Ví esta película hace un par de días, porque la pillé en la tele recién empezada, no tenía nada mejor que hacer y me picó la curiosidad. Puede que mi estado anímico en este sentido, es decir, mi escasa predisposición a pasar un buen rato, hayan condicionado mi percepción final. O bien, puede que se trate de esas cosas que defienden los puristas – versión doblada, pequeña pantalla, etc. – lo que me haya impedido apreciarla en toda su magnitud, aunque me voy a permitir el lujo de dudarlo.
La intención temática queda clara: sacar a la luz los resquicios donde la lógica se rompe para dejar paso al azar; contraponer el corazón y la razón; y expresar que, en ocasiones, el corazón sirve a la pasión por la razón – aunque parezca un sinsentido – y es entonces cuando se equivoca.
Sin embargo, la trama un tanto naíf que se intuye desde la primera secuencia y un reparto más que desafortunado arruinan el proyecto. Frodo estaba más cariñoso con Sam que con la cantante de Marlango. Y el profesor, John Hurt, sólo está sublime cuando la fotografía le muestra en toda su decrepitud.
La mano del director, Álex de la Iglesia, se nota principalmente en el empleo, a veces gratuito, de elementos que yo calificaría como incómodos para cierto tipo de espectadores, susceptibles y amantes de lo sutil en lugar de lo obvio: el acoso de la chelista, los espaguetis al desnudo, los mutilados, los moribundos, los locos y el sacrificio de los chicos con síndrome de down.
El resto de elementos, técnicos y a mi juicio secundarios frente a cuestiones prioritarias como el guión, se salvan de la quema y sirven para componer un cuadro correcto, dentro de un estilo hollywoodiense comercial que no tiene nada de malo. Más bien al contrario, puede entenderse como la apuesta por ese estilo para contar historias con cierta enjundia, aunque aquí sólo se vislumbre la intención y no el resultado brillante que se podía esperar. En definitiva, una peli para pasar el rato, sin más pretensiones, y que es fácil olvidar pasada media hora.