Otoño. Después de un mes en blanco, ha vuelto la lluvia. Llovió intensamente durante días, para lavar el dolor del bochorno. Ahora ha vuelto el calor, en una caricia intermitente que deja la piel de gallina, escarchada y diluida a un tiempo. Es una época dulcemente misteriosa, repulsiva y atrayente, llena de miedos y de anhelos. Así ha sido siempre.
Cuando era niña, lloraba el fin de las vacaciones, odiaba con toda mi furia los anuncios que traían a la memoria la “vuelta al cole”, llenos de niños rubios con anoraks y mochilas y lápices de colores. Pero era llegar a casa y empezar a comprar los libros de texto y borrarse todos mis males. Me encantaba su olor a nuevo, pasar sus páginas rápidamente pero con cuidado de no cortarme con tan finas hojas, leer y releer los títulos de los temas que íbamos a tratar y descubrirme preguntándome si sabía de antemano algunos de los asuntos del nuevo curso que iba a empezar.
Luego llegaba el día de los nervios, la noche sin dormir, el cosquilleo en el estómago, y más si comenzaba un nuevo ciclo o pensaba que podía toparme con compañeros nuevos. Y después de tanta emoción, la rutina de ver cómo aquellos libros que me habían parecido cofres del tesoro por abrir se convertían en compañeros manoseados, letras recurrentes a las que volver si mi memoria fallaba, buscando las páginas concretas con más prisa que habilidad.
Tuve una profesora que defendía la enseñanza del lenguaje audiovisual a los escolares, desde los primeros años, igual que se imparten las asignaturas de lengua española o cualquier otro idioma. Igual que se aprende a leer y escribir. El análisis de esta forma de comunicación queda casi obviada en las aulas de los más pequeños, pero es un recurso que se utiliza constantemente. Los libros de hoy son fotos, diagramas y dibujos con pie de foto, más que libros de texto propiamente dichos. Y sin embargo, nadie explica a esos niños como “leer” esas imágenes. Es esencial saberlo si quiere uno vivir en una sociedad como la actual sin dejarte tomar el pelo por los medios de comunicación.
Al igual que ella, considero que esa enseñanza es necesaria; pero al tiempo, echo de menos los libros de texto que traían más letra que imagen. Quizá la clave está en enseñar a los niños a leer, lo que sea, imágenes, palabras o ambas cosas; y no que se utilicen esos recursos sólo para llenarles la cabeza de contenidos sin ton ni son ante los cuales no son capaces de desarrollar un espíritu crítico.
También echo de menos la emoción de empezar un ciclo nuevo. Y sin embargo, tengo las yemas de los dedos chisporroteando otra vez sobre el teclado.