En estos tiempos de crisis, donde parece que las únicas ideas que nos vienen a la mente sirven para lamentarnos del poco trabajo y nula disponibilidad de recursos económicos, cada uno tiende a hacerse el mártir.
Pero es verdad lo que cantan Hidrogenesse, No me digas que no hay nada más triste que lo tuyo; porque siempre lo hay. Y ayer mismo, tras una llamada telefónica, me di cuenta de cuál debía ser la profesión más ingrata de los últimos tiempos: la de los teleoperadores.
Es cierto que las agresivas campañas de marketing de estas empresas que se anuncian vía telefónica roza la línea de la ilegalidad, si no es que la sobrepasan con creces, teniendo en cuenta que el año pasado se nos informó de que este tipo de llamadas iban a ser prohibidas y atajadas. La pregunta es, ¿para cuándo?
Mientras exista el vacío legal, seguirán existiendo estas llamadas. Y cada vez más, con mayor frecuencia e intensidad, porque saben que se les agota el tiempo.
Y los perjudicados con todo ello, no son sólo los tranquilos ciudadanos que son molestados sistemáticamente a la hora de comer o a la hora de la siesta. También están aquellos otros que tienen que hacer ese ingrato trabajo, obligados seguramente por esa misma crisis que nos asfixia a todos.
Cuando, tras el sonoro estallido de la burbuja inmobililaria, infinidad de arquitectos, ingenieros y abogados se quedaron sin saber a dónde mirar ni a quién pedirle que les devolviera su seguro puesto de trabajo en el, hasta entonces, cómodo y siempre creciente sector de la construcción; seguro que muchos tuvieron que seguir el camino más difícil, arremangarse y cobrar una miseria por estar doce horas pegados al teléfono. Cuando miles de inmigrantes hispanoamericanos, que habían visto en la madre patria un futuro de estabilidad económica, entendieron que no todo era tan fácil o descubrieron que no podían homologar sus títulos; se rindieron ante las tareas domésticas, el buzoneo, el reparto a domicilio y las grandes operadoras de telefonía. Y cuando esas grandes operadoras abrieron los ojos al chollo de exportar el trabajo de la venta por teléfono a otros países de habla hispana donde los empleados cobran la mitad y encima tienen un acento bonito y buena parla, no lo dudaron.
Y aquí estamos. A las cuatro de la tarde, recibiendo llamadas inesperadas, con menos paciencia cada día.
Al principio, les dejaba hablar, para finalmente decirles aquello de “lo siento, pero no me interesa, muchas gracias”. Cuando las llamadas se hicieron más frecuentes, sólo les dejaba identificarse para contestarles que “si es para ofrecerme cambiar de compañía, no me interesa, muchas gracias”. La última llamada donde el teleoperador de turno tuvo el privilegio de oír mi voz, fue para recibir un mensaje con cierta contundencia: “les he dicho más de cien veces que no me interesa, ¡por favor, dejen de llamarme!”. A la chica que estaba al otro lado de la línea, le tembló la voz y me dijo con tono desesperado, y no sin cierta indignación: “disculpe, pero yo sólo hago mi trabajo. No sé si la han llamado antes o no. Simplemente, me han dado una lista de personas a las que llamar, y usted estaba entre ellas.”
Desde entonces, sencillamente, no les dejo hablar ni les contesto. Me pueden considerar maleducada, porque lo soy, porque un pitido al otro lado de la línea como resultado de cada llamada debe ser frustrante y descorazonador. Pero es que pensar en los teleoperadores como resignados trabajadores, después de oír a esta chica desesperanzada, es ponerme inmediatamente de su lado. Y algo tiene que poder hacerse para que esas compañías que les contratan sepan que están abusando de nuestra paciencia y nuestra confianza. Colgar es simple, es limpio, es un contrato menos que han conseguido. Pero hasta que no dejen de llamarme, no tendré la conciencia tranquila.