Be cool, my friend

11 01 2009

Hubo una época en que ser cool era imprescindible para sobrevivir en la escena cultureta impuesta por los círculos sociales en que nos movíamos. Un guionista o un estudiante de arte, y quien fuera ambas cosas al mismo tiempo con más razón, debían ser cool: seguir unos cánones en su actitud cotidiana; una pose, unos gestos, en sus relaciones con los demás, para alcanzar un cierto reconocimiento por parte de quienes le rodeaban. Gente que a su vez sentía la necesidad imperiosa de ser cool.

Se trataba de apartarse bruscamente de lo mainstream, de la generalidad, para entendernos. Hay mil maneras de adquirir o simular esa pose que representa la diferencia o el inconformismo; sin embargo, todo cool que sepa del tema, es consciente de que existen unas normas básicas. Al fin y al cabo, el objetivo es construir un grupo minoritario que marque las distancias con el gran grupo; distancias que casi siempre se señalan mediante la oposición.

Esto es, si la mayoría toma café, quien quiera ser cool ha de tomar té. O mejor, haber renunciado a todo tipo de bebida o infusión con excitantes a modo de desayuno. Si se limita a comer muesli y yogur blanco, mejor que mejor. Y así, hasta el infinito.

Vivir “la regla cool”, como la regla de una orden monástica, y seguirla rigurosamente, es un ejercicio para valientes, que requiere entrega y sacrificio.

Hay que vestir elegantemente desaliñados, con lo cara que es esa ropa. Sólo se pueden ver pelis en versión original y subtituladas, con lo pesaditos que se hacen los subtítulos en películas visualmente poderosas. Hay que estar al día en cuestiones de actualidad y política, para poder comentar acontecimientos y noticias con los demás, pero todo ello fingiendo que no le importa a uno lo más mínimo. Hay que escuchar a Sigur Ros y un montón de grupos aburridísimos, y analizarlos a conciencia, para ser capaz hacer una comparativa entre el último álbum y los precedentes. Hay que leer libros de poesía contemporánea aunque parezca de lo más vacío que se ha leído últimamente y, por dios, que no se le escape a nadie que disfrutó un montón con El Código da Vinci, porque le linchan. Hay que declararse ateo y criticar a la Iglesia, aunque toda la familia se queje cuando uno se niegue a ir a la boda o la comunión de fulanito o menganita. Hay que renegar de los pucheros hispánicos y alabar las virtudes de la dieta de moda de turno, aunque sepa a alfalfa. Hay que asistir a performances aunque sepa uno de entrada que se va a aburrir. Y encima, no puede uno asumir que es una persona normal y corriente, cuyo proyecto vital de mayor importancia consiste en vivir con la gente a la que quiere y encontrar un trabajo que, aunque no sea lo más interesante del mundo, le permita sobrevivir.

Lo cool roza lo friki. Alguien que es cool y que vive sus restricciones de normalidad de un modo extremista, puede caer en el frikismo o llegar a ser un otaku. Siendo la aceptación social el objetivo primero del cool, es difícil llegar al extremo del inadaptado otaku. Sin embargo, el friki genera grupúsculos obsesionados por un tema en particular (Star Wars, World of Warcraft, etc.), por lo que es más fácil que el cool de personalidad obsesiva termine arrastrado por una de estas pequeñas comunidades, al tiempo que consigue mantener su independencia de lo mayoritario.

Hubo un tiempo en que todo esto era importante. Era la época del juego de las apariencias, donde quienes siempre se habían sentido fuera de lugar, triunfaban encontrando su sitio, a sus iguales.

De repente, ya nada de esto importa. De repente, disfrutamos de conversaciones interminables con gente sin estudios, esa raza hasta entonces considerada inferior. Nos descubrimos bailando con una canción de Cher. Esperamos impacientes a que cada domingo se emita el nuevo capítulo de nuestro culebrón favorito. Y reconocemos la exquisitez de las lentejas con chorizo. Y no nos importa lo que piensen.

Podéis pensar que es un síntoma de madurez, vivir como a uno le apetezca sin preocuparse de lo que digan los demás. Pero también puede ser una nueva corriente dentro del mundo cool. Cuando se genera un mainstream de lo cool, hay quienes buscan diferenciarse… Y el ciclo de poses vuelve a empezar.


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Un comentario

13 02 2009
A preguntas simples, respuestas pretenciosas « A las claras

[...] que este es uno de aquellos que muere por ser cool y que necesitaba desesperadamente decirme que había escrito una novela para que yo supiera [...]

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