Yo trabajo de día; él, de noche. Así, apenas gozamos de breves encuentros, acariciados por el esplendor del alba o el rojo profundo del ocaso. Una mirada, una sonrisa, un beso… y no nos queda más que esperar a que el sol vuelva a navegar por el horizonte.
Yo no sé volar; él no sabe aullar. Pero con frecuencia nos sentimos atrapados en la misma maldición que separaba a Michelle Pfeiffer y Rutger Hauer.