Existe la creencia popular, más o menos arraigada, de que quienes padecen la enfermedad que estoy sufriendo son mayoritariamente buena gente: personas de gran corazón, seres de buena voluntad a los que pasajes bíblicos prometen la gloria; gente que no conoce el mal ni sabe mentir. Ese tipo de gente que la sociedad se come de un bocado, para admirarla y rezarle a posteriori.
Aunque quizá la reacción se produzca a la inversa. Quizá no son buena gente castigada con enfermedad y dolor; sino personas normales que, al verse castigadas por la enfermedad y el dolor, pasan a ser ensalzadas por los demás como ejemplos sublimes de humanismo, recordándoseles sólo lo bueno.
Por otra parte, también existen las teorías de los pseudofilósofos metafísicos forrados a costa de vender libros de autoayuda que dicen que es precisamente ese carácter tradicionalmente pusilánime de la buena gente la que actúa como detonante de la enfermedad. ¿Cómo es posible? Nadie es tan bueno como para poner la otra mejilla y quedarse impávido. Nadie es tan bueno como para perdonar de corazón al enemigo sin experimentar un gran sufrimiento. Y claro, el cuerpo se rebela contra todo ese sufrimiento, contra esa ira silenciada, contra ese rencor acumulado.
Puede que alguna de estas tres hipótesis haya dado con la tecla del origen de la enfermedad. Puede que en todas haya algo de razón y en ninguna la verdad absoluta. Puede que quien lea esto se lleve las manos a la cabeza al pensar que confundo medicina con magia. Puede que, por el contrario, recuerde el origen psicosomático de muchas enfermedades. O puede que, además de todo esto, se le ocurra reflexionar sobre el nacimiento de la religión, que tradicionalmente se fundamenta en estos miedos. Cuando la vida es tan injusta, sólo parece haber un lugar para encontrar consuelo: el autoengaño de un futuro mejor, en esta vida o en otra, igual da.
Pero lo que quería decir es que, haya algo de cierto en todo esto o no, tengo la sensación de que hay algo darwinista en esta enfermedad. Después de haber luchado contra un entorno social que nunca me ha aceptado como soy, quizá mi cuerpo se ha rendido y se está dejando comer, aunque no de un bocado.
Hay mucho que mascar aún, o eso espero. Y la próxima prueba la tengo el viernes, 11 de julio. Me espera el quirófano. Y yo le espero a él, llena de miedo. Mientras tanto, miro mis ojos en el espejo y no reconozco nada más que una mirada inquietante. Después de preguntarme una y mil veces a qué se debe, después de analizarme con calma, lo he descubierto: cuando los ojos apenas tienen pestañas, la mirada siempre resulta inquietante.
Autorretrato de Philipp Otto Runge
Y como prueba, aquí traigo el autorretrato de Philipp Otto Runge, que siempre me ha parecido turbador y magnífico.