Cerrando puertas

8 10 2008

¿Qué está pasando? Internet, en general, y la blogosfera en particular han sido hasta ahora lugares de intercambio. Se podía intercambiar casi todo: desde archivos a pensamientos; desde imágenes a evidencias. Era el bar a dónde todos acudíamos a buscar conversación; y la encontrábamos.

De repente, el bar se nos ha puesto tiquismiquis. En plan club social, o como uno de esos pubs de moda donde te dejan entrar o no según la ropa que lleves. Ya no hablamos todos con todos, ni dejamos que cualquiera entre en nuestra conversación. Se han creado reservados.

Esta página, o esta otra, o la de más allá. Quien más quien menos conoce alguna que se mueve sólo a través de invitaciones. ¿Dónde quedó aquello del dinamismo de las redes sociales? ¿Dónde quedó lo de entrar sin llamar y dejar que los demás valoren si tiene uno algo importante que decir antes de cerrar las puertas?

Blogger está cada día más difícil: hacer comentarios en una de sus páginas, linkeando a un blog de fuera, como éste, se puede convertir en misión imposible. ¿Es casualidad que cambien el sistema y empiece a fallar? ¿O es deliberado?

El interesante sitio de Neurona, que en su día me permitió incluso reencontrarme con gente de la que no sabía nada hacía años, se ha convertido en una red privada como Xing donde, si uno quiere ver un perfil nuevo o buscar a alguien, ha de pagar previamente.

Eso por no hablar de los blogueros que restringen las entradas a sus páginas. Que están en su derecho, es evidente. Pero, ¿qué sentido tiene? ¿Es sólo para darse importancia? ¿Es que esos blogueros han creado sus páginas con la sola intención de tener un sitio en internet donde colgar sus archivos, para no tener que guardarlos en su disco duro? ¿Es eso un blog?

Hace muy poco, éramos todos muy optimistas con la comunicación a través de internet. Yo también piqué. Ahora empiezo a dudar. Las estructuras abiertas se debilitan fácilmente. Éste no es un mundo ideal, donde triunfa la democracia y la libertad de información. También aquí hay barreras. Al fin y al cabo, no hacemos más que repetir los esquemas que ya conocemos.





Redes, pescadores y peces

14 12 2007

Esta mañana mi correo se ha despertado con un mensaje poco habitual, procedente de una de esas páginas donde los amigos enlazan a los amigos y les escriben cosas bonitas. Está visto que las llamadas “redes sociales” no sólo sirven para que un puñado de desconocidos vea la foto de uno en paños menores y la puntúe según sus preferencias.

El vínculo que me he encontrado en mi correo me ha llevado a leer las palabras de una amiga heredada del colegio, donde nos conocimos con catorce y quince años -lo nuestro era un colegio privado y no un instituto. Decía de mí: “siempre ha estado ahí cuando se la ha necesitado”. No se puede afirmar con más rotundidad una mentira más grande acerca de mi persona: en realidad, casi nunca he estado ahí cuando ella me ha necesitado, por la sencilla razón de que me cuesta identificar esas situaciones de desamparo emocional.

¿Cómo es posible que una persona como ella, tan fuerte, tan independiente, tan extrovertida y tan inteligente, haya podido necesitar a nadie? ¿Cómo es posible que me haya podido necesitar precisamente a mí, que soy la otra cara de esa misma moneda de personalidad: débil, dependiente, tímida y rematadamente inepta?

Ella nunca me ha pedido ayuda abiertamente, calculo que por orgullo. Así que la mayor parte del tiempo me he limitado a escuchar lo que me tuviera que contar, sonara a problema o a cotilleo banal. En muchas ocasiones, esos problemas se me pintaban a los ojos tan pequeñitos, que se me hacían ridículos; en otras, sencillamente me sonaban absurdos porque parecían haber sido inventados en una tarde de aburrimiento y sopor, por no tener nada mejor que hacer. Y por eso, casi siempre he tratado de minimizar aquellos problemas, con muy poco acierto al seleccionar las palabras, con casi ninguna sensibilidad en los gestos. Y también, en muchos momentos, mi amiga se ha encontrado con un silencio pegajoso, que lo inundaba todo, por mi miedo atroz a decirle claramente lo que pensaba.

Y ahora me llega este comentario, casi una loa a lo que no soy. Y me pregunto: ¿de verdad mi amiga se conforma con tan poco? ¿O es que, sin saberlo siquiera, he sido capaz de apoyarla cuando su estado anímico requería ese empujoncito? ¿Y si todo esto no fuera más que una gran mentira, una simple convención social de esas que genera nuestro mundo hipócrita consistente en “quedar bien con los viejos amigos”? Si fuera así, ¿qué necesidad tenía de escribir nada?

La página en cuestión, que no voy a enlazar porque no me gusta un pelo, me pide que le conteste. Aquella es su forma de comunicación. Y esta página, la mía.





Literatura y periodismo: Periodismo literario en los blogs

23 11 2007

Para los apasionados del bloguerismo, como yo, el aula de debate programada a primera hora de la tarde del viernes, 19 de octubre, dentro del Congreso de la Fundación Caballero Bonald, era una perita en dulce. Prometía, y mucho, entre otras cosas por la presencia de personalidades tan señaladas del mundo de la comunicación como Basilio Baltasar, director de relaciones institucionales del Grupo Prisa y editor del contenedor de blogs El Boomeran(g).

¿Qué tenían que decir los todopoderosos grupos mediáticos de la actividad bloguera? Debí haberlo sospechado, por pura deducción lógica: a los medios tradicionales el auge del intercambio de información a través de Internet debe parecerles una amenaza. Mayor o menor, más o menos peligrosa, pero un enemigo a batir, sin duda.

Los otros dos participantes, José Manuel Benítez Ariza y Rafael Marín, escritores ambos, tenían su propio blog. Y eso se notaba…

Empezó tomando la palabra Basilio Baltasar: los términos que empleó destilan una virulencia que habla por sí sola. Comenzó describiendo los miedos propios de quien se ha visto superado por los acontecimientos: “hace apenas diez años la blogosfera no existía y estamos siendo arrastrados por este acontecimiento”.

Continuó oponiendo la “galaxia Guttemberg”, a la que pertenece, a la “galaxia Google” que “condena a la extinción al editor y al intermediario o distribuidor de los textos impresos”. Este lamento se repitió a lo largo de su conferencia con diversos matices, aludiendo, por ejemplo, a la desaparición de la figura sancionadora del editor, de manera que, en los espacios culturales desarrollados en la web “ya no hay centros de autoridad; hay miembros autónomos que producen doctrinas culturales exentas de autoridad”.

Esta es una idea que me viene rondando en la mente desde que estudiaba Historia del Arte. Desde el primer curso, la pregunta a responder no era “qué es el arte”, sino “cómo y quién decide qué es arte y qué no”. Yo nunca lo he tenido claro pero, conforme revisaba la historia de las ideas estéticas, me di cuenta de que el grupito de críticos surgidos a partir del siglo XVIII lo tenía clarísimo: “arte es lo que nosotros digamos que es arte, lo que nuestro grupo de autoridad decida”; y por qué, “porque si el común de los mortales tiene un gusto subjetivo, nosotros tenemos criterio, algo que es objetivo y que sólo se aprende con tiempo y esfuerzo”.

Sigue sin convencerme. ¿Quién es ese grupo de personas, tan comunes y corrientes como las demás, para arrogarse la autoridad de decidir sobre el bien y el mal, la verdad o la falacia, la belleza o ausencia de belleza? Las vanguardias les corrigieron, claro. ¡Dadá!

Pero al fin y al cabo, lo que hace Basilio Baltasar es defender a una élite, aquella de la que él forma parte. Si yo estuviera en su lugar, probablemente haría lo mismo. ¿Se puede acabar con todas las élites? ¿O vamos de camino hacia una élite cada vez más amplia, capaz de autodestruirse porque al asumir a toda la sociedad ya no será tal?

En mi opinión, los navegantes tienen recursos de sobra para hacer un uso apropiado de lo que encuentran en Internet. Es decir, nosotros también tenemos criterio y no nos hace falta que un editor nos diga si algo está bien o mal redactado, o si la noticia que leemos es veraz o no, o simplemente, si es noticia o no. Basta ya de que al público general, a los lectores, a los usuarios de la red, a los telespectadores, se nos trate como a basura ignorante, como a simios. ¿Por qué tanto desprecio? Hemos dejado de leer la prensa con los ojos llenos de fe de antaño, y la misma actitud es la que tomamos ante la información extraída de Google.

Por eso, a mi entender, no tienen justificación los temores expresados en alto por Basilio Baltasar: “la incorporación de las masas a la blogosfera se produce a través de un proceso de reconocimiento, donde se encuentran interlocutores afines que comparten gustos, criterios, ansias o deseos. (…) Los miembros de estas comunidades son factores determinantes para crear epidemias de opinión, impulsando y protagonizando corrientes y adquiriendo una legitimidad, una capacidad para imponerse como autoridad cultural independiente sin sanciones ni censuras”.

Por si esto fuera poco, alertó sobre otros peligros de la blogosfera: “se pueden producir obsesiones sociales; cualquier estímulo social o cultural puede provocar un tumulto reactivo; lo que antes era privado hoy es un acontecimiento en la red”. Vemos multiplicadas hasta el infinito las miserias de miles de usuarios, y quizá lo que nos incomoda no son estas miserias en sí mismas, sino el hecho de que se hagan visibles, públicas. Como los padres que empiezan hoy a preocuparse por el acoso escolar, porque ahora se graba con el móvil y se cuelga en youtube, cuando lo cierto es que la violencia en las aulas ha existido siempre. Es la idea del botellódromo: en realidad no me importa que a los chicos les de un coma etílico, lo que quiero es que me dejen dormir en mi piso del centro. Las cosas son como son, pero los medios no están para mostrarlas, sino para maquillarlas y venderlas bonitas. ¿O no?

Y para definir a los responsables de este nuevo panorama mediático, Baltasar sentenció: “los agentes de este gran desorden saben lo que hacen, protagonizan un acontecimiento único en la Historia”.

Por otra parte, aludió a los tópicos de la información no contrastada que circula por la red – y que sin embargo se puede desenmascarar pronto usando un poco el coco – y de la impunidad – que no es tal, dado que los delitos a través de Internet se persiguen a diario.

Sólo después de todo este alegato, Baltasar se refirió a los blogs literarios, que defendió porque en ellos “el lector no es crédulo, sino cómplice del relato construido por el autor”.

En una intervención mucho más breve, directa y concisa, José Manuel Benítez Ariza, se refirió a los blogs como “un juguete que hay que saber manejar, cuyo uso depende del usuario”, devolviendo al público, al lector y al autor de contenidos por la red algo de la dignidad perdida. El escritor puntualizó que si bien “no es una amenaza apocalíptica, tampoco es la panacea para todos los que quieren expresarse libremente”.

Por otra parte, detalló algunas de sus ventajas: desde su uso como mero contenedor de los documentos que uno genere, o como “portfolio” para tener un archivo de artículos; hasta su capacidad para “permitir una modalidad muy estimulante de producción literaria”. Sin embargo, la blogosfera también tiene sus inconvenientes para el autor, dado que se producen “algunos comentarios con cierta inquina”, frente a los que aseguró emplear la moderación de comentarios.

En cuanto a Rafael Marín, también bloguero, ofreció un punto de vista algo pesimista en referencia al futuro de los blogs, pero no dudó en mostrar su satisfacción ante este medio que definió como “una moda, pero también un vicio”. Este carácter adictivo también tiene sus ventajas, dado que “obliga a escribir, es un ejercicio de estilo”.

Marín coincidió, aunque en un tono más moderado, con Basilio Baltasar, al alertar sobre los riesgos de carecer de editores-correctores-sancionadores, de manera que los autores de blogs “prescinden de la perspectiva de la calidad de lo que están publicando”. Asimismo calificó como un “riesgo” el anonimato que propicia la red, atrayendo a los blogs a muchos “amigos y enemigos con antifaz”.

Además, insistió en que los blogs son “una moda, que seguramente pasará dentro de unos años; y que ya está empezando a saturarse”, algo que vinculó al hecho de que muchos bloggers recurren cada vez más al empleo de la imagen, a youtube, mientras que hasta la actualidad, el blog había sido un espacio para la palabra.

Terminadas las intervenciones, el tiempo dedicado al debate entre los diversos miembros de la mesa y a las preguntas del público no hizo sino aclarar todavía más la escasa vinculación que Basilio Baltasar tiene con la blogosfera, mostrando su perplejidad ante términos como “trolls” o “moderación de comentarios”, sobre los que demostró un total desconocimiento.





Periodismo Digital y Literatura

8 11 2007

El aula de debate prevista para la tarde del jueves 18 de octubre dentro del Congreso de la Fundación Caballero Bonald prometía emociones intensas por la frescura del asunto a tratar, víctima y verdugo de la mayoría de las novedades que hoy por hoy se producen en el mundo de la comunicación. Sin embargo, las palabras de Nacho Fernández, Elena Barroso y Asun Bernárdez en torno a las conexiones y constantes filtraciones entre periodismo digital y literatura, enfriaron a la audiencia y sólo consiguieron arrancarme estupor y bostezos, a partes iguales y dependiendo del sujeto que diera la charla en cada momento.

El protagonista de la primera conferencia, Nacho Fernández, ya me puso en guardia desde que leí su currículum. Que el director, editor y creador de una revista literaria digital, se presente destacando en primer lugar que entre 2005 y 2006 realizó un master en Periodismo y Comunicación Digital es, cuanto menos, sospechoso. Me animé al ver que sobre la pared del fondo de la sala de conferencias se proyectaba la pantalla de un ordenador apagado. “Power point al canto”, me dije, “a ver qué tal”.

El resultado no podía ser más cutre. No sé que le habrán enseñado a este señor en aquel master de periodismo recién terminado, pero lo que hizo con el ordenador durante la siguiente media hora fue cualquier cosa menos útil o eficaz: parecía responder a la pretensión de demostrar cuánto sabía de informática, objetivo que no consiguió. Todo lo que iba contando el editor, todas y cada una de las palabras que iba leyendo, estaban plasmadas en la pared del fondo de la sala de conferencias, en enormes párrafos interminables, imposibles de leer: era como ir pasando páginas de un borrador en word.

Si a esto le sumamos las palabras atropelladas que profería, interrumpidas en pausas sin sentido a mitad de cada frase para volver a coger aliento y carrerilla, se puede entender el bochorno. Pero lo que dejó en un ridículo espantoso a Nacho Fernández fue el contenido de su conferencia. Es incomprensible que un profesional de los medios digitales diga cosas como: “hace un año, cuando empezó esto de los blogs, se notó cómo se reducía el número de visitantes a nuestra web”. ¿Hace un año? ¿Pero dónde ha estado metido este señor?

Además, se preguntaba si “los medios están cambiando”, pregunta que quiero creer sería retórica; y se atrevía a profetizar sobre el futuro de los blogs: “los blogs van a ir quedando desplazados por medios sociales, redes sociales como myspace o Hi5 y por medios de contenidos audiovisuales, como youtube”.

Huelga decir que estoy radicalmente en contra de esta opinión, que en la galaxia internáutica conviven los blogs y los “medios sociales”, como vecinos de distintos países, con distintos idiomas y distintas culturas. Sí, tienen en común que ambos son seres humanos, pero divergen por completo en sus maneras de ver el mundo y de comunicarse. Creo que pueden convivir sin estorbarse. Creo que si hay alguna moda que pasará pronto es la de las “redes sociales”, copada por el niñateo que tiene poco que hacer y escapa al aburrimiento colgando sus fotos en bikini o mostrando sus tatuajes para que las vea el resto del mundo. Y sobre todo, creo que debemos esperar una evolución constante en la blogosfera, de manera que, de aquí a pocos años, sólo habrán resistido “los valientes”. Millones de personas de vidas ajetreadas abandonarán sus blogs, su pequeño entretenimiento, pero quienes quieren y saben escribir, seguirán haciéndolo sin descanso a través de este medio.

Asun Bernárdez, escritora, filóloga, doctora en Ciencias de la Información y profesora de la Complutense, pronunció la conferencia más salvable de la tarde, sin las grandilocuencias visuales de su predecesor.

Con un discurso claro y directo, Bernárdez se refirió a la crisis económica y de credibilidad que afecta en la actualidad a la literatura y el periodismo, a causa de la reestructuración de las empresas de comunicación. En este sentido, apuntó las ventajas de la información que se puede obtener en la red, que calificó como “más libre”, en todos los sentidos, sin las ataduras ideológicas de los grupos multimedia y disponible para cualquiera que tenga una conexión a internet.

La profesora definió a la literatura usando el convencionalismo tradicional como “aquello que una sociedad se pone de acuerdo en llamar literatura”. Puntualizó, además, que el soporte utilizado para la literatura en cada época ha ido condicionando las formas literarias, y detalló su evolución a través de este paralelismo desde la literatura oral, que debía apoyarse en una métrica y una rima que facilitaran su memorización; hasta la consolidación de la imprenta, que generó una enorme preocupación en los grupos de poder, dando lugar a acciones de censura.

Bernárdez comparó aquella situación del Renacimiento con la que vivimos en la actualidad, asegurando que “existe una penalización desde los medios cultos de lo que está ocurriendo en la red”. En la actualidad, internet permite reducir el, hasta ahora, necesario papel mediador de las editoriales; pero por lo demás, todas las innovaciones que pensamos debidas a la era digital, en realidad tienen antecedentes.

Ahondando en esta cuestión, aludió a experimentos de creación colectiva o de generación de literatura por ordenador, que se vienen realizando desde los años ochenta. Remontándonos en el tiempo, podría equipararse en cierto modo a las creaciones del dadaísmo, o la escritura automática del surrealismo. Toda esta tradición continúa en la actualidad de la mano del grupo de escritores italianos Wu Ming, que trabajan de forma colectiva, rechazando la identificación entre obra y autor, al que definen como “un artesano de la narración, que no pertenece a la élite sino a la comunidad”.

A continuación, Bernárdez destacó las diferentes actitudes del lector ante una obra literaria escrita en un soporte tradicional o en internet. Así, la ruptura de la linealidad de los textos digitales obliga a ejercitar un modo de lectura fragmentada, donde no cabe la abstracción que requieren los libros y donde el entorno del texto se convierte también en parte importante de la creación. Además, frente a la posibilidad de obtener numerosos recursos fácilmente, lo que Bernárdez llamó la “biblioteca total”, opuso el peligro de saturación de la información que puede llegar a sufrir el lector.

Por último, aludió a la confusión deliberada que se ha producido en los últimos años entre los derechos de autor y el copyright de las editoriales, al que hacen frente los propios escritores a través del movimiento “copyleft”, que pretende “democratizar la creatividad”.

Respecto a la conferencia de Elena Barroso, que cerraba el aula de debate, no puedo prometer una trascripción fiel, dado que su empleo constante de tecnicismos, su tono erudito y su capacidad expresiva, que sobrepasaba con creces la mía para comprender y seguir sus palabras, me impidieron entender la mitad de lo que seguramente quiso decir. Vamos, que no estuve a la altura, me perdí en varias ocasiones y hubo, incluso, bostezos varios: como si me hablaran en chino.

Quitando esos problemas, lo que saqué en claro es que su postura era similar a la de Asun Bernárdez: señaló la tendencia de la literatura a adaptarse a los progresos tecnológicos de cada momento, poniendo como ejemplo de nuevo a la imprenta; y aludió también a la metodología secuencial de la literatura en los medios digitales.

Sin embargo, Elena Barroso fue más allá de la descripción de Bernárdez y apuntó las implicaciones sociales de estas nuevas formas literarias. Así, definió a la literatura como un “reflejo de los cambios socioculturales” y destacó la aceptación social de la literatura en internet como un medio “donde intervienen dos circuitos que se retroalimentan: escritores y lectores, por un lado; y la comunicación que se produce dentro del propio texto por otro”.

Además, la catedrática de la Universidad de Sevilla desgranó las características del relato hecho a través de internet, con “una estructura no secuencial, que plantea bifurcaciones y bloques conectados por nexos con diferentes itinerarios”. Los calificó como “productos inspirados en juegos de rol, desarrollados mediante una cooperación autoral, ajenos a cualquier voluntad estética y banales, por hablar de asuntos que no interesan”. Y como apunte personal, debo decir que no sé a qué relatos se referirá, porque no he leído ninguno de estas características, quizá porque no me interesan los juegos de rol; si bien, he tenido la suerte de toparme con algunos relatos excelentes, de escritores que cuelgan sus trabajos en sus blogs o páginas personales, y no tienen nada que ver con esta historia.

Por lo demás, no todo iba a ser negativo en el mundo de la literatura digital, si es que puedo llamarla así, de modo que Elena Barroso le reconoció algunas ventajas: “estimula la inteligencia conectiva y la acción”. Para finalizar, la profesora concluyó resumiendo los puntos de vista que ha generado esta nueva forma de ejercer y disfrutar la literatura: “hay reacciones alentadoras, pero también apocalípticas”, dado que algunos la entienden como “una amenaza por imposibilitar el desarrollo del individuo y por su capacidad para manipular”.