Quien más quien menos está sufriendo los estragos de la crisis económica. Los españolitos de a pie, los que andamos suscritos desde hace años a las marcas blancas para obtener la misma calidad a un precio inferior, con el fin de sobrevivir sin recurrir a la mendicidad (pedir dinero a papá también está considerado como mendicidad); nos ponemos ahora a régimen y no porque nos sobren unos kilos, sino más bien porque nos faltan (kilos de los de pasta, digo).
Sin embargo, vivimos en la incongruencia de experimentar las compras, tan necesarias como destructivas, con una auténtica angustia compulsiva. ¿A qué se debe este fervor? Las mentes débiles, como la mía, se dejan subyugar por la cultura circundante. El contexto se impone y la tele, como hábil gurú que parece no estar dirigido por nadie (pero lo está, vaya que sí), nos recuerda que tenemos que consumir para sobrevivir en esta jungla: comprar los mejores alimentos para estar más sanos, los mejores cosméticos para conservarnos mejor y la ropa más elegante para estar más guapos. Guapos, jóvenes y sanos: ¿es que quieren que seamos niños eternamente?
En esta sociedad con síndrome de Peter Pan, las mentes débiles (como la mía, insisto) nos dejamos arrastrar a esa vorágine de consumo de productos para satisfacer las fantasías ajenas, en un alarde de baja autoestima. Y yo, que hasta ahora no me había preocupado por nada de eso; que odiaba verme obligada a crear una imagen de mí misma con el único propósito de gustar a los demás, que procuraba serme fiel, aunque eso significara ir fuera de moda o ser considerada un esperpento, estoy cayendo en la trampa. ¿Por qué? Será que voy cumpliendo años. O será que la enfermedad me ha dejado tan mala cara que no me atrevo a salir a la calle sin un poquito de antiojeras, un poquito nada más… Y bueno, ya que estamos, unos polvos para matizar… Y, una mijita de colorete me daría mejor aspecto aún, ¿no? ¿Más saludable? Sin duda.
El primer paso para solucionar nuestros errores es reconocerlos. Me confieso: me estoy convirtiendo en una consumista, una de tantas. De repente veo ropa en los escaparates y me apetece comprármela, algo que nunca antes me había pasado.
Así que mientras me voy curando de mi neura consumista, y como no tengo dinero para curar mi adicción, he recurrido a las compras virtuales, pero sin “confirmar”; sin llegar a pulsar nunca el botón de “OK” que aparece en mi pantalla; sin llenar el campo titulado “número de tarjeta de crédito”. Así, mi cesta de la compra ha llegado hasta los 650 euros en una sola tienda, 650 euros que siguen tranquilitos en mi cuenta corriente (no hay que alarmarse).
Soluciones para consumistas en crisis como yo: visiten esta página o esta otra. Y díganme luego si no han picado, que es difícil.