Un reciente estudio sociológico, sin ninguna validez teórica y realizado por mí, que no tengo idea de sociología, revela que la influencia del consumo de televisión en una franja de edad comprendida entre los cero y los diez años tiene consecuencias en el desarrollo de la personalidad a largo plazo.
Para realizar este estudio he tomado como referencia una reducidísima muestra de población, consistente en las personas de mi generación con las que he tenido la suficiente confianza como para preguntarles qué tipo de series de ficción, animación o programas infantiles veían cuando eran niños.
A partir de sus testimonios, que pueden ser considerados como sinceros o no, y el análisis de su comportamiento en la actualidad, he llegado a asombrosas conclusiones que a continuación detallo:
Los niños que lloraron y se desesperaron con el periplo de Marco en busca de su mamá, que tenía la mala fortuna de llegar siempre con retraso al lugar de donde acababa de irse, tienen en la actualidad los recursos necesarios para comprender el drama de la inmigración y las consecuencias del desarraigo familiar.
Quienes se engancharon al culebrón que era Heidi, se han convertido en defensores de la familia y la amistad, sabiendo ver más allá de las dificultades o defectos de cada cual, para descubrir su auténtica valía. En definitiva, se han enterado de que bajo el aspecto de cascarrabias gruñón del abuelo, se escondía un corazón enorme .
Los que sudaban la camiseta día tras día con Fama, hoy reconocen el valor de la dedicación, el esfuerzo y el sacrificio en el desempeño de su trabajo o tareas cotidianas. Sin embargo, se han detectado casos en que los espectadores de entonces consideran hoy como fin en sí mismo el éxito rápido y fácil, aunque no está clara la relación causa-efecto respecto al visionado de la serie.
Los niños que disfrutaron con las peripecias y enseñanzas de David el Gnomo son ahora adultos que luchan por la defensa de la naturaleza, ecologistas convencidos que intentan frenar el cambio climático con gestos que van desde el reciclaje nuestro de cada día, hasta las acciones de protesta de Greenpeace.
El grupo más heterogéneo quizá sea el de los espectadores de Barrio Sésamo, seguramente por la multitud de personajes y secciones, que podía llegar a confundir a quienes disfrutaban del programa cada tarde. Así, encontramos a aquellos que hoy por hoy todavía se preguntan dónde tienen la punta de la nariz, posibles seguidores de Don Pimpón; y otros que han conseguido diferenciar entre izquierda y derecha, arriba y abajo, delante y detrás.
Y por último, los niños que iban a jugar con los Fraguel (o Fraggle Rock), dejando a un lado sus problemas, hoy han aprendido a ver el lado positivo de la vida, en una sociedad donde es cada vez más evidente que el pez grande se come al chico, o el Fraggle se come la construcción curri, lo mismo da. Entre este tipo de espectador se observa además un espíritu viajero, una actitud de curiosidad e interés por conocer otros países y culturas; así como un consumo de cannabis mayor que en otros grupos.
Todo ello viene a demostrar que los mensajes positivos que transmite la televisión calan en el tamiz de los niños, infundiéndoles valores que desarrollarán a lo largo de sus vidas. En muy pocas ocasiones, sin embargo, se ha podido confirmar que de los espectadores de series como Bola de Dragón o Los Caballeros del Zodíaco hayan salido asesinos en serie – más bien, estetas obsesionados por el manga. Aunque, por otro lado, sí se ha identificado una tendencia a repetir el tipo de contenidos que se consumía en la infancia: de este modo, las niñas que veían Candy Candy hoy están enganchadas en mayor o menor medida al formato culebrón o a los libros de la colección Harlequín.
En fin, que la tele no es tan mala y que nos ha ofrecido ratos estupendos. Sólo hay que saber elegir, cambiar de canal o apagar cuando corresponda.