la educación del gusto? La respuesta es un “no” rotundo. Se realiza una labor de orientación e información muy valorada por pequeños sectores del público, formado generalmente por los propios escritores, editores, críticos y demás trabajadores del mundo de la cultura; una labor que, sin embargo, pasa casi inadvertida al público general.

Aunque se busque un equilibrio entre su carácter elitista y su vocación universal, aunque se escriba de manera que “pueda entender la crítica un tipo tonto de Lugo”, como bromeó Busutil, lo cierto es que lo que sigue funcionando, animando a la gente a comprar un libro, no son las críticas de los profesionales, sino de los “prescriptores culturales”, esto es: el colega, el amigo, el compañero o el familiar aficionado a leer y que, siempre que nos aconseja algo, acierta, dando en la diana de nuestras preferencias.





Literatura y periodismo: Periodismo literario en los blogs

23 11 2007

Para los apasionados del bloguerismo, como yo, el aula de debate programada a primera hora de la tarde del viernes, 19 de octubre, dentro del Congreso de la Fundación Caballero Bonald, era una perita en dulce. Prometía, y mucho, entre otras cosas por la presencia de personalidades tan señaladas del mundo de la comunicación como Basilio Baltasar, director de relaciones institucionales del Grupo Prisa y editor del contenedor de blogs El Boomeran(g).

¿Qué tenían que decir los todopoderosos grupos mediáticos de la actividad bloguera? Debí haberlo sospechado, por pura deducción lógica: a los medios tradicionales el auge del intercambio de información a través de Internet debe parecerles una amenaza. Mayor o menor, más o menos peligrosa, pero un enemigo a batir, sin duda.

Los otros dos participantes, José Manuel Benítez Ariza y Rafael Marín, escritores ambos, tenían su propio blog. Y eso se notaba…

Empezó tomando la palabra Basilio Baltasar: los términos que empleó destilan una virulencia que habla por sí sola. Comenzó describiendo los miedos propios de quien se ha visto superado por los acontecimientos: “hace apenas diez años la blogosfera no existía y estamos siendo arrastrados por este acontecimiento”.

Continuó oponiendo la “galaxia Guttemberg”, a la que pertenece, a la “galaxia Google” que “condena a la extinción al editor y al intermediario o distribuidor de los textos impresos”. Este lamento se repitió a lo largo de su conferencia con diversos matices, aludiendo, por ejemplo, a la desaparición de la figura sancionadora del editor, de manera que, en los espacios culturales desarrollados en la web “ya no hay centros de autoridad; hay miembros autónomos que producen doctrinas culturales exentas de autoridad”.

Esta es una idea que me viene rondando en la mente desde que estudiaba Historia del Arte. Desde el primer curso, la pregunta a responder no era “qué es el arte”, sino “cómo y quién decide qué es arte y qué no”. Yo nunca lo he tenido claro pero, conforme revisaba la historia de las ideas estéticas, me di cuenta de que el grupito de críticos surgidos a partir del siglo XVIII lo tenía clarísimo: “arte es lo que nosotros digamos que es arte, lo que nuestro grupo de autoridad decida”; y por qué, “porque si el común de los mortales tiene un gusto subjetivo, nosotros tenemos criterio, algo que es objetivo y que sólo se aprende con tiempo y esfuerzo”.

Sigue sin convencerme. ¿Quién es ese grupo de personas, tan comunes y corrientes como las demás, para arrogarse la autoridad de decidir sobre el bien y el mal, la verdad o la falacia, la belleza o ausencia de belleza? Las vanguardias les corrigieron, claro. ¡Dadá!

Pero al fin y al cabo, lo que hace Basilio Baltasar es defender a una élite, aquella de la que él forma parte. Si yo estuviera en su lugar, probablemente haría lo mismo. ¿Se puede acabar con todas las élites? ¿O vamos de camino hacia una élite cada vez más amplia, capaz de autodestruirse porque al asumir a toda la sociedad ya no será tal?

En mi opinión, los navegantes tienen recursos de sobra para hacer un uso apropiado de lo que encuentran en Internet. Es decir, nosotros también tenemos criterio y no nos hace falta que un editor nos diga si algo está bien o mal redactado, o si la noticia que leemos es veraz o no, o simplemente, si es noticia o no. Basta ya de que al público general, a los lectores, a los usuarios de la red, a los telespectadores, se nos trate como a basura ignorante, como a simios. ¿Por qué tanto desprecio? Hemos dejado de leer la prensa con los ojos llenos de fe de antaño, y la misma actitud es la que tomamos ante la información extraída de Google.

Por eso, a mi entender, no tienen justificación los temores expresados en alto por Basilio Baltasar: “la incorporación de las masas a la blogosfera se produce a través de un proceso de reconocimiento, donde se encuentran interlocutores afines que comparten gustos, criterios, ansias o deseos. (…) Los miembros de estas comunidades son factores determinantes para crear epidemias de opinión, impulsando y protagonizando corrientes y adquiriendo una legitimidad, una capacidad para imponerse como autoridad cultural independiente sin sanciones ni censuras”.

Por si esto fuera poco, alertó sobre otros peligros de la blogosfera: “se pueden producir obsesiones sociales; cualquier estímulo social o cultural puede provocar un tumulto reactivo; lo que antes era privado hoy es un acontecimiento en la red”. Vemos multiplicadas hasta el infinito las miserias de miles de usuarios, y quizá lo que nos incomoda no son estas miserias en sí mismas, sino el hecho de que se hagan visibles, públicas. Como los padres que empiezan hoy a preocuparse por el acoso escolar, porque ahora se graba con el móvil y se cuelga en youtube, cuando lo cierto es que la violencia en las aulas ha existido siempre. Es la idea del botellódromo: en realidad no me importa que a los chicos les de un coma etílico, lo que quiero es que me dejen dormir en mi piso del centro. Las cosas son como son, pero los medios no están para mostrarlas, sino para maquillarlas y venderlas bonitas. ¿O no?

Y para definir a los responsables de este nuevo panorama mediático, Baltasar sentenció: “los agentes de este gran desorden saben lo que hacen, protagonizan un acontecimiento único en la Historia”.

Por otra parte, aludió a los tópicos de la información no contrastada que circula por la red – y que sin embargo se puede desenmascarar pronto usando un poco el coco – y de la impunidad – que no es tal, dado que los delitos a través de Internet se persiguen a diario.

Sólo después de todo este alegato, Baltasar se refirió a los blogs literarios, que defendió porque en ellos “el lector no es crédulo, sino cómplice del relato construido por el autor”.

En una intervención mucho más breve, directa y concisa, José Manuel Benítez Ariza, se refirió a los blogs como “un juguete que hay que saber manejar, cuyo uso depende del usuario”, devolviendo al público, al lector y al autor de contenidos por la red algo de la dignidad perdida. El escritor puntualizó que si bien “no es una amenaza apocalíptica, tampoco es la panacea para todos los que quieren expresarse libremente”.

Por otra parte, detalló algunas de sus ventajas: desde su uso como mero contenedor de los documentos que uno genere, o como “portfolio” para tener un archivo de artículos; hasta su capacidad para “permitir una modalidad muy estimulante de producción literaria”. Sin embargo, la blogosfera también tiene sus inconvenientes para el autor, dado que se producen “algunos comentarios con cierta inquina”, frente a los que aseguró emplear la moderación de comentarios.

En cuanto a Rafael Marín, también bloguero, ofreció un punto de vista algo pesimista en referencia al futuro de los blogs, pero no dudó en mostrar su satisfacción ante este medio que definió como “una moda, pero también un vicio”. Este carácter adictivo también tiene sus ventajas, dado que “obliga a escribir, es un ejercicio de estilo”.

Marín coincidió, aunque en un tono más moderado, con Basilio Baltasar, al alertar sobre los riesgos de carecer de editores-correctores-sancionadores, de manera que los autores de blogs “prescinden de la perspectiva de la calidad de lo que están publicando”. Asimismo calificó como un “riesgo” el anonimato que propicia la red, atrayendo a los blogs a muchos “amigos y enemigos con antifaz”.

Además, insistió en que los blogs son “una moda, que seguramente pasará dentro de unos años; y que ya está empezando a saturarse”, algo que vinculó al hecho de que muchos bloggers recurren cada vez más al empleo de la imagen, a youtube, mientras que hasta la actualidad, el blog había sido un espacio para la palabra.

Terminadas las intervenciones, el tiempo dedicado al debate entre los diversos miembros de la mesa y a las preguntas del público no hizo sino aclarar todavía más la escasa vinculación que Basilio Baltasar tiene con la blogosfera, mostrando su perplejidad ante términos como “trolls” o “moderación de comentarios”, sobre los que demostró un total desconocimiento.





Periodismo y Literatura: Tiempo de guerras perdidas

21 11 2007

La última intervención de la mañana del viernes, 19 de octubre, dentro del Congreso de la Fundación Caballero Bonald, estuvo a cargo de dos compañeras de profesión, que han compartido las páginas de La Voz de Cádiz y se han dado calor frotándose las yemas de los dedos contra las palmas de las manos en las trincheras de esta batalla perdida de antemano que es la introducción de los contenidos culturales en la prensa diaria.

Ya lo anunciaba el programa: “Lalia González-Santiago y Ana Rodríguez Tenorio dialogan sobre…” Y eso fue lo que nos ofrecieron, una animada charla entre viejas amigas que fluía con naturalidad, con un acuerdo casi absoluto entre ambas y con las ideas tan claras sobre los avatares de su oficio que cada una podía terminar las frases de la otra, matizando, puntualizando y ampliando la información.

La directora de La Voz de Cádiz detalló su andadura en el ejercicio periodístico a través de la información cultural, una información sobre la que reconoce que aún hay mucho que pelear: “se lucha por un titular de portada y el reto diario es crear un titular que atrape al lector general, tanto como al lector habitual de la sección cultural”.

En este sentido, señalaron la incidencia social de la información cultural como el objetivo primordial que debe afrontar el periodista: “hay que ampliar el horizonte de intereses de los lectores, abrirles puertas a nuevos conocimientos”. Sin embargo, la realidad es que hoy por hoy los lectores son “acomodaticios, poco reivindicadores”, lo que dificulta la tarea del periodista cultural para encontrar el tono adecuado a esta información.

En opinión de Lalia González-Santiago, es necesario asumir que la información cultural es “de interés minoritario” y que “requiere un mayor nivel de exigencia”, por parte de lectores y periodistas, para de este modo hacer frente a la tendencia actual, que busca “aligerar los contenidos”. Su voz se traducía en una reivindicación de la excelencia de la cultura: “hoy se busca una información cultural de corrillo, pero no hay que perder de vista los parámetros de calidad”.

La sección cultural es además terreno abonado para la creación. Por un lado, porque “las noticias fomentan la difusión de hechos culturales”, lo que propicia a su vez un aumento del protagonismo de estos eventos en la sociedad. Y por otro, porque los periódicos son “el principal escenario de la literatura”, donde diariamente tienen contacto escritores y periodistas.

Para concluir, las periodistas no quisieron dejar de alertar sobre los peligros que vive hoy la prensa escrita, riesgos que se suman a los propios del periodismo cultural: la dictadura de la publicidad como medio de supervivencia y la batalla por la audiencia.





Literatura y Periodismo: La realidad como ficción

19 11 2007

Cualquier distinción que se precie entre literatura y periodismo incluye los conceptos “realidad” y “ficción”. Pero los límites y relaciones entre ambos géneros y ambos términos son más difusos de lo que a primera vista pudiera parecer. Para confundirnos más si cabe y demostrarnos que ficción y periodismo no están reñidos, o que es muy fácil encontrar las huellas de la realidad en la literatura, el escritor y periodista Guillermo Busutil nos ofreció una amena conferencia el viernes 19 de octubre, dentro del Congreso organizado por la Fundación Caballero Bonald.

Busutil comenzó remontándose en el tiempo, con un ejemplo de la Historia Antigua para ilustrar la tradicional vinculación entre literatura y periodismo: las crónicas de Herodoto sobre la batalla de los 300, a las que calificó como “los inicios del reportaje”. Pero en lugar de recrearse en citas históricas, el periodista decidió entrar directamente en materia preguntándose dónde estaba la frontera entre uno y otro género. “La clave” dijo “está en la voluntad del estilo, en la toma de tierra, en la fidelidad a los hechos intrahistóricos de cada día. El periodismo es la literatura de la actualidad”. Una afirmación que se podía poner en relación con las palabras de Manuel Rivas el día anterior.

Sin embargo, la distinción no podía ser tan simplista, y Busutil matizó: “ficción y realidad se van contaminando”. Para explicar estos intercambios, se ayudó de la figura de literatos como Balzac, Stendhal, Vargas Llosa, Dos Passos o Capote, de quienes dijo que “se documentan en la realidad para construir obras de ficción, aplicando técnicas del periodismo para crear un relato novelado”. Claras muestras literarias donde la carga, no sólo de realidad, sino de realismo, plasmados crudamente con la intención de remover conciencias, supera en ocasiones el servilismo de muchos redactores a cuenta, a los que no voy a criticar porque me he contado entre ellos.

Es cierto que muchos escritores, para crear sus obras de ficción, se nutren de la realidad, y es que si no fuera así, si la desconexión entre literatura y realidad fuera total, el acto de escribir y el acto de leer carecerían por completo de sentido. Escritor y lector se explican sus respectivos mundos con estas actividades, aportando la suficiente dosis de fantasía para escapar de la rutina cotidiana, pero manteniendo cierto nivel de verismo para propiciar una identificación con la obra.

Al mismo tiempo, como nos recordaba Busutil, “en la realidad siempre hay una parte de ficción”. La presentación del ser humano en la sociedad a lo largo de la historia, ha requerido la representación de un personaje, capaz de mantener una coherencia interna. Una mascarada donde los que no cumplen con este código, quedan fuera de lo aceptable. “Un juego de apariencias, de fachadas”, lo definió Busutil.

En este sentido, recordó la capacidad de algunos escritores para recrearse a sí mismos como personajes, a través del uso de diversos seudónimos en función de la historia a narrar, como es el caso de Pessoa; o creándose una identidad que les diera cierto caché, como el propio Max Aub, que inventó su acceso a la Real Academia Española, llegando a publicar su discurso de ingreso. Pero, ¿quién no hace de sí mismo un personaje hoy en día? Parece que cuanto más expuestos estamos, más necesidad tenemos de ocultarnos bajo seudónimos, o mostrar un aspecto diferente del que ofrecemos a diario. Actitudes que más que nunca es fácil descubrir en Internet.

Busutil citó además las ocasiones en que la ficción propuesta por escritores, a los que calificó como “visionarios”, puede llegar a hacerse realidad, como ocurrió con las fantasías de Julio Verne, George Orwell o Aldous Huxley.

Con respecto al momento actual, Busutil se mostró pesimista: “la realidad ha sido expulsada de la realidad”, afirmó en referencia no sólo al ejercicio del periodismo sino a los medios de comunicación en general. Y es que algunos programas de televisión, creados con la pretensión de mostrar la realidad sin aditivos, realizan a través de sus guiones una completa reconstrucción de esa fachada, esa superficie que queremos entender como verdad. Algo parecido ocurre con Internet, donde no es aquel exceso de control, sino lo contrario, la libertad de información, la que “propicia que circulen muchas informaciones sin contrastar”.

En el ejercicio periodístico, Busutil detalló diversos ejemplos de realidad “maquillada” con un objetivo concreto, casi siempre orientado a beneficiar a alguno de los protagonistas de la noticia: desde las corresponsalías de guerra a cargo de uno u otro ejército, hasta la recreación del político como personaje de ficción a través del trabajo de los gabinetes de comunicación.

Así que la recuperación de la “fidelidad a los hechos”, que para Busutil distingue al periodismo, queda en manos de la honestidad del periodista que “tiene que encontrar el equilibrio entre subjetividad y objetividad”; concluyó.





Literatura y Periodismo: la crítica como género híbrido

16 11 2007

El tercer y último día del Congreso de la Fundación Caballero Bonald, el viernes 19 de octubre, se desperezó en Jerez nublado; y en la sala de conferencias de los Museos de la Atalaya, mentando un tema recurrente: la crítica literaria. El encargado de hablarnos de ella, no ya en cuanto a su función social o su protagonismo en la prensa, sino en lo referente a sus características específicas como género, fue Fernando Rodríguez Lafuente, el director del ABCD, el suplemento cultural del ABC.

Para impartir su conferencia, Lafuente se propuso en primer lugar exponer su concepto de literatura, en sí misma y en relación a sus vínculos y diferencias con el periodismo. Así, definió a la literatura como “un modo de conocer la realidad, a través de la imaginación, donde lo soñado o imaginado por alguien entra a formar parte de la memoria del otro”. Si las palabras son “herramientas, instrumentos de construcción del lenguaje”, para Lafuente el lenguaje literario es aquel cuyas palabras tienen “categoría estética”.

Pero lo que separa a literatura y periodismo, en su opinión, es la dimensión temporal, ya que “la literatura se lee dos veces, y requiere tiempo y silencio”, un auténtico lujo en un mundo dominado por la prisa y lo efímero. Por otra parte, en alusión al periodismo, Lafuente bromeó al decir que “mucha gente confunde con noticias todo aquello que lee en los periódicos”, dejando clara su postura sobre el género periodístico, cuya característica definitoria no estaría vinculada a su capacidad para plasmar la realidad.

A continuación, el periodista, filólogo y escritor se refirió a la figura del crítico literario como el encargado de “custodiar el nivel de exigencia” de la literatura, un “especialista en el trato con los bienes simbólicos”. Asimismo, desacralizó a la crítica, al asumir su carácter efímero y su vinculación con el gusto subjetivo de su autor, gusto que puede ser “mudable y ligero”. La crítica sería, por tanto, una opinión de un “lector privilegiado”, el crítico, que en el ejercicio de su trabajo, consistente en “narrar su experiencia como lector”, debe tratar de “excluir la arbitrariedad”.

Por todo ello, matizó que, si bien la crítica busca una complicidad con el lector, en ningún caso “prohíbe ni limita, sino que proporciona un punto de partida” para enfrentarse a la obra literaria.

Por otra parte, Lafuente trazó un mapa del panorama editorial en España y su influencia en el ejercicio de la crítica. En este sentido, señaló que se producen unas 70.000 publicaciones anuales, de las cuales, en el caso concreto del ABCD, sólo se pueden reseñar 32 a la semana; es decir, no llega a las 2.000 obras a lo largo del año.

Este elevado número de publicaciones se debe, según Lafuente, a la mercantilización de la literatura, que puede tener una doble interpretación, positiva y negativa. Así, aunque en la actualidad existe lo que el periodista definió como “una apoteosis de la mediocridad”, no es menos cierto que las obras interesantes también pueden verse beneficiadas por una mayor difusión.

Asimismo, el poder cada vez mayor de las editoriales en este dinámico sector mercantil tiene otras formas de incidencia en la crítica, condicionando el trabajo de los críticos, que pueden verse forzados por presiones de sus superiores, o decidir íntimamente sacar provecho de su posición para enaltecer la obra de un amigo o denigrar la de un enemigo.

Teniendo en cuenta este contexto, Lafuente reconoció que en la actividad crítica se produce “una movilización de la industria, un flujo económico”, que no se debe perder de vista. En esta situación, ya no se puede establecer la tradicional diferencia entre crítica académica y periodística, que señaló Antonio Jiménez Millán en el aula de debate celebrada dos días atrás. La crítica aúna hoy, para Lafuente, “el saber especializado de la Universidad y la prisa del periodismo”, llegando a ser un género que “respira actualidad”. Sin embargo, a modo de conclusión Lafuente puntualizó que sólo el tiempo, la Historia, tiene un papel fundamental en la valoración de una obra de arte.    





Literatura y Periodismo: Periodismo en el 98 y el Modernismo

14 11 2007

La conferencia de la tarde del jueves 18 de octubre, dentro del Congreso “Literatura y Periodismo” organizado por la Fundación Caballero Bonald, estuvo a cargo de Francisco Gutiérrez Carbajo, catedrático de Filología de la UNED.

Carbajo asumió el tono que se esperaba de él, evocando en todos mis sentidos, en el eco de sus palabras y el tacto de los folios en mis manos, el recuerdo de mis no tan lejanos años de universidad. La sala de conferencias se llenó de alumnos tomando apuntes en sus pupitres, para escuchar las palabras del profesor sobre lo que él llamó “una etapa de la literatura donde el periodismo adquirió gran protagonismo”.

En primer lugar, era necesario definir los conceptos y la terminología historiográfica con la que frecuentemente nos referimos a esta etapa. Así, apuntó que los escritores de la llamada generación del 98 “no escribieron tanto sobre el 98”, citando los escasos ejemplos al respecto: una sugerencia en El Árbol de la Ciencia, de Baroja; una cita de un artículo de Unamuno, donde dice que “apenas recordamos qué fue aquello de Santiago de Cuba”; la serie de artículos de Ramiro de Maeztu; tres cantos de Joan Maragall en publicaciones periódicas; los textos del corresponsal y teniente Manuel Ciges Aparicio, padre del actor Luis Ciges; y algunos artículos de Alejandro Sawa.

Una vez aclarado que el 98 no fue el tema predominante, sino uno más entre muchos, Carbajo aludió al concepto de “generación” que, según explicó, “se fraguó en la prensa”, siendo Ortega y Gasset el que mayor defensa hizo de su aplicación a este grupo.

Además, se mostró contrario a las tradicionales definiciones académicas que señalaban al modernismo y al 98 como corrientes opuestas, afirmando que “en realidad se trataba de posturas convergentes”. En este sentido, se refirió al modernismo como un término “mucho más abarcador, con una actitud estética”, mientras que el 98 analizaba la realidad desde “una actitud ética”. Por todo ello, propuso una terminología más acorde con las coincidencias de ambos grupos, calificándolos conjuntamente como “generación de fin de siglo”.

Los escritores de esta generación se destacaron, entre otras cosas, por una presencia constante en los periódicos, muchos de los cuales habían sido fundados recientemente, como El Imparcial (1867), El Liberal (1897) o El País (1888). Entre ellos se cuentan personajes tan relevantes para la literatura hispana como Unamuno, Ramiro de Maeztu o Valle-Inclán.

De hecho, algunas de las obras más significativas de estos autores fueron publicadas en primer lugar en prensa, valiéndose en ocasiones del recurso de las tradicionales novelas por entregas, género que Valle-Inclán “cultivó y también parodió”. Así, compaginándolo con la redacción de artículos o la colaboración en periódicos como El Mundo, El Liberal o El País, Valle-Inclán se sirvió de publicaciones como La Pluma, El Imparcial o la revista El Estudiante, para dar a conocer obras como Las Comedias Bárbaras o Tirano Banderas. 

El catedrático se refirió también a otros autores de esta “generación de fin de siglo”, cuyas obras habían aparecido antes en los periódicos que en las estanterías de las librerías: En torno al casticismo, de Unamuno; Camino de Perfección, de Baroja; o Confesiones de un pequeño filósofo, de Azorín. Obras que no desmerecen al género literario, ni al periodístico, y que, quizá sin pretenderlo, sirven de eslabón entre dos formas de entender la escritura y dos formas de mirar al mundo: dos géneros y dos siglos.





Periodismo Digital y Literatura

8 11 2007

El aula de debate prevista para la tarde del jueves 18 de octubre dentro del Congreso de la Fundación Caballero Bonald prometía emociones intensas por la frescura del asunto a tratar, víctima y verdugo de la mayoría de las novedades que hoy por hoy se producen en el mundo de la comunicación. Sin embargo, las palabras de Nacho Fernández, Elena Barroso y Asun Bernárdez en torno a las conexiones y constantes filtraciones entre periodismo digital y literatura, enfriaron a la audiencia y sólo consiguieron arrancarme estupor y bostezos, a partes iguales y dependiendo del sujeto que diera la charla en cada momento.

El protagonista de la primera conferencia, Nacho Fernández, ya me puso en guardia desde que leí su currículum. Que el director, editor y creador de una revista literaria digital, se presente destacando en primer lugar que entre 2005 y 2006 realizó un master en Periodismo y Comunicación Digital es, cuanto menos, sospechoso. Me animé al ver que sobre la pared del fondo de la sala de conferencias se proyectaba la pantalla de un ordenador apagado. “Power point al canto”, me dije, “a ver qué tal”.

El resultado no podía ser más cutre. No sé que le habrán enseñado a este señor en aquel master de periodismo recién terminado, pero lo que hizo con el ordenador durante la siguiente media hora fue cualquier cosa menos útil o eficaz: parecía responder a la pretensión de demostrar cuánto sabía de informática, objetivo que no consiguió. Todo lo que iba contando el editor, todas y cada una de las palabras que iba leyendo, estaban plasmadas en la pared del fondo de la sala de conferencias, en enormes párrafos interminables, imposibles de leer: era como ir pasando páginas de un borrador en word.

Si a esto le sumamos las palabras atropelladas que profería, interrumpidas en pausas sin sentido a mitad de cada frase para volver a coger aliento y carrerilla, se puede entender el bochorno. Pero lo que dejó en un ridículo espantoso a Nacho Fernández fue el contenido de su conferencia. Es incomprensible que un profesional de los medios digitales diga cosas como: “hace un año, cuando empezó esto de los blogs, se notó cómo se reducía el número de visitantes a nuestra web”. ¿Hace un año? ¿Pero dónde ha estado metido este señor?

Además, se preguntaba si “los medios están cambiando”, pregunta que quiero creer sería retórica; y se atrevía a profetizar sobre el futuro de los blogs: “los blogs van a ir quedando desplazados por medios sociales, redes sociales como myspace o Hi5 y por medios de contenidos audiovisuales, como youtube”.

Huelga decir que estoy radicalmente en contra de esta opinión, que en la galaxia internáutica conviven los blogs y los “medios sociales”, como vecinos de distintos países, con distintos idiomas y distintas culturas. Sí, tienen en común que ambos son seres humanos, pero divergen por completo en sus maneras de ver el mundo y de comunicarse. Creo que pueden convivir sin estorbarse. Creo que si hay alguna moda que pasará pronto es la de las “redes sociales”, copada por el niñateo que tiene poco que hacer y escapa al aburrimiento colgando sus fotos en bikini o mostrando sus tatuajes para que las vea el resto del mundo. Y sobre todo, creo que debemos esperar una evolución constante en la blogosfera, de manera que, de aquí a pocos años, sólo habrán resistido “los valientes”. Millones de personas de vidas ajetreadas abandonarán sus blogs, su pequeño entretenimiento, pero quienes quieren y saben escribir, seguirán haciéndolo sin descanso a través de este medio.

Asun Bernárdez, escritora, filóloga, doctora en Ciencias de la Información y profesora de la Complutense, pronunció la conferencia más salvable de la tarde, sin las grandilocuencias visuales de su predecesor.

Con un discurso claro y directo, Bernárdez se refirió a la crisis económica y de credibilidad que afecta en la actualidad a la literatura y el periodismo, a causa de la reestructuración de las empresas de comunicación. En este sentido, apuntó las ventajas de la información que se puede obtener en la red, que calificó como “más libre”, en todos los sentidos, sin las ataduras ideológicas de los grupos multimedia y disponible para cualquiera que tenga una conexión a internet.

La profesora definió a la literatura usando el convencionalismo tradicional como “aquello que una sociedad se pone de acuerdo en llamar literatura”. Puntualizó, además, que el soporte utilizado para la literatura en cada época ha ido condicionando las formas literarias, y detalló su evolución a través de este paralelismo desde la literatura oral, que debía apoyarse en una métrica y una rima que facilitaran su memorización; hasta la consolidación de la imprenta, que generó una enorme preocupación en los grupos de poder, dando lugar a acciones de censura.

Bernárdez comparó aquella situación del Renacimiento con la que vivimos en la actualidad, asegurando que “existe una penalización desde los medios cultos de lo que está ocurriendo en la red”. En la actualidad, internet permite reducir el, hasta ahora, necesario papel mediador de las editoriales; pero por lo demás, todas las innovaciones que pensamos debidas a la era digital, en realidad tienen antecedentes.

Ahondando en esta cuestión, aludió a experimentos de creación colectiva o de generación de literatura por ordenador, que se vienen realizando desde los años ochenta. Remontándonos en el tiempo, podría equipararse en cierto modo a las creaciones del dadaísmo, o la escritura automática del surrealismo. Toda esta tradición continúa en la actualidad de la mano del grupo de escritores italianos Wu Ming, que trabajan de forma colectiva, rechazando la identificación entre obra y autor, al que definen como “un artesano de la narración, que no pertenece a la élite sino a la comunidad”.

A continuación, Bernárdez destacó las diferentes actitudes del lector ante una obra literaria escrita en un soporte tradicional o en internet. Así, la ruptura de la linealidad de los textos digitales obliga a ejercitar un modo de lectura fragmentada, donde no cabe la abstracción que requieren los libros y donde el entorno del texto se convierte también en parte importante de la creación. Además, frente a la posibilidad de obtener numerosos recursos fácilmente, lo que Bernárdez llamó la “biblioteca total”, opuso el peligro de saturación de la información que puede llegar a sufrir el lector.

Por último, aludió a la confusión deliberada que se ha producido en los últimos años entre los derechos de autor y el copyright de las editoriales, al que hacen frente los propios escritores a través del movimiento “copyleft”, que pretende “democratizar la creatividad”.

Respecto a la conferencia de Elena Barroso, que cerraba el aula de debate, no puedo prometer una trascripción fiel, dado que su empleo constante de tecnicismos, su tono erudito y su capacidad expresiva, que sobrepasaba con creces la mía para comprender y seguir sus palabras, me impidieron entender la mitad de lo que seguramente quiso decir. Vamos, que no estuve a la altura, me perdí en varias ocasiones y hubo, incluso, bostezos varios: como si me hablaran en chino.

Quitando esos problemas, lo que saqué en claro es que su postura era similar a la de Asun Bernárdez: señaló la tendencia de la literatura a adaptarse a los progresos tecnológicos de cada momento, poniendo como ejemplo de nuevo a la imprenta; y aludió también a la metodología secuencial de la literatura en los medios digitales.

Sin embargo, Elena Barroso fue más allá de la descripción de Bernárdez y apuntó las implicaciones sociales de estas nuevas formas literarias. Así, definió a la literatura como un “reflejo de los cambios socioculturales” y destacó la aceptación social de la literatura en internet como un medio “donde intervienen dos circuitos que se retroalimentan: escritores y lectores, por un lado; y la comunicación que se produce dentro del propio texto por otro”.

Además, la catedrática de la Universidad de Sevilla desgranó las características del relato hecho a través de internet, con “una estructura no secuencial, que plantea bifurcaciones y bloques conectados por nexos con diferentes itinerarios”. Los calificó como “productos inspirados en juegos de rol, desarrollados mediante una cooperación autoral, ajenos a cualquier voluntad estética y banales, por hablar de asuntos que no interesan”. Y como apunte personal, debo decir que no sé a qué relatos se referirá, porque no he leído ninguno de estas características, quizá porque no me interesan los juegos de rol; si bien, he tenido la suerte de toparme con algunos relatos excelentes, de escritores que cuelgan sus trabajos en sus blogs o páginas personales, y no tienen nada que ver con esta historia.

Por lo demás, no todo iba a ser negativo en el mundo de la literatura digital, si es que puedo llamarla así, de modo que Elena Barroso le reconoció algunas ventajas: “estimula la inteligencia conectiva y la acción”. Para finalizar, la profesora concluyó resumiendo los puntos de vista que ha generado esta nueva forma de ejercer y disfrutar la literatura: “hay reacciones alentadoras, pero también apocalípticas”, dado que algunos la entienden como “una amenaza por imposibilitar el desarrollo del individuo y por su capacidad para manipular”.





Rectificaciones sobre el Congreso “Literatura y Periodismo”

7 11 2007

En una de las primeras entradas de este blog, publicada el 26 de octubre, dedicada al Congreso de la Fundación Caballero Bonald de este año, aludía al reparto de certificaciones como algo destinado exclusivamente al profesorado. En realidad, era más bien una sospecha que tenía, dado que sólo se controlaba la asistencia de los profesores, mediante cumplimentación de documentos, firmas y encuestas.

 Sin embargo, hoy me he despertado con la agradable sorpresa de ver que me equivocaba, al encontrar mi certificado en el buzón. Y para que conste, rectifico -sobre todo el tono susceptible de aquella entrada- y agradezco el envío.





Visita a los Museos de la Atalaya

6 11 2007

A última hora de la mañana del jueves 18 de octubre, tras las populosas conferencias de Rivas y Vigorra, asistentes y participantes en el Congreso de la Fundación Caballero Bonald fuimos invitados a visitar los Museos de la Atalaya.

En realidad, la visita se limitó al Palacio del Tiempo, pomposo título bajo cuyo nombre se esconde el Museo de Relojes de Jerez, descripción mucho más acertada. Y es que, no sé al resto de visitantes, pero a mí aquella denominación mítica, poética, etérea, me resultaba tan sugerente que me invitó a esperar mucho más del museo: más que una sala de exposiciones tras otra, repleta de cachivaches recuperados de un arco cronológico muy estrecho.

El tiempo y el hombre son todo uno y uno sin el otro no se entienden. Así que, horas antes de pasear por las salas del museo, una vez anunciada la visita, se me fueron los sueños detrás de los segundos que gotean lánguidos e imaginé que encontraría, al menos, una reflexión sobre la relación ancestral entre hombre y tiempo; la obsesión de aquel por mesurarlo, por detenerlo, por hacerlo suyo; la capacidad de este para salir siempre esquivo, implacable, pase lo que pase. Una reflexión que debería remontarse a los orígenes de la humanidad, al descubrimiento del carácter cíclico de la vida, a Ceres y Perséfone, a los primeros instrumentos creados por el ser humano para darle forma al hecho intangible, inexorable. Y terminaría con obras de artistas contemporáneos, que al reflexionar sobre el tiempo, lo hacen sobre la vida, la muerte, la decadencia, el florecer, los cambios, la podredumbre. Arte cinético, arte caduco…

Pero no, me encontré en salas oscuras, matizadas por luces de colores a juego con la decoración de mobiliario y paredes, que terminaban por darles nombre: la sala roja, la sala azul, la sala dorada… ¿Qué importa el color? Nos explicaron que la colección había llegado a Jerez tras una subasta: es decir, se trataba de un conjunto unitario de bienes que una sola persona había ido reuniendo a lo largo de su vida y de la que sus herederos querrían sacar partido. Aquello me alertó: una colección con sentido sólo es aquella que una institución, a lo largo de muchos años de esfuerzo, negociaciones y grandes sumas de dinero, termina por reunir en base a una planificación previa.

Efectivamente, el carácter de la colección del Palacio del Tiempo era bastante limitado: relojes franceses e ingleses, desde finales del XVIII a principios del siglo XX. Y ya está. En cada sala estaba representada una época y un lugar. Los relojes franceses parecían gritar desde sus vitrinas su origen galo, tan odiosamente exuberantes, tan pretenciosamente dorados, tan lánguidamente diseñados con vistas a la resurrección de un arte clásico desprovisto de toda vida, como la ciudad de París entera. Los relojes ingleses, mucho más interesantes, apenas decorados en sus cajas y su aspecto externo, dedicaban los mayores cuidados a la maquinaria. Tic, tac, tic, tac.

Y lo único que me emocionó en aquel museo fue la música infinita de los relojes dando la hora al unísono.

Dejo aparte, por no hacer sangre, la colección de bastones o el absurdo montaje audiovisual donde se mostraba a un relojero, al que, significativamente, nunca se le veía fabricar relojes.