Yes, we can

5 11 2008

Felicidades, Obama. Le felicito no sólo porque ha sido elegido Presidente de los Estados Unidos, sino porque se ha proclamado vencedor con unos resultados aplastantes: ha llegado a mucha gente, que ha votado con el corazón en la mano; incluso a aquellos que no suelen votar o quizá no se lo habían ni planteado hace unos meses. Ha movilizado a las masas: les ha convencido de que su voto es decisivo. Esto es, en parte, un triunfo de la democracia.

Y con ellos, me ha convencido a mi de que todavía queda algo de esperanza: estos resultados me inducen a cambiar, la palabra más leída en los titulares de todo el mundo, mi opinión de su país. El poder no está ya en manos de clasistas paletos. Tampoco se va a instaurar un modelo socialista, como auguraba McCain, que quería vender a sus electores el monstruo del comunismo con la cantinela aquella de “que viene el coco”. Se trataba simplemente de elegir entre conservadores y ultraconservadores.

Y, aunque no tendría por qué considerar tan importantes unas elecciones en las que no participo, reconozco que me aterraba pensar que un país que se autoproclama como la “policía del mundo” pudiera volver a elegir un candidato y un partido ultraconservadores para su gobierno.

En un mundo globalizado vía Internet, la victoria de Obama es la victoria ansiada de muchos, muchos más que aquellos que realmente han podido votarle. No se trata de su color de piel o su historia personal: se trata de su apuesta por conseguir de los Estados Unidos un país realmente ejemplar para el resto del mundo y sacudirse el polvo que le había dejado su papel de “matón de la clase”. Obama ha hecho soñar a muchos con este cambio. Mi enhorabuena para los que se referían a él con ese rotundo “yes, we can”.





Indignados

27 12 2007

Nochebuena, noche de paz, noche de amor. Estalla una bomba de cinco kilos de cloratita en la localidad vizcaína de Balmaseda, a modo de macabra felicitación navideña, afortunadamente sin daños personales.

Desde entonces, como cada vez que ocurre algo parecido, se han sucedido las reacciones, a base de gestos y palabras, de los de siempre, unos y otros, políticos e instituciones.

Pero esta vez, quienes me han llamado la atención han sido los afectados, familias que han tenido que ser desalojadas de sus viviendas, por el precario estado en que han quedado tras el atentado.

Por razones que no alcanzo a entender, los informativos de las diversas cadenas coinciden en calificar a los vecinos como “indignados”. ¿Indignados? He escuchado declaraciones calmas, casi parsimoniosas, en voz queda, susurrante; de personas cabizbajas, con aire triste, encogido; y con la mirada apuntando sin remedio a ese abismo que se abre entre las puntas de sus zapatos.

No sé si es que los andaluces nos indignamos de otra manera, pero a mí eso me parecía más bien resignación: un cansado encogerse de hombros ante un mal menor, dado que, afortunadamente esta vez, no ha habido víctimas. Y yo no soy experta en lenguaje gestual. ¿Cómo es posible que los editores de informativos no se hayan dado cuenta de lo tibio de estas actitudes? ¿Será que es políticamente incorrecto reconocer que existe esta manera de enfrentarse al terrorismo, de asumir este problema?