Compartir es bueno y Spotify lo sabe

29 01 2009

¿Qué es piratería? Dice la SGAE mientras clava su pupila en todos nosotros…

Piratería es sacar un rendimiento económico de un bien ajeno, tal como se hace en el top manta. Las redes p2p a día de hoy, en este país, no son ilegales y no debemos dejar que se nos confunda al respecto.

De hecho, yo siempre he considerado que dichas redes fomentaban el consumo de cultura por una sencilla razón: cuanta más cantidad de contenido cultural está a nuestro alcance; cuanto mayor es la disponibilidad; también aumenta nuestra sensibilidad, nuesro aprecio por las obras y nuestro criterio para elegir. Y cuando sabemos a ciencia cierta que algo nos gusta, ¿cómo nos vamos a negar a pagar por ello?

Siempre he defendido el hecho de compartir música (porque eso son las redes p2p, lugares donde compartir a gran escala) es fundamental para consumir música: hay que conocer antes de comprar. Nadie piensa en adquirir un traje sin probárselo primero, ¿no? Pues con la música deberíamos tener las mismas oportunidades que con el resto de productos de consumo.

Sin embargo, los canales de difusión, dominados por las mastodónticas compañías que todo lo pueden; regidos por el espíritu de los versos de Quevedo; apenas difunden una mínima parte de la cultura que se produce. Ofrecen el producto del que paga por darse a conocer y poco más. Así que, quienes desean acceder a cosas nuevas, distintas, no cuentan con el apoyo de la radio y la televisión. ¿Qué hacer? Descargar lo que les han recomendado y si les gusta, se lo compran; y si no, pues a borrarlo y a hacer sitio en el disco duro.

Así ha funcionado hasta ahora. Así, y con nuestro bien amado youtube, cuya calidad sonora deja bastante que desear, pero que sirve para que nos hagamos una idea.

Y de repente, a alguien se le ocurre una idea genial. Por fin los medios están de nuestro lado y no del lado de los poderosos. Por fin podemos elegir lo que queremos escuchar, buscar y rebuscar en los archivos para recordar clásicos olvidados y reivindicarlos; para resucitar artistas que, aunque siguen funcionando, sólo lo hacen en circuitos pequeños; para lanzar a aquellos otros que quizá tienen éxito internacional, pero son despreciados por los medios españoles; para mantener la música viva. Por fin, una radio a la carta, con lo que queramos, con nuestra música favorita, con calidad y sin trampas.

¿El precio? Un poco de publicidad. Si uno quiere más que “escuchar para conocer y luego comprar”; si quiere descargar y seguir disfrutando de la música más allá del ordenador, toca pagar. Y creo que las tarifas son bastante razonables.

Eso sí. Demasiado bonito para ser verdad. Tarde o temprano, por hache o por be, nos cerrarán el grifo. Mientras tanto… ¡A disfrutar de la música!





Sensibilidad Hipersensible

23 01 2009

¿Alguien recuerda el Curso de Ética Periodística que desde CQC nos traía semanalmente Juanjo de la Iglesia? Yo, sinceramente, lo echo de menos. Y no sólo porque, en general, eche de menos aquel CQC mordaz y satírico, sin caer el insulto ni el chiste grueso; suficientemente crítico sin tomárselo todo demasiado en serio ni recurrir a correcciones políticas.

No, es que aquel curso, sacando a la luz las pocas luces, o la simple dejadez, de ciertos responsables de ciertos medios de comunicación, estaría hoy más de actualidad que nunca. Aquellas recomendaciones que entonces provocaban sonrojo hoy nos parecerían de lo más inocente, tal cual está el panorama: el mínimo del mínimo requerido. Era la época en que, cuando alguien la palmaba en directo, tenían a bien avisar antes al espectador.

Hoy no. Concretamente ayer, viendo los informativos de la hora de comer, me dio un vuelco el corazón. Un esquiador suizo, Daniel Albrecht, protagonizaba una espectacular caída mientras entrenaba, provocándole graves traumas que han puesto en peligro su vida.

La crudeza de las imágenes, inesperada en la casi siempre relajada sección de deportes, me pilló por sorpresa mientras, sin dar crédito a la masa de información que me llegaba, la presentadora explicaba la dramática situación, con un considerable retardo frente a lo que los espectadores podíamos ir viendo. La imagen fue antes que la palabra: el morbo de la tragedia en directo antes que el respeto y la razón. Y no escuché ningún aviso, hasta que fue demasiado tarde.

¿Alguien recuerda aquel “advertimos que estas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador”? Será que yo tengo la sensibilidad hipersensible.





Miope

23 01 2009

Siempre he sido buena estudiante: una niña obediente y aplicada, que dirían mis profesores, desde el principio de los tiempos; atenta y calladita, con la vista fija en la pizarra y los oídos pendientes del maestro. Siempre me gustó sentarme en los pupitres de la primera fila, para olvidar la clase que se extendía a mi espalda, aislándome de los sonidos y los colores que podían disturbar mi concentración; prescindiendo de la compañía de quienes, paradójicamente, debía llamar compañeros, y valiéndome sólo de mí y la autoridad.

Un día, la señorita X, cuyo nombre no recuerdo, me pidió ayuda. Me envió a un pupitre de la última fila para disponer de mi sitio habitual: un sitio estupendo para tener controlados a los gamberros de turno. Y descubrí que apenas veía lo escrito en la pizarra: un barullo de letras difuminadas como el fondo de un paisaje de Leonardo, pero sin belleza. Y desde entonces, llevo gafas.

Y es que no hay nada como cambiar la posición en el mundo, cambiar la perspectiva, aunque vaya en contra de la propia comodidad, para aprender algo nuevo de uno mismo.





Otro mundo es posible

21 01 2009

Hago mías las palabras de Saramago en la entrada más reciente de su blog para titular la noticia del día, a la que, por mucho que quiera, no puedo escapar.

Otro mundo es posible. Y el cambio depende en gran medida de la nación más poderosa de la tierra, que debe responsabilizarse de sus actos y las consecuencias que éstos tengan; casi tanto como todos nosotros, aquí y allá, en Sevilla y en Pekín. El esfuerzo y el sacrificio por el bien común es el único camino que ha abierto la esperanza ante el paso de los hombres.

Esta es sólo una interpretación libre de las palabras de Obama en su discurso de investidura. Aquí está la transcripción completa del texto. Y aquí traigo en vídeo, aunque me hubiera gustado encontrarla subtitulada y no con traducción simultánea, la parte final, dedicada en gran medida a la política exterior, porque es la que más nos afecta a todos.

Hoy los gobiernos y los medios de todo el mundo están exultantes: todo son sonrisas y brillo en los ojos ante la posibilidad de un futuro mejor. Muchos reaccionan incluso conmovidos al pensar que por fin alguien tiene en consideración los valores altruístas del ser humano como ser social, que son por cierto los valores más artificiales del ser humano naturalmente egoísta, como medio para la solución de los problemas de todos.

Yo no soy tan optimista. Otro mundo es posible, pero no probable. Las grandes esperanzas, las altas expectativas, suelen traer rotundas decepciones. Así que desearía que, por una vez, los discursos dejaran de ser palabras huecas para materializarse en hechos. Pero los deseos, como no se los pidamos al genio de la lámpara, pocas veces se cumplen.





Monopoly

20 01 2009

Varias generaciones se han pasado las horas muertas jugando a esto…

monopoly

…Y aún nos sorprendemos de la evolución del sector inmobiliario en este país.





Igualdad

18 01 2009

¿Cómo se mide el talento? ¿Con qué criterio, con qué baremo? ¿Quién es capaz de afirmar que uno tiene un don y otro no? ¿Y si resulta que quien creemos que no tiene talento, lo que tiene es un talento ignoto? ¿Cómo afirmar que unos están más dotados que otros, así, en general? ¿Estamos todos naturalmente dotados con la misma cantidad, el mismo porcentaje, que no calidad, de virtudes y defectos? ¿Tenemos todos nuestros cinco talentos o algunos debemos conformarnos sólo con uno o dos?

Como lo de los talentos no deja de ser un misterio, algo etéreo y difícil de cuantificar, sólo nos queda lo que vemos: nuestra percepción subjetiva de las aptitudes propias y ajenas.  Es decir, mera ilusión sobre la que no caben juicios ni comparaciones, que justifiquen quejas o envidias.

La única verdad más o menos cuantificable y objetiva es el resultado obtenido de dichos talentos. Y ese resultado depende de tres factores: los dones en sí, que llamaremos “x” por ser una incógnita sin solución posible; las circunstancias o condiciones favorables para su desarrollo, donde entran en juego el azar y la suerte, variables tan traicioneras y cambiantes que llamaremos “y”; y sobre todo, la capacidad de cada uno para sacar provecho de todo lo anterior, que llamaremos “e”, por la energía que hay que poner en ello.

De tal manera que el éxito o fracaso de todas las acciones que decidamos emprender en la vida responde más o menos a esta ecuación: e (x+y). Sea cual sea el valor de “x” e “y”, lo que es cierto es que, cuanto mayor sea “e”, mayor será el resultado final. Y como “e” es la única variable que cada uno de nosotros puede controlar, es nuestra responsabilidad para salir adelante.

En resumen: ¡Menos lloriquear y más currar!





Gracias

17 01 2009

Al Dr. Murillo (alias* Dr. Velázquez) por su fe en mi recuperación, por sus constantes palabras de ánimo, por su profesionalidad y por acertar con el tratamiento.

Al Dr. Lacalle (alias El Peluche) por el cuidado y el cariño que me ha dedicado en cada visita.

Al Dr. Redondo (alias Dr. Cuadrado) por ser todo un “artista plástico”.

Al. Dr. Vicente, por estar siempre de buen humor.

Al Dr. Waltz, por despacharme tan pronto.

A la Unidad de Día del Hospital Virgen Macarena, por su amabilidad, sus atenciones y por su paciencia para buscarme las venas.

A María Jesús, por dejarme más guapa que nunca.

A Alejandro, por ser comprensivo y flexible.

A la gente de GTP, por aguantarme las caras de náusea.

A la abuela de Ismael, por rezar por mí.

A Patri y Juande, por demostrarme que son algo más que ex-compañeros de trabajo.

A Susana, por darse cuenta de que más vale tarde que nunca.

A Ana Belén, por querer reencontrarse conmigo.

A Pablo, por hacerme reír cuando lo necesitaba.

A Jorge, por preocuparse por mí.

A Chema, por darme charla sobre nuestro tema favorito.

A Teresa, por quedarse en conmigo en el hospital.

A Ramón, por acordarse de mí cada vez que se va de viaje.

A Rafael, por ofrecerse siempre para traerme y llevarme.

A Flori, por darme de comer.

A Anja, por corretear por los pasillos del Hospital para solventar cualquiera de mis necesidades.

A mi hermano, por no tratarme como si estuviera enferma.

A mi padre, por apoyarme sin hacer un drama.

A Rafa, por estar siempre a mi lado.

Gracias.

*Respecto a los alias, estos son los sobrenombres con los que conocemos a estos médicos en casa, por hacer un poco la guasa y porque ya casi son de la familia.





Superwoman

16 01 2009

El síndrome de superwoman existe y se debe a una serie de acontecimientos históricos que ha llevado aparejados cambios sociales de tal magnitud que han afectado a la psique de la mitad de la población. Nada más y nada menos.

Las circunstancias históricas implican que este síndrome se haya desarrollado de manera distinta en cada país. Así, me atrevería a decir que, en España, el síndrome de superwoman afecta a mujeres que hoy se encuentran en una franja de edad entre los 25 y 50 años; personas que han sido educadas por una generación que no disfrutó ni de la mitad de los derechos y que hoy deben adaptarse a una sociedad muy diferente de la que conocieron sus padres.

Nuestras madres son aquellas mujeres que, para abrir una cuenta en un banco, por ejemplo, debían ir acompañadas y estar autorizadas por sus padres o sus maridos. Éste era sólo un síntoma de su mal: el ser consideradas tan inferiores que debían estar en todo momento tutorizadas por algún hombre adulto que se hiciera responsable de ellas.

Nuestras madres eran, ante todo, amas de casa, en el sentido más desdeñable del término. En femenino, significa “esclavas de las tareas del hogar”; en masculino, “amo de casa” se entiende como “amo y señor de su territorio”.

Nuestras madres, a pesar de su consideración, fueron extraordinarias por su resistencia, por su capacidad de aguante y por asumir una tarea tan formidable como la educación de los hijos, un cargo de responsabilidad por su papel determinante en el futuro de la sociedad.

Pero quisieron hacerlo tan bien, que se equivocaron. Quisieron hacer de sus hijas perfectas amas de casa y desde el principio nos inculcaron esa misión. Quien más quien menos recuerda cómo estaba obligada a ayudar en la cocina o fregar los platos, mientras los miembros varones de la familia se dedicaban, sencillamente, a no hacer nada. Esos gestos se han convertido en un tic nervioso: nos echamos las tareas de la casa a la espalda como si fuera lo más natural del mundo y tratamos el hogar, gracias a no sé qué tipo de indentificación psicológica, como nuestro cuerpo y nuestro templo. Así, entendemos su cuidado como nuestra responsabilidad y si algo falla, nos crece el sentimiento de culpa.

Pero la cosa no quedó ahí. Conforme fuimos creciendo, nos hicieron ver que éramos extraordinarias y que lo podíamos demostrar también fuera del hogar. Se nos repitió constantemente que debíamos ser independientes, que no podíamos esperar que nadie nos mantuviera, que éramos personas con el mismo potencial en el mercado laboral que los hombres, que debíamos estudiar para aprender y ser mejores, y aprovechar así, en definitiva, las oportunidades que nuestras madres no tuvieron.

Y mientras los chicos de nuestra generación se iban quedando dormidos en los laureles, llenamos las universidades. Soportamos cobrar menos que ellos sin más motivo que ser nosotras, decididas a demostrar nuestra valía día a día en el mundo laboral para obtener de un modo claro y justo las prebendas merecidas. Aguantamos la negativa de los de arriba a ofrecernos puestos de responsabilidad porque “os podéis quedar embarazadas”. Y, aunque poco a poco, fuimos derribando barreras, gracias a la instauración de medidas erróneas, nos encontramos con que ahora se considera que muchas mujeres están donde están por cumplir una cuota de paridad.

Y mientras muchas de estas mujeres compaginan sus obligaciones laborales con las propias de la maternidad como si la paternidad no implicara más responsabilidad que jugar con los niños los domingos; lo que todas hacemos es encargarnos, hacernos cargo, de las tareas domésticas.

Muchas tenemos más estudios que nuestras parejas, mejores trabajos, ganamos más dinero… Y lo pagamos: estamos agotadas, queremos ser perfectas y, como eso es imposible, ganamos sacos y sacos de frustración.

Pero lo más divertido de todo es que, después de tanto esfuerzo, aún a día de hoy (concretamente ayer, 15 de Enero), se producen conversaciones como éstas:

¡Ding, dong! Almu abre la puerta.

Vecino dice: Buenas… ¿Está su marido?

Almu dice: No…

Almu piensa: Imposible, no estoy casada.

Vecino dice: Ah, bueno… Es que… Necesitaba hablar con él de un tema…

Almu dice: ¿De qué se trata?

Almu piensa: Salvo que se trate de cuestiones biológicas, creo que puedo resolverlo yo.

Vecino dice: Es sobre el recibo del agua… Pero vamos, es que quería hablarlo directamente con él.

Almu dice: Ajá…

Almu piensa: Está claro, ¿cómo voy a saber yo nada de recibos?

Vecino dice: Pues nada… ¿Le dirá que he venido?

Almu dice: Por supuesto.

Almu piensa: Espera sentado, que no soy la recadera de nadie.

Y así, hasta el infinito.





La lucha

15 01 2009

A finales de 2004, un tremendo maremoto arrasó las costas de diversos países del Sudeste Asiático, llevándose por delante cientos de miles de vidas y destrozando al mismo tiempo los pocos bienes materiales que tenían quienes lograron sobrevivir.

Unos meses después, me encontré con un conocido que había visitado la zona devastada por la fuerza del océano. Miles de personas sin hogar, sin alimentos y sin infraestructuras básicas, se afanaban a diario por salir adelante. Y cuando me relató lo ocurrido, aquel conocido sólo pudo destacar con sorpresa la entereza de ánimo de aquellos sufridores, su permanente sonrisa.

¿Cómo puede sonreír alguien que lo ha perdido todo? ¿Cómo tiene fuerzas para seguir adelante una familia a la que la naturaleza ha arrebatado la mitad de sus miembros?

Porque no hay más remedio, porque la lucha es el único camino, y siempre es hacia delante. Y cada pequeña victoria, cada objetivo conquistado, cada batalla donde nos proclamamos vencedores, es motivo de ilusión, alimentando nuestra fe en que sólo podemos ir a mejor.

Yo también he sentido la esperanza de los que no tienen esperanza, aquella por la cual cada día arañado al calendario del destino significa 24 horas que saborear con deleite, porque a lo mejor no hay más; porque quizá las 24 siguientes son horas de dolor. Pero un dolor físico tan real que impide disfrutar de los más sencillos placeres.

Vivir luchando por sobrevivir, intentando sólo resolver las necesidades inmediatas, es una actitud que nos imponemos en momentos límite; dejando nuestro potencial dormido el resto del tiempo. Y sin embargo, esta lucha, con sus pequeñas conquistas, es la que con más frecuencia nos deja entrever algún atisbo de eso que llamamos felicidad.

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?

Puede que tenga todo lo necesario y, precisamente por tenerlo, por haberlo tenido siempre, no lo valore.





Sevillanía y Contraste

14 01 2009

Desde que el siglo XVII inundó a Sevilla del espíritu del Barroco, la ciudad se ha caracterizado por los contrastes y la hipérbole, o ambas cosas a la vez, la exageración de lo opuesto.

Sevilla no es una, sino doble y contraria a sí misma. La Sevilla real, que sufrimos quienes vivimos aquí; y la Sevilla soñada, vista desde fuera. La de los maleantes y los señoritos; la del patio de Monipodio y el de Medinaceli. La del tierno Murillo y la del cruel Valdés. La anfitriona acogedora y la elitista que marca distancias y pide invitación para dejar paso. La desértica de los 50ºC bajo el tórrido sol de agosto y la londinense de la niebla* espesa de diciembre. La de los arrastrados pies descalzos en penitencia y la de los volátiles tacones sobre el tablao efímero de una caseta de feria.

Sevilla, tan contraria a sí misma, llega al extremo de dividirse y enfrentarse en bandos. Y así, uno no es sevillano si no es del Sevilla o del Betis; si no elige entre la Macarena o la Esperanza de Triana. Pero no es menos cierto que, dentro de tanta oposición, la sevillanía viene marcada por unos puntos de referencia que son comunes a todos: bético o sevillista, para esta ciudad de luces y sombras, de castas y clases, de todo y de nada, sevillano ante todo es aquel que se apasiona con el arte de Curro Romero y que reza al Gran Poder.

Y por todo eso, yo, que estoy siempre en medio, no dejo de preguntarme qué hago aquí.

*La foto es cortesía de subcomandanta.