Felicidades, Obama. Le felicito no sólo porque ha sido elegido Presidente de los Estados Unidos, sino porque se ha proclamado vencedor con unos resultados aplastantes: ha llegado a mucha gente, que ha votado con el corazón en la mano; incluso a aquellos que no suelen votar o quizá no se lo habían ni planteado hace unos meses. Ha movilizado a las masas: les ha convencido de que su voto es decisivo. Esto es, en parte, un triunfo de la democracia.
Y con ellos, me ha convencido a mi de que todavía queda algo de esperanza: estos resultados me inducen a cambiar, la palabra más leída en los titulares de todo el mundo, mi opinión de su país. El poder no está ya en manos de clasistas paletos. Tampoco se va a instaurar un modelo socialista, como auguraba McCain, que quería vender a sus electores el monstruo del comunismo con la cantinela aquella de “que viene el coco”. Se trataba simplemente de elegir entre conservadores y ultraconservadores.
Y, aunque no tendría por qué considerar tan importantes unas elecciones en las que no participo, reconozco que me aterraba pensar que un país que se autoproclama como la “policía del mundo” pudiera volver a elegir un candidato y un partido ultraconservadores para su gobierno.
En un mundo globalizado vía Internet, la victoria de Obama es la victoria ansiada de muchos, muchos más que aquellos que realmente han podido votarle. No se trata de su color de piel o su historia personal: se trata de su apuesta por conseguir de los Estados Unidos un país realmente ejemplar para el resto del mundo y sacudirse el polvo que le había dejado su papel de “matón de la clase”. Obama ha hecho soñar a muchos con este cambio. Mi enhorabuena para los que se referían a él con ese rotundo “yes, we can”.