Consumistas en crisis

22 10 2008

Quien más quien menos está sufriendo los estragos de la crisis económica. Los españolitos de a pie, los que andamos suscritos desde hace años a las marcas blancas para obtener la misma calidad a un precio inferior, con el fin de sobrevivir sin recurrir a la mendicidad (pedir dinero a papá también está considerado como mendicidad); nos ponemos ahora a régimen y no porque nos sobren unos kilos, sino más bien porque nos faltan (kilos de los de pasta, digo).

Sin embargo, vivimos en la incongruencia de experimentar las compras, tan necesarias como destructivas, con una auténtica angustia compulsiva. ¿A qué se debe este fervor? Las mentes débiles, como la mía, se dejan subyugar por la cultura circundante. El contexto se impone y la tele, como hábil gurú que parece no estar dirigido por nadie (pero lo está, vaya que sí), nos recuerda que tenemos que consumir para sobrevivir en esta jungla: comprar los mejores alimentos para estar más sanos, los mejores cosméticos para conservarnos mejor y la ropa más elegante para estar más guapos. Guapos, jóvenes y sanos: ¿es que quieren que seamos niños eternamente?

En esta sociedad con síndrome de Peter Pan, las mentes débiles (como la mía, insisto) nos dejamos arrastrar a esa vorágine de consumo de productos para satisfacer las fantasías ajenas, en un alarde de baja autoestima. Y yo, que hasta ahora no me había preocupado por nada de eso; que odiaba verme obligada a crear una imagen de mí misma con el único propósito de gustar a los demás, que procuraba serme fiel, aunque eso significara ir fuera de  moda o ser considerada un esperpento, estoy cayendo en la trampa. ¿Por qué? Será que voy cumpliendo años. O será que la enfermedad me ha dejado tan mala cara que no me atrevo a salir a la calle sin un poquito de antiojeras, un poquito nada más… Y bueno, ya que estamos, unos polvos para matizar… Y, una mijita de colorete me daría mejor aspecto aún, ¿no? ¿Más saludable? Sin duda.

El primer paso para solucionar nuestros errores es reconocerlos. Me confieso: me estoy convirtiendo en una consumista, una de tantas. De repente veo ropa en los escaparates y me apetece comprármela, algo que nunca antes me había pasado.

Así que mientras me voy curando de mi neura consumista, y como no tengo dinero para curar mi adicción, he recurrido a las compras virtuales, pero sin “confirmar”; sin llegar a pulsar nunca el botón de “OK” que aparece en mi pantalla; sin llenar el campo titulado “número de tarjeta de crédito”. Así, mi cesta de la compra ha llegado hasta los 650 euros en una sola tienda, 650 euros que siguen tranquilitos en mi cuenta corriente (no hay que alarmarse).

Soluciones para consumistas en crisis como yo: visiten esta página o esta otra. Y díganme luego si no han picado, que es difícil.





El arte de la sencillez

16 10 2008

Leer poesía requiere una disposición en el ánimo que yo no tengo. Me impacientan los rodeos y las palabras rebuscadas. Me pone nerviosa intuir cómo el poeta se recrea en sus sentimientos, retozando autocomplaciente en la escarcha del dolor; nadando en el fango de la miseria humana; restregándonos las bondades de su corazón contento.

Quizá no he leído la suficiente poesía como para entender que no todos los poetas escriben así, que hay algunos que dan en la diana del alma con palabras certeras, pero es evidente que son los menos. La moda de exponer públicamente las intimidades a través de la red ha multiplicado la poesía aburrida, la que busca en el diccionario de sinónimos el término menos frecuente para enriquecer artificialmente el vocabulario de su autor; y eso, desgraciadamente, me invita a separarme todavía más de ese género que amo escribir y que odio leer.

Y sin embargo, disfruto encontrando como perlas escondidas, esas frases, ese lenguaje que recobra la poesía que una vez descubrí clavada en el centro de mi corazón, leyendo obras en prosa. ¡Qué lujo cuando nos aparece ante los ojos una de éstas!

La poesía de verdad, la que nos remueve por dentro, está hecha de las cosas sencillas, naturalmente hermosas de por sí, y no de palabras altivas, artificiosamente buscadas. La poesía de verdad nos sale al encuentro. Y en ese contexto, “lo que pasa en la calle” no es sólo la traducción al lenguaje poético de la frase “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, como explicaba Machado en su Juan de Mairena. Al contrario, ”lo que pasa en la calle” tiene algo que la sentencia anterior nunca tendra: belleza y verdad.





Amy McDonald y el regreso de los muertos vivientes

14 10 2008

Hace unos días, mientras hacía zapping por los canales de música, me topé con Amy McDonald. Aunque su disco, This is the life, lleva un tiempo en la calle, el hecho de estar completamente desconectada de la actualidad musical – atrapada en las garras de un pasado dibujado entre Led Zeppeling y Henry Purcell – me había impedido conocerla hasta ahora.

El single que da título al álbum se pega como una lapa. Pero lo peor no es eso; lo peor es que, al tiempo que escuchaba la canción supe – no pensé, ni creí, ni tuve la sensación, supe con certeza – que la había escuchado antes. “Esto es una versión”, me dije. El ritmo, el tono de tragicomedia cotidiana, los aires folk y el sonido netamente británico me hicieron vincularla a esa música de finales de los ochenta o principios de los noventa, esa calma tensa de guitarras acústicas nacida después del punk y antes de que se declarara esa fingida guerra mediática entre Blur y Oasis. Me vinieron recuerdos de los Smiths, Stone Roses, Belle and Sebastian, Travis, Ride

Pero, ¿quién de todos ellos había escrito aquella canción? ¿Dónde estaba la “versión original”, que en mi opinión debía existir? La red no me daba respuesta ni referencias donde buscar: había que tirar del archivo de la memoria. Rafa me insinuó: “¿no se parece a aquella canción de los Cranberries?”. Pues sí: cámbiale el ritmo, deja que el tono de tragicomedia gris se tiña de tragedia color sangre, y con la misma melodía podrás tararear el tema mítico que cantaba Dolores O’Riordan. Amy McDonald ha hecho, quizá sin saberlo, quizá sin darse cuenta, una remasterización descafeinada de Zombie. ¿A alguien se le ocurren más referencias de este tema?





Aquí y Ahora

9 10 2008

Aquí estoy, aquí y ahora; tecleando en mi ordenador. No estoy en ningún otro sitio, no pienso en estar en ningún otro sitio. Mi imaginación no vuela. Estoy concentrada al cien por cien en escribir esta entrada. Y ningún pensamiento me disturba en mi paz interior.

Eso es más o menos lo que propone El Poder del Ahora, libro que me prestaron hace algunos meses, con la sana intención de que no le diera vueltas al coco. ¿Es un libro de autoayuda? ¿Es la biblia de una filosofía, o de un modelo de conducta, que entronca con el mundo zen? No lo sé. Lo cierto es que, pasadas unas páginas, no pude terminarlo, por dos motivos: en primer lugar porque meditar “no me sale” y claro, el libro está planteado para que uno vaya cumpliendo con los pasos previstos en el proceso de liberar la mente, entre ellos y fundamentalmente, la meditación. En segundo lugar, porque lo que decía era bastante obvio.

Es más o menos el consejo que le damos a un amigo cuando su novia le deja: “no te comas el tarro”, “no le des vueltas a la cabeza”, “lo pasado, pasado está”, “intenta no pensar en ella”. En ella, en ello, en lo que sea. Se trata de no martirizarse con pensamientos inútiles, de esos que no nos llevan a ningún lado. Se trata de pasar del runrún mental constante, esas vocecitas que escuchamos sin parar, esas imágenes que creamos y recreamos de lo que fue una felicidad ansiada, hallada y luego perdida; o de un miedo que, conforme lo alimentamos, se agranda hasta convertirse en un monstruo personal. Se trata, en definitiva, de concentrarse en lo que estamos haciendo en este momento y no pensar en casi nada; limitar el pensamiento al cumplimiento de objetivos, a la planificación a corto plazo.

Pues sí. Está bien vivir así. Es más fácil que rumiando sin parar los problemas del pasado o los del futuro, los que puedan venir. Sí, hay menos angustia. Pero, ¿que sería de la literatura si no pudiéramos dedicarle un espacio, por pequeñito que sea, a ese recoveco de nuestra inteligencia, previsto para crear y recrear situaciones, estructuras, personajes, imágenes; previsto para “imaginar”?

Bien, es evidente que ese recoveco es necesario para el desarrollo literario. Ahora la pregunta es: ¿es la literatura una canalización en positivo de esa actividad que el sentido práctico nos dice que es innecesaria y en ocasiones hasta dañina y autodestructiva? ¿O es que los escritores están obligados a ser un poquito infelices?





Cerrando puertas

8 10 2008

¿Qué está pasando? Internet, en general, y la blogosfera en particular han sido hasta ahora lugares de intercambio. Se podía intercambiar casi todo: desde archivos a pensamientos; desde imágenes a evidencias. Era el bar a dónde todos acudíamos a buscar conversación; y la encontrábamos.

De repente, el bar se nos ha puesto tiquismiquis. En plan club social, o como uno de esos pubs de moda donde te dejan entrar o no según la ropa que lleves. Ya no hablamos todos con todos, ni dejamos que cualquiera entre en nuestra conversación. Se han creado reservados.

Esta página, o esta otra, o la de más allá. Quien más quien menos conoce alguna que se mueve sólo a través de invitaciones. ¿Dónde quedó aquello del dinamismo de las redes sociales? ¿Dónde quedó lo de entrar sin llamar y dejar que los demás valoren si tiene uno algo importante que decir antes de cerrar las puertas?

Blogger está cada día más difícil: hacer comentarios en una de sus páginas, linkeando a un blog de fuera, como éste, se puede convertir en misión imposible. ¿Es casualidad que cambien el sistema y empiece a fallar? ¿O es deliberado?

El interesante sitio de Neurona, que en su día me permitió incluso reencontrarme con gente de la que no sabía nada hacía años, se ha convertido en una red privada como Xing donde, si uno quiere ver un perfil nuevo o buscar a alguien, ha de pagar previamente.

Eso por no hablar de los blogueros que restringen las entradas a sus páginas. Que están en su derecho, es evidente. Pero, ¿qué sentido tiene? ¿Es sólo para darse importancia? ¿Es que esos blogueros han creado sus páginas con la sola intención de tener un sitio en internet donde colgar sus archivos, para no tener que guardarlos en su disco duro? ¿Es eso un blog?

Hace muy poco, éramos todos muy optimistas con la comunicación a través de internet. Yo también piqué. Ahora empiezo a dudar. Las estructuras abiertas se debilitan fácilmente. Éste no es un mundo ideal, donde triunfa la democracia y la libertad de información. También aquí hay barreras. Al fin y al cabo, no hacemos más que repetir los esquemas que ya conocemos.





Libros viejos, imágenes nuevas, lenguajes olvidados

1 10 2008

Otoño. Después de un mes en blanco, ha vuelto la lluvia. Llovió intensamente durante días, para lavar el dolor del bochorno. Ahora ha vuelto el calor, en una caricia intermitente que deja la piel de gallina, escarchada y diluida a un tiempo. Es una época dulcemente misteriosa, repulsiva y atrayente, llena de miedos y de anhelos. Así ha sido siempre.

Cuando era niña, lloraba el fin de las vacaciones, odiaba con toda mi furia los anuncios que traían a la memoria la “vuelta al cole”, llenos de niños rubios con anoraks y mochilas y lápices de colores. Pero era llegar a casa y empezar a comprar los libros de texto y borrarse todos mis males. Me encantaba su olor a nuevo, pasar sus páginas rápidamente pero con cuidado de no cortarme con tan finas hojas, leer y releer los títulos de los temas que íbamos a tratar y descubrirme preguntándome si sabía de antemano algunos de los asuntos del nuevo curso que iba a empezar.

Luego llegaba el día de los nervios, la noche sin dormir, el cosquilleo en el estómago, y más si comenzaba un nuevo ciclo o pensaba que podía toparme con compañeros nuevos. Y después de tanta emoción, la rutina de ver cómo aquellos libros que me habían parecido cofres del tesoro por abrir se convertían en compañeros manoseados, letras recurrentes a las que volver si mi memoria fallaba, buscando las páginas concretas con más prisa que habilidad.

Tuve una profesora que defendía la enseñanza del lenguaje audiovisual a los escolares, desde los primeros años, igual que se imparten las asignaturas de lengua española o cualquier otro idioma. Igual que se aprende a leer y escribir. El análisis de esta forma de comunicación queda casi obviada en las aulas de los más pequeños, pero es un recurso que se utiliza constantemente. Los libros de hoy son fotos, diagramas y dibujos con pie de foto, más que libros de texto propiamente dichos. Y sin embargo, nadie explica a esos niños como “leer” esas imágenes. Es esencial saberlo si quiere uno vivir en una sociedad como la actual sin dejarte tomar el pelo por los medios de comunicación.

Al igual que ella, considero que esa enseñanza es necesaria; pero al tiempo, echo de menos los libros de texto que traían más letra que imagen. Quizá la clave está en enseñar a los niños a leer, lo que sea, imágenes, palabras o ambas cosas; y no que se utilicen esos recursos sólo para llenarles la cabeza de contenidos sin ton ni son ante los cuales no son capaces de desarrollar un espíritu crítico.

También echo de menos la emoción de empezar un ciclo nuevo. Y sin embargo, tengo las yemas de los dedos chisporroteando otra vez sobre el teclado.