“Él no quería que yo fuera actriz; quería que fuera funcionaria de aduanas, para que tuviera la vida resuelta”. Así hablaba María Isbert de su padre hace pocos días, durante una entrevista con motivo de su nonagésimo primer cumpleaños. ¿Cómo es posible que aquel actor de aspecto entrañable, que todos hemos visto mil veces en El Verdugo o Bienvenido Mr. Marshall, quisiera negarle las satisfacciones de la profesión a su hija? Quizá porque sabía que esa plenitud profesional casi siempre lleva aparejada una gran dosis de sacrificio, decepción, sufrimiento y resignación. Quizá porque, desde su propia experiencia, Pepe Isbert anteponía la comodidad de una vida digna a la inseguridad de las tablas y la posibilidad de un fracaso doloroso.
Pero, ¿acaso no es más doloroso el fracaso tibio y continuo de una vida sin “chicha ni limoná”, que el traspiés súbito de haberlo intentado sin éxito? ¿No es más doloroso el “y si…”?
No hay nada más natural en el jefe de la manada que intentar proteger a la familia de los peligros que conoce bien. Pero tampoco hay nada más natural en los cachorros que el ímpetu de intentarlo por su cuenta. Implicará renunciar a muchas cosas, pero el primer paso es asumir que felicidad y comodidad casi nunca coinciden.
No fue sólo Pepe Isbert. Muchos padres quieren que sus hijos sean funcionarios; y muy pocos niños sueñan jamás con algo así. Y cuando lo hacen, es síntoma de que están envejeciendo demasiado deprisa.
En esta ocasión no sólo disfruto leyendote, sino que también me alegra volver a leerte, Almu. Espero que estés muy muy bien. Y me alegra ver que eres y te sientes tan joven como demuestran tus palabras. Yo soy viejo desde que nací, creo, pero te aseguro que me alegro mucho cuando alguien piensa así.
Besos,
Chema.