En principio, nadie dijo que fueran tres. Tampoco que fueran magos. El evangelista Mateo los menciona en su capítulo 2. ¿Traducción o transcripción? El término griego “magoi” no tiene mucho que ver con personajes del estilo de Harry Potter, o cualquier otro tipo de brujo, ser con poder sobrenatural o varita: se utilizaba para designar a los sacerdotes persas, aunque también se aplicaba a astrónomos, matemáticos o sabios. Quizá se refería al estamento religioso. Pero venían de oriente, donde prevalecían otras religiones, mucho más allá de las fronteras físicas y humanas del pueblo judío, el elegido por Dios. ¿Se trataba de un mensaje de la “universalidad” de la nueva alianza que establecería ese niño al que iban a adorar? ¿O de una vinculación con la tradición de las religiones mistéricas orientales?
Poco importa. Los magos, o sabios, venían de Oriente, de donde nace el sol. Y el nacimiento del sol -más bien su ”renacimiento” tras la noche eterna del 24 de diciembre- es lo que celebramos en Navidad. El solsticio de invierno. Los creyentes aprovechan para vincular las connotaciones simbólicas del sol victorioso, el Sol Invictus de los romanos, con la majestad y el poder de su Dios, que comienza su ciclo, como el ciclo de la vida y las estaciones.
Hoy celebramos la conmemoración de una revelación, la Epifanía, ya que según la narración -bíblica o apócrifa- la divinidad de ese niño se mostró abiertamente a los ojos, a los sentidos, al conocimiento de los magos.
Así que hoy, cada cual la celebra su propia revelación y cada cual a su manera. Y todos queremos aprender, queremos que se nos muestre la verdad, sin perder la inocencia. Fingiendo que no sabemos que los reyes “son los padres”, o cualquier persona que nos quiera bien, queremos abrir nuestros regalos, descubrir lo que nos depara este año, este nuevo ciclo, con la esperanza de que se cumplan nuestros deseos.
Por primera vez, te han traído carbón. Lo esperabas, pero sin terminar de creértelo. Porque el carbón es ante todo la confirmación de que este año, como los anteriores y los que vendrán, has cometido errores. Pero también es una oportunidad para aprender de ellos, es una manera de recordarte que tus errores están ahí y que el perdón de los demás, o tu propia indulgencia, no los borran: hay que trabajar para destruirlos.
Y a mi, como de costumbre, no me han traído lo que les había pedido. Quizá es el mejor regalo que me han podido hacer: demostrar que no todos los deseos se deben hacer realidad, y que a veces es mucho más satisfactorio conseguir las cosas por uno mismo.