Inauguramos nueva sección, que se llamará “rompiendo tópicos”. Siempre he tenido problemas con esta palabreja, no tanto por la tirria que le tienen algunos al uso desaforado de clichés basados en prejuicios, sino más bien por su carácter polisémico. Cuando leía en el prospecto de los medicamentos aquello de “uso tópico”, me preguntaba si el que lo había escrito quería decir “usálo donde siempre, como siempre, ya sabes”.
Por eso, aclaro que los tópicos que quiero romper se corresponden con la quinta acepción del término, según la RAE:
5. m. Ret. Lugar común que la retórica antigua convirtió en fórmulas o clichés fijos y admitidos en esquemas formales o conceptuales de que se sirvieron los escritores con frecuencia. U. m. en pl.
Yendo al meollo del asunto, mi pregunta es: ¿a quién pertenecen las canciones? Guiados por el obsesivo afán protagonista del creador (o Creador) que impera en nuestra sociedad actual, diríamos que al autor. Pero no siempre es así. De hecho, en innumerables ocasiones hemos descubierto canciones (y no sólo, también otro tipo de obras) a través de intérpretes, por diversas razones: bien porque el autor original no ejercía como intérprete y prefería dejar la ejecución de sus obras a otros; bien porque ciertos “artistas-intérpretes” (que no es lo mismo que intérprete a secas) han querido rescatar de un pasado más o menos lejano alguna de sus canciones favoritas para hacerlas propias.
Se ha dado el caso de confundir a los intérpretes con los autores, bien por utilizar estilos tan distintos que hacían pensar que se trataba de obras diferentes, como el mítico caso del Knocking on Heaven’s Door que algunos atribuyen a los mismísimos Guns N’ Roses; bien porque los intérpretes-autores habían pasado sin pena ni gloria por su canción, hábilmente recuperada más tarde por el grupo encargado de la versión, como ocurría con el cinematográfico Love is all around a cargo de Wet Wet Wet; o bien porque, en contra de lo que muchos puedan pensar, la versión mejoraba el original.
Hay artistas que son buenos letristas y malos músicos, como Sabina (y que me perdone si lee esto, pero esa es mi opinión) o Leonard Cohen. Y de Leonard Cohen quería hablar, porque no basta con saber escribir para poner el alma en una canción; no basta con tener una voz característica, inconfundible y con personalidad para hacer que tu canción sea sólo tuya; no basta con ofrecerle a tu letra una melodía sólida pero maleable para que fluya con naturalidad. Hay que ser músico, hay que vivir la música desde dentro, como si todas las vibraciones del cuerpo estuvieran dirigidas a crear la melodía. Hay que tener oído y soñar la música; tener una imaginación alimentada de abstractos más allá de las palabras y dejarla volar.
Por eso, la mejor versión de Hallelujah es la de Jeff Buckley.
Se han hecho versiones de todos los colores. Ha salido en películas y anuncios hasta la saciedad. Incluso la gente de OT se ha atrevido a hacer una. Muchos defienden ahora la de Rufus Wainwright como la mejor. Pero lo curioso es que todas ellas, en lugar de beber de la fuente original, de Cohen, lo hacen de la obra recreada, mucho más allá de la mera imitación, que es el trabajo de Buckley.
Felicidades,