Lo que vimos y lo que somos

29 12 2007

Un reciente estudio sociológico, sin ninguna validez teórica y realizado por mí, que no tengo idea de sociología, revela que la influencia del consumo de televisión en una franja de edad comprendida entre los cero y los diez años tiene consecuencias en el desarrollo de la personalidad a largo plazo.

Para realizar este estudio he tomado como referencia una reducidísima muestra de población, consistente en las personas de mi generación con las que he tenido la suficiente confianza como para preguntarles qué tipo de series de ficción, animación o programas infantiles veían cuando eran niños.

A partir de sus testimonios, que pueden ser considerados como sinceros o no, y el análisis de su comportamiento en la actualidad, he llegado a asombrosas conclusiones que a continuación detallo:

Los niños que lloraron y se desesperaron con el periplo de Marco en busca de su mamá, que tenía la mala fortuna de llegar siempre con retraso al lugar de donde acababa de irse, tienen en la actualidad los recursos necesarios para comprender el drama de la inmigración y las consecuencias del desarraigo familiar.

Quienes se engancharon al culebrón que era Heidi, se han convertido en defensores de la familia y la amistad, sabiendo ver más allá de las dificultades o defectos de cada cual, para descubrir su auténtica valía. En definitiva, se han enterado de que bajo el aspecto de cascarrabias gruñón del abuelo, se escondía un corazón enorme .

Los que sudaban la camiseta día tras día con Fama, hoy reconocen el valor de la dedicación, el esfuerzo y el sacrificio en el desempeño de su trabajo o tareas cotidianas. Sin embargo, se han detectado casos en que los espectadores de entonces consideran hoy como fin en sí mismo el éxito rápido y fácil, aunque no está clara la relación causa-efecto respecto al visionado de la serie.

Los niños que disfrutaron con las peripecias y enseñanzas de David el Gnomo son ahora adultos que luchan por la defensa de la naturaleza, ecologistas convencidos que intentan frenar el cambio climático con gestos que van desde el reciclaje nuestro de cada día, hasta las acciones de protesta de Greenpeace.

El grupo más heterogéneo quizá sea el de los espectadores de Barrio Sésamo, seguramente por la multitud de personajes y secciones, que podía llegar a confundir a quienes disfrutaban del programa cada tarde. Así, encontramos a aquellos que hoy por hoy todavía se preguntan dónde tienen la punta de la nariz, posibles seguidores de Don Pimpón; y otros que han conseguido diferenciar entre izquierda y derecha, arriba y abajo, delante y detrás.

Y por último, los niños que iban a jugar con los Fraguel (o Fraggle Rock), dejando a un lado sus problemas, hoy han aprendido a ver el lado positivo de la vida, en una sociedad donde es cada vez más evidente que el pez grande se come al chico, o el Fraggle se come la construcción curri, lo mismo da. Entre este tipo de espectador se observa además un espíritu viajero, una actitud de curiosidad e interés por conocer otros países y culturas; así como un consumo de cannabis mayor que en otros grupos.

Todo ello viene a demostrar que los mensajes positivos que transmite la televisión calan en el tamiz de los niños, infundiéndoles valores que desarrollarán a lo largo de sus vidas. En muy pocas ocasiones, sin embargo, se ha podido confirmar que de los espectadores de series como Bola de Dragón o Los Caballeros del Zodíaco hayan salido asesinos en serie – más bien, estetas obsesionados por el manga. Aunque, por otro lado, sí se ha identificado una tendencia a repetir el tipo de contenidos que se consumía en la infancia: de este modo, las niñas que veían Candy Candy hoy están enganchadas en mayor o menor medida al formato culebrón o a los libros de la colección Harlequín.

En fin, que la tele no es tan mala y que nos ha ofrecido ratos estupendos. Sólo hay que saber elegir, cambiar de canal o apagar cuando corresponda.





Indignados

27 12 2007

Nochebuena, noche de paz, noche de amor. Estalla una bomba de cinco kilos de cloratita en la localidad vizcaína de Balmaseda, a modo de macabra felicitación navideña, afortunadamente sin daños personales.

Desde entonces, como cada vez que ocurre algo parecido, se han sucedido las reacciones, a base de gestos y palabras, de los de siempre, unos y otros, políticos e instituciones.

Pero esta vez, quienes me han llamado la atención han sido los afectados, familias que han tenido que ser desalojadas de sus viviendas, por el precario estado en que han quedado tras el atentado.

Por razones que no alcanzo a entender, los informativos de las diversas cadenas coinciden en calificar a los vecinos como “indignados”. ¿Indignados? He escuchado declaraciones calmas, casi parsimoniosas, en voz queda, susurrante; de personas cabizbajas, con aire triste, encogido; y con la mirada apuntando sin remedio a ese abismo que se abre entre las puntas de sus zapatos.

No sé si es que los andaluces nos indignamos de otra manera, pero a mí eso me parecía más bien resignación: un cansado encogerse de hombros ante un mal menor, dado que, afortunadamente esta vez, no ha habido víctimas. Y yo no soy experta en lenguaje gestual. ¿Cómo es posible que los editores de informativos no se hayan dado cuenta de lo tibio de estas actitudes? ¿Será que es políticamente incorrecto reconocer que existe esta manera de enfrentarse al terrorismo, de asumir este problema?





Penalizando el mal humor

24 12 2007

Eso es lo que hacen estas fiestas, mayormente. Como si el mundo entero gritara al unísono: “¡Sonríe! ¡Es Navidad!”. Como si la fecha que marca el calendario, como si el recuerdo anecdótico de una celebración histórica, fuera a cambiar algo. Como si, de repente, por ser 24 de Diciembre, y como en una revelación mística, todos los malos del mundo -y los males, que son peores- fueran a desintegrarse, desaparecer, o redimirse, convencidos de que tienen que hacer el bien. Como si no supiéramos que mañana, y pasado mañana, todos nuestros problemas van a seguir ahí. Y quizá por eso, porque ya hemos perdido la inocencia, lo que no podemos perder es el mal humor.

Así que, desde aquí, animo a todos los escépticos, pesimistas o desencantados del mundo a que reivindiquen conmigo la posibilidad de estar de mal humor, en estas fiestas y en días ordinarios, en días naturales y en días hábiles, cada vez que nos apetezca, en definitiva. Desde el respeto a quienes hoy son más felices, porque es Navidad; ¡un poco de comprensión -que no compasión- hacia quienes no lo somos, ni lo queremos ser! ¡Déjennos en paz! O sea, que la paz sea con vosotros.





Suerte, azar y ánimo

22 12 2007

Hoy es preciso hablar de la suerte. Muchos esperan verse agraciados con ella, en una súbita jugada del destino que les hará millonarios. Y es cierto que tendemos a asociar la suerte con este tipo de acontecimientos, aunque debemos recordar que existe una suerte permanente y oculta, que a veces es buena y otras es mala; pero que casi siempre termina cambiándonos la vida.

No me refiero a la providencia, a ese lugar fabuloso donde todo está escrito, dentro de un camino que nos pone trampas para que dirijamos nuestros pasos a la meta establecida de antemano.

Me refiero al azar: una realidad caprichosa, juguetona, que no tiene ningún plan previo y que ataca indiscriminadamente a todos los seres humanos. El azar nos puede cambiar la vida, o puede simplemente condicionarla. El azar de haber nacido en una mitad del mundo u otra. El azar de haber sido criado en una familia u otra. El azar de estar en el lugar y momento adecuados para conocer a la persona, o los hechos, que pueden encender la chispa para transformar todo el propio pensamiento, las ganas de vivir o la manera de hacerlo; o de estar en el lugar y momento inapropiados, tanto como para recibir comunicación directa con la señora Muerte cuando, en teoría, nos quedaba toda una vida por delante.

El azar no sólo es injusto. No sólo tiene la manía de beneficiar sistemáticamente a unos, mientras deja en la miseria y abandono más absoluto a otros. Es que además es engañoso: a veces, una racha de mala suerte nos ahoga en una situación difícilmente soportable, impidiendo que veamos que, en realidad, ese camino abrupto, escarpado y lleno de trampas es el que nos conducirá al lugar al que pretendemos ir. Hay quien no ha llegado a ese lugar, al verse aplastado en el trayecto.

Pero, en sentido contrario, bien es verdad que un hombre afortunado puede caer en desgracia, precisamente, por ser poseedor de esa fortuna. Y esto puede que tenga algo que ver con el azar, pero sin duda está relacionado con la naturaleza humana que disfruta ambicionando los bienes ajenos y envenenando de odio, de ira y de envidia a quienes están en mejor posición.

Injusto y engañoso, todo el mundo lo reclama. Y quienes, sin embargo, consiguen mantener la cordura y convencerse de que el destino lo maneja uno mismo, poniendo la suficiente voluntad y empeño; termina abofeteado una y otra vez por los reveses del azar, y casi nunca para bien. Como un castigo por haber querido renunciar a tan preciado don.

Al final, creyentes y descreídos, supersticiosos en mayor o menor medida, invadidos por miedos ancestrales a asumir el control de sus vidas, todos por igual nos vemos zarandeados por acontecimientos que no podemos controlar, que están fuera de nuestro alcance y que condicionan nuestras existencias. Se le podrá llamar suerte, azar, providencia o destino. Pero al final, lo único que nos queda es la voluntad de hacer frente a estos acontecimientos con el mejor ánimo posible.

Así que, os toque o no la lotería hoy; sigaís vivos mañana o no, hoy sólo puedo decir: “ánimo”.





Legislando

19 12 2007

Debería estar prohibido por ley:

- Esos días nublados, grises, que no dejan ni un resquicio para la más leve caricia del sol, pero tampoco rompen a llover. Esos días que, al fin, sólo aportan tristeza, apatía, hastío, abandono.

- Cotillear.

- Difundir informaciones sobre lo nocivo que puede llegar a ser el helado de chocolate y otras delicias gastronómicas. ¡Qué manía con aguar la fiesta!

- Quedarse en casa sin hacer nada una mañana soleada de domingo.

- Relatar los propios problemas laborales a un desempleado que lucha afanosamente por encontrar trabajo, sin éxito. Es una crueldad.

- Celebrar un día mundial del amor, la paz y la fraternidad. Si dicha celebración llegara a producirse, tendría que hacerse de un modo espontáneo, y nunca es así. Creo que este año cae en 24 o 25 de diciembre, no sé.

- Pasar un día entero sin reir. La sonrisa puede falsearse, pero una carcajada siempre es real.

- Las canciones de Karina.

- Los atascos.

- Las esperas en el médico. A ver, no vamos al médico a echar el rato; ¡vamos porque estamos mal de verdad!

- Pasar un día entero sin aprender algo. Transformemos el refrán “nunca te acostarás sin saber una cosa más” en “hasta que no aprendas una cosa más, no te vas a la cama”.

- “Tener que separarme de tí cada mañana”, me has dicho hoy. Y a riesgo de ponerme ñoña, tengo que darte la razón.





Redes, pescadores y peces

14 12 2007

Esta mañana mi correo se ha despertado con un mensaje poco habitual, procedente de una de esas páginas donde los amigos enlazan a los amigos y les escriben cosas bonitas. Está visto que las llamadas “redes sociales” no sólo sirven para que un puñado de desconocidos vea la foto de uno en paños menores y la puntúe según sus preferencias.

El vínculo que me he encontrado en mi correo me ha llevado a leer las palabras de una amiga heredada del colegio, donde nos conocimos con catorce y quince años -lo nuestro era un colegio privado y no un instituto. Decía de mí: “siempre ha estado ahí cuando se la ha necesitado”. No se puede afirmar con más rotundidad una mentira más grande acerca de mi persona: en realidad, casi nunca he estado ahí cuando ella me ha necesitado, por la sencilla razón de que me cuesta identificar esas situaciones de desamparo emocional.

¿Cómo es posible que una persona como ella, tan fuerte, tan independiente, tan extrovertida y tan inteligente, haya podido necesitar a nadie? ¿Cómo es posible que me haya podido necesitar precisamente a mí, que soy la otra cara de esa misma moneda de personalidad: débil, dependiente, tímida y rematadamente inepta?

Ella nunca me ha pedido ayuda abiertamente, calculo que por orgullo. Así que la mayor parte del tiempo me he limitado a escuchar lo que me tuviera que contar, sonara a problema o a cotilleo banal. En muchas ocasiones, esos problemas se me pintaban a los ojos tan pequeñitos, que se me hacían ridículos; en otras, sencillamente me sonaban absurdos porque parecían haber sido inventados en una tarde de aburrimiento y sopor, por no tener nada mejor que hacer. Y por eso, casi siempre he tratado de minimizar aquellos problemas, con muy poco acierto al seleccionar las palabras, con casi ninguna sensibilidad en los gestos. Y también, en muchos momentos, mi amiga se ha encontrado con un silencio pegajoso, que lo inundaba todo, por mi miedo atroz a decirle claramente lo que pensaba.

Y ahora me llega este comentario, casi una loa a lo que no soy. Y me pregunto: ¿de verdad mi amiga se conforma con tan poco? ¿O es que, sin saberlo siquiera, he sido capaz de apoyarla cuando su estado anímico requería ese empujoncito? ¿Y si todo esto no fuera más que una gran mentira, una simple convención social de esas que genera nuestro mundo hipócrita consistente en “quedar bien con los viejos amigos”? Si fuera así, ¿qué necesidad tenía de escribir nada?

La página en cuestión, que no voy a enlazar porque no me gusta un pelo, me pide que le conteste. Aquella es su forma de comunicación. Y esta página, la mía.





Tomaduras de pelo

11 12 2007

Hoy he ido a la peluquería. La intención era simple: desbrozarme un poco las greñas alrededor de la cara y los ojos para disfrutar de cierta comodidad cuando leo o escribo; dejar de nuevo el cuello al aire y no tener que preocuparme por peinarme en un tiempo. Y todo eso, sin que se note demasiado el cambio.

Se lo hice saber a la peluquera: “El mismo corte que tengo, pero más corto, tres o cuatro dedos”.

“Vale, o sea, lo que quieres es un corte a capas por detrás y un degradado hacia el exterior, manteniendo la inclinación hacia la barbilla y con el flequillo desfilado de derecha a izquierda”.

¿Eh? Imagínese a la típica peluquera que por dominar el vocabulario propio de su oficio ya se cree la dueña del mundo.

“Sí, eso, supongo…” contesté desorientada.

“Pero si eso es lo que quieres, no te lo puedo cortar tanto, porque se te quedaría un corte recto”.

Discutimos durante unos minutos y al final se salió con la suya, a pesar de no tener razón. ¿Cómo podía yo convencerla de que podía cortar más, manteniendo el peinado tal y como habíamos acordado, si no dominaba el vocabulario con el que jugaba a apabullarme?

Mi desconocimiento del mundo peluqueril y mis constantes gestos de disgusto e indecisión debieron terminar por desquiciarla, porque cuando me preguntó si quería que me secara el pelo “dándole volumen a la raíz” y yo le devolví un silencio como respuesta mientras me preguntaba cómo iba a darle volumen a la raíz si ésta se encuentra todavía dentro de mi cabeza, se limitó a contestar con desprecio “o sea, que te lo seco como yo quiera”.

El resultado, como era de esperar, se aleja bastante de lo que yo quería. En estos momentos, mientras tecleo, tengo que parar a cada momento para apartarme las greñas de la cara. Y lo más frustrante es que todo esto podría haberse evitado sólo con un mínimo conocimiento del vocabulario básico del mundo de la peluquería y la estética; es decir, si yo no fuera una cateta integral en lo que a estas cuestiones se refiere. Para eso hace falta voluntad, el deseo de aprender aquello que nos es ajeno, aquello que consideramos incluso despreciable por excesivamente superficial y completamente inútil.

Pero, al final, como en todo, se demuestra que conocer el sentido exacto de las palabras, para ser capaces de utilizarlas con corrección, es una necesidad básica para que a uno no le tomen el pelo.





Corsarios de Levante

4 12 2007

Hace muchos años que empecé a leer a Reverte, en los domingos interminablemente calurosos de la costa levantina de mi última adolescencia. En mis manos había caído un Semanal, que acompañaba el periódico de mi padre, multiplicando así mis opciones de ocio. En concreto, ya eran dos: leer o morir tostada al sol. No había más: la fresca brisa todavía primaveral anulaba las posibilidades de baño, salvo para los valientes que a veces rondan las playas.

Me cautivó en seguida, quizá por oponer a mi hastío playero todo lo que yo no tenía entonces, ni tengo ahora: frescura, contundencia, ideas claras y un léxico riquísimo, aderezado con la justa dosis de mala leche para llamar a las cosas por su nombre. Desde entonces he ido leyendo semanalmente esa página, que nunca me ha decepcionado, excepto en algunas ocasiones en que he notado que hacía de su tono beligerante una marca, un “me enfrento a todo porque es lo que se espera de mi y lo que vende”.

Después me adentré en sus novelas, que tuvieron para mí un éxito irregular, en contra de la opinión del público general, que las ponía por las nubes casi sin tiempo para meditarlo. Si La Piel del Tambor me pareció una parodia vacía; aún estoy esperando a cumplir más años para releer El Pintor de Batallas, una historia que sé que veré con otros ojos en el futuro, tan intensa y sutil al mismo tiempo que merece una relectura pausada.

Leer El Capitán Alatriste fue una experiencia emocionante, significó zambullirme por completo y sin pensarlo en un momento histórico que me apasiona. Como si, mientras paseaba por el borde de una piscina admirando la claridad de sus aguas, alguien me hubiera dado un empujón haciéndome caer dentro. Espléndido retrato de la época y sus personajes; hábil elección del carácter del protagonista – no hay nada mejor que un héroe humano – ; y la justa medida de intriga y acción para amenizar la narración.

Me enganché a la saga, aunque las demás novelas fueron un paseo en montaña rusa: de la indiferencia de Limpieza de Sangre, a la cumbre creativa de El Sol de Breda, para mí, hasta la fecha, la mejor de todas. Pero si en Flandes me castañearon los dientes mientras participaba en la encamisada con que se abre la novela, ahora la brisa del Mediterráneo ni siquiera me ha despeinado el flequillo. No sé si seré yo la que ha cambiado en estos años de lecturas, la que se enfrenta de una manera distinta a los libros, o si, como me temo, en Corsarios de Levante se agudizan los síntomas de desgaste que ya acusaba El Caballero del Jubón Amarillo.

Como siempre, el retrato lingüístico es magistral, aunque en esta ocasión me han parecido algo forzadas las cuñas poéticas, las referencias literarias en alusión a la desgraciada vida de los soldados, desatendidos cuando no se les puede enviar a la guerra; utilizados cuando sí; vendidos por un ideal, el de su propio estilo de vida y su sentido del deber, casi siempre. A cada paso me topaba con una estrofa sobre el asunto, estrofa que me sacaba por completo de la narración.

Mención aparte merecen las transcripciones fonéticas del italiano, divertidas, curiosas, desconcertantes, pero ¿necesarias?

En cuanto al sujeto de la narración, si en otras ocasiones escuchábamos clara la voz de Iñigo susurrándonos al oído, en Corsarios de Levante la voz sonaba metálica y fría como la de un robot. La estructura lineal de la novela se contrapone, a mi entender, a un modo natural de narración en primera persona, donde con frecuencia se dan divagaciones sin sentido aparente, pero cargadas de emoción y, utilizando la terminología cinematográfica, frecuentemente jalonada de “flashbacks” y “flashforwards”.

Aquí asistimos, sin más, a una batallita tras otra, hasta que acaba el libro. Y es descorazonador leer la cruda descripción de un suicidio como el de las bocas de Escanderlu, una masacre narrada al detalle, sin que se nos remueva el estómago, ni temamos por las vidas de los protagonistas.

El drama humano se limita al lugar común de las dificultades en la relación paterno-filial, cuando los hijos están en la adolescencia. Iñigo ha crecido, lo bastante como para ver con otros ojos al capitán: antes era “igual que mirar a Dios”, tópico manido que le suelta el chavalín al moro Gurriato, personaje, por cierto, muy interesante.

Por lo demás, Iñigo ya ha asumido que la vida del soldado consiste en matar o morir, y desde este punto de vista, la historia se recubre de escarcha, el frío necesario para ejercer como soldado sin vender el alma.

Quizá por eso he asistido a los sucesos que narra Corsarios de Levante sin despeinarme, sin sentir la brisa del mar en la cara, sin aspirar el olor a pólvora, a sangre seca y sudor, sin sufrir en la piel las grietas y el picor de la sal. Una batalla tras otra, que no llevan a ningún sitio, salvo, en el futuro, a la muerte cierta.