Dicen que en ocasiones la realidad supera a la ficción. Y cuando sucede así, se comenta con tanto pasmo seguramente porque la ficción está pensada para superar a la realidad.
Eso es lo grandioso de escribir; el defecto del cobardica que se esconde detrás del papel. El que escribe sabe que en negro sobre blanco puede superar todas las barreras, sociales o morales; las barreras que impone el contexto histórico, cultural, geográfico y físico. Todo puede quedar disuelto en un ejercicio que cabalga a lomos de la imaginación. Se puede llegar a cualquier extremo y más allá. Puede uno hasta inventarse lo inimaginable, a la espera de que algún día, algún grupo de científicos dé con la tecla para hacer esos sueños realidad, como le pasó al amigo Verne. Puede uno pintar un mundo donde la gente se muestre tan mezquina, zafia y vulgar como realmente es, sin que le tachen de sociópata. O puede retratar un anhelo de buenos sentimientos, de ojos abiertos a las verdades más insospechadas, sin que le tachen a uno de ingenuo o pueril. Porque es ficción.
Pero lo más divertido de escribir ficción es jugar a ser Dios, a manejar los hilos del destino. Mover la vida de un personaje, llevarlo dando tumbos de un lado a otro, sin un sentido aparente y sorprenderse escribiendo para él una frase, una reacción, que ni siquiera el autor esperaba. ¿Se nos escapan de las manos los personajes? ¿Viven en una coherencia interna que les damos inconscientemente? ¿Es quizá nuestra propia coherencia reflejada en el espejo? ¿Es lo que nosotros desearíamos poder hacer o vivir?
Escribir ficción le permite a uno correr riesgos que no correría en la realidad, ponerse en la piel de los personajes que escribe, en el sueño de la letra. Podemos escalar una montaña y atravesar un desierto. Podemos abandonar la comodidad del hogar y huir en busca de una vida más real que la nuestra, a través de la ficción. Imaginando vidas ajenas, o vidas propias que duermen guardadas en el entresuelo de la esperanza.
Pero, ¿qué pasa cuando se confunden los términos? A veces nos sentimos atrapados en un sueño, o pesadilla, que alguien parece escribir para un personaje que lleva nuestro nombre y apellidos, que se parece a nosotros y actúa como nosotros lo haríamos. A veces, tenemos la temible sospecha de que algo, o alguien, determina los acontecimientos de nuestra vida y nos lleva al límite, para gozar descubriendo nuestra inesperada reacción. ¿Hay un guionista burlón que nos sobrevuela? ¿Es eso que llamamos destino?
Prefiero pensar que no. Pero es que hay días en que creo estar sumergida en una película, donde han escrito para mí un papel a medida: el de la eterna sufridora a la que todo le sale mal. Y cuando parece que empieza a remontar, un golpe de efecto, un giro inesperado, un punto de inflexión. La historia se pone emocionante. Un hermoso relato, para leer desde fuera; para ver tranquilamente sentados en la butaca del cine. Aquí, dentro del relato, se pasa fatal.
Me ha encantado el post de hoy, Almu.
Yo hasta le pondría bibliografía, primero leer a Unamuno, que me dejó helado en la conversación que tiene con su personaje, me ha traído recuerdos de esa escena tu post, y por otro lado “La rosa purpura del Cairo” de Woody Allen, otra obra maestra que va en la misma idea que señalas en el todo el post.
No andas desencaminada, es vida la ficción que escribes como lo es la que lees. Guarda la memoria una cita y se olvida de buena parte de la vida. Lo que hacemos es adquirir experiencia para vivir o el equilibrio necesario para enfrentarnos a la muerte. No sé si estas barreras entre ficción y realidad, son ficticias y no reales como queremos creer
Precioso, Umla.
Te disfrazas de Segismundo, pero sigues siendo tú. ¡ es que tienes mucho arte !
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Besos.