Una vez me preguntaron cuál era mi prioridad en la vida. Respondí que buscar la belleza. Podrá sonar superficial, máxime estando, como estoy, recién llegada de una operación de cirugía plástica – a la que nunca me habría sometido de no haber sido empujada por la enfermedad. Pero eso depende del concepto que cada cual tenga de lo que es la belleza.
Esa intangible presencia, que despierta en nuestros sentidos para abrirse paso en la conciencia y aletearnos en el corazón, es mucho más que un canon proporcional aplicado a una imagen. Y está en casi todas partes.
Por eso, quizá lo más satisfactorio, es barrer la hojarasca y el polvo que cubre la entrada al paraíso, para descubrirlo frente a los ojos extasiados. Quizá, recorrer los caminos agostados por el desconsuelo para recuperar piezas recónditas que sólo encajan entre ellas. Quizá, extraer lo bueno de lo malo. Unos pasos que van mucho más allá de la superficie, hasta sentir el aliento de la verdad que inflama todo lo que es bello.
Por eso, sabiendo que todo eso está ahí, no me queda más remedio que buscar. Y cuando, por una fracción de segundo, el infinito pestañea ante mí, quedo cegada para siempre. Sin más remedio que buscar, y seguir buscando, allá donde me lleven los pies.
Alegría volverte a leer con esa belleza léxica y argumental… Un abrazo.